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“Si perdemos la cultura del campo, perdemos todos”

María Sánchez

“Si perdemos la cultura del campo, perdemos todos”

María Sánchez

· Veterinaria y escritora

Su vida está vinculada a la tierra. “Mi infancia no se entiende sin el medio rural, y sin el campo y sus animales”, se presenta María Sánchez. Durante su niñez pasaba los fines de semana arropada por el rebaño y correteando por la quesería familiar. Sus compañeros de clase, de ciudad, no entendían el universo de María. Ella se refugió en los libros.

Hija y nieta de veterinarios, es la primera mujer de su familia en ejercer un oficio tradicionalmente desempeñado por hombres. Sánchez se licenció en Veterinaria en la Universidad de Córdoba y compaginaba sus estudios con libros de literatura y poesía. “Cuando falleció mi abuelo descubrí un libro suyo de bioquímica veterinaria del año 42, en el que cada capítulo empezaba con una cita de literatura. ¿Por qué no puedo ser de ciencias y dedicarme a las letras?”, se preguntó. La albéitar y escritora cordobesa, trabaja actualmente con razas autóctonas en peligro de extinción y defiende otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Sánchez es además autora del poemario ‘Cuaderno de campo’ y del ensayo ‘Tierra de mujeres, una mirada íntima y familiar al mundo rural’, en el que “sirve de altavoz a mujeres que renunciaron a una educación para ocuparse de las tierras y de sus familias”, apunta. La creadora está también al frente de un proyecto de recuperación de palabras y términos vinculados al mundo rural: ‘Almáciga’.

María Sánchez reflexiona sobre las fortalezas que pueden ofrecernos los medios rurales en tiempos de crisis. Pero puntualiza: “no debemos romantizar 'el campo', sino repensar el modelo de ciudades y pueblos que queremos”. Ha obtenido los premios Orgullo Rural del patronato de la Fundación de Estudios Rurales y el Premio Nacional de Juventud de Cultura del Instituto de la Juventud de España por su contribución a visibilizar la necesidad de mantener la vida en el campo.


Creando oportunidades

María Sánchez

Su vida está vinculada a la tierra. “Mi infancia no se entiende sin el medio rural, y sin el campo y sus animales”, se presenta María Sánchez. Durante su niñez pasaba los fines de semana arropada por el rebaño y correteando por la quesería familiar. Sus compañeros de clase, de ciudad, no entendían el universo de María. Ella se refugió en los libros.

Hija y nieta de veterinarios, es la primera mujer de su familia en ejercer un oficio tradicionalmente desempeñado por hombres. Sánchez se licenció en Veterinaria en la Universidad de Córdoba y compaginaba sus estudios con libros de literatura y poesía. “Cuando falleció mi abuelo descubrí un libro suyo de bioquímica veterinaria del año 42, en el que cada capítulo empezaba con una cita de literatura. ¿Por qué no puedo ser de ciencias y dedicarme a las letras?”, se preguntó. La albéitar y escritora cordobesa, trabaja actualmente con razas autóctonas en peligro de extinción y defiende otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Sánchez es además autora del poemario ‘Cuaderno de campo’ y del ensayo ‘Tierra de mujeres, una mirada íntima y familiar al mundo rural’, en el que “sirve de altavoz a mujeres que renunciaron a una educación para ocuparse de las tierras y de sus familias”, apunta. La creadora está también al frente de un proyecto de recuperación de palabras y términos vinculados al mundo rural: ‘Almáciga’.

María Sánchez reflexiona sobre las fortalezas que pueden ofrecernos los medios rurales en tiempos de crisis. Pero puntualiza: “no debemos romantizar 'el campo', sino repensar el modelo de ciudades y pueblos que queremos”. Ha obtenido los premios Orgullo Rural del patronato de la Fundación de Estudios Rurales y el Premio Nacional de Juventud de Cultura del Instituto de la Juventud de España por su contribución a visibilizar la necesidad de mantener la vida en el campo.


Creando Oportunidades

Transcripción

00:02
María Sánchez. Soy María Sánchez, veterinaria de campo y escritora, y tercera generación por parte de la familia paterna de veterinarios en la casa. Después de un abuelo y un padre veterinarios, soy la primera mujer de la familia que se dedica al oficio. Y por parte de mi familia materna, soy nieta, hija y sobrina de campesinos que han trabajado la tierra con la aceituna y han sido migrantes a Cataluña y a Suiza. Mi infancia no se entiende sin el medio rural, y sin el campo y sus animales. Desde pequeña teníamos una quesería y un rebaño de cabras y hacíamos queso fresco todos los días. También ayudaba a mi abuelo paterno con el huerto, a hacer injertos, había huerto en casa, siempre hemos tenido esa relación con los animales, ¿no? Y es imposible entender mi niñez, mi infancia y mi adolescencia, y mi vida a día de hoy porque sigo ejerciendo como veterinaria rural, sin el campo. Es un vínculo del que me siento superafortunada y privilegiada porque ha hecho que vea, creo yo, que vea la vida de otra forma y que valore las cosas desde otros puntos de vista y me sienta que formo parte de la tierra y del territorio. Creo que hay una desconexión, porque ¿cómo cuidamos y valoramos lo que no conocemos y lo que no sabemos nombrar?

01:31
María Sánchez. Yo he tenido esa suerte desde pequeña de que a mí, al tener esa relación, y esa unión, y esa cercanía tan grande con el campo, pues me han enseñado a valorarlo y a sentirme afortunada. Pero, ¿cuántos niños ven pájaros en las ciudades y no saben otros nombres que no sean gorrión o golondrina?, o los mismos árboles, no conocemos sus nombres. La comida no sabemos de dónde viene ni cómo se produce. Hay muchos niños pequeños que creen que la leche viene de una fábrica, no viene de una vaca, ¿no? O es supercurioso cómo algo que necesitamos desde que nos levantamos no sabemos nombrarlo. En ‘Tierra de mujeres’, mi último libro, cuento un estudio que se hace en Inglaterra con niños de una zona en el que se les enseñan dos juegos de cartas. Unas son de Pokémon y otras son de árboles, pájaros y animales de su zona. Son muy curiosos los resultados, porque con las tarjetas de Pokémon el 80 por ciento de los niños reconocen los Pokémon y se saben sus nombres y, en cambio, del mundo que les rodea solo llegan a un 30 por ciento. Creo que por fin estamos cambiando la forma de mirar a la gente que de verdad nos sostiene y hace posible la vida.

2:48
María Sánchez. Y no son solo los ganaderos, los agricultores, los hombres y las mujeres que trabajan en los medios rurales, sino personas como las que trabajan en cuidados, en los hospitales, en los supermercados… Estos días, es curioso como una crisis nos está dando un minuto de lucidez y nos estamos dando cuenta de lo que realmente importa. Pero, aun así, queda muchísimo por hacer. Creo que es fundamental devolver la dignidad a los hombres y las mujeres del campo, porque seguimos teniendo los problemas de siempre. No hay relevo generacional, no hay niños ni niñas que quieran ser pastoras, que quieran ser agricultoras, que quieran ser jornaleras. Está ese estigma de que el que se queda en el pueblo y monta algo en el pueblo es el inútil, el tonto, el que no sirve para nada. Y es que también tenemos un problema porque se sigue pagando el campo, los productos se siguen pagando a lo mismo que hace 40 años, ¿no? No valoramos los espacios naturales ni los alimentos que produce este territorio con las razas autóctonas y los oficios que tenemos, no lo valoramos lo suficiente. Y está ahí, lo tenemos al lado. Necesitamos el campo desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. El centro de las ciudades, de las mismas ciudades, no existen sin los márgenes, sin estos medios rurales que son los que la alimentan y la hacen posible.

04:14
María Sánchez. Hablo mucho de la dignidad del hombre y de la mujer del campo. Es el reconocimiento, el reconocimiento a su trabajo. En España, todos los parques nacionales y naturales que tenemos, a los que tanto nos gusta ir y que tanto celebramos, son resultado de los pastores trashumantes y los rebaños, que han hecho posible esos paisajes que hoy tanto nos gustan. O sea, conservan nuestros espacios, y el territorio, y el campo que nos gusta, viene de esta huella y de esta relación tan importante y tan equilibrada entre la persona, el territorio y el animal. Es fundamental, también, cambiar los modelos de producción e incentivar otras formas de consumo, que ya los tenemos, que son la ganadería extensiva, la ganadería ecológica, unos sistemas de producción respetuosos con el medio ambiente y con la naturaleza. No debemos intensificar el campo como lo estamos haciendo. No nos puede servir cualquier cosa para repoblar y para luchar contra la despoblación. No podemos entender que una ganadería intensiva de 20.000 vacas, donde trabajan dos personas, donde se rompe el vínculo con la tierra, los animales y las personas es nuestra salvación porque, y menos en estos tiempos de emergencia climática en los que estamos. Y por supuesto, no nos debemos olvidar que la gente que vive en los pueblos son ciudadanos y ciudadanas, como la gente que vive en las ciudades, y debemos romper con esa idea de que porque vivamos en un pueblo somos ciudadanos de segunda, cuando no es así. Tenemos el mismo derecho a servicios mínimos y básicos como la educación, la sanidad, carreteras, colegios, ocio.

06:01
María Sánchez. Y no es cuestión de que en cada pueblo haya un hospital o un colegio, sino que haya lo mínimo y de calidad por comarca, porque hemos normalizado que un niño que viva en un pueblo de 20 personas o de 100, el médico que ve ese niño no es ni siquiera un pediatra, sino un médico que pasa una vez a la semana en el pueblo de al lado y es un médico que está especializado en personas mayores. Eso está pasando en nuestros medios rurales. También está pasando que hay gente que hace un producto de calidad, respetuoso con el medio ambiente, con su ganadería, que cumple normas de parámetros de bienestar animal y no encuentra consumidor que le compre y valore esos productos, ¿no? Creo que hay un muro bastante grande entre estos medios rurales y los consumidores. Insisto que no es cuestión de culpabilizar a los consumidores, sino que si no se enseñan las cosas y no se dan a conocer, pues es imposible que se valore. Creo que el problema es que miramos todo como si todo fuera ciudad, ¿sabes? Todo se hace desde la ciudad y para la ciudad, y no tenemos en cuenta los medios rurales, que no solo hay un tipo de medio rural, sino los diferentes tipos de medios rurales y de pueblos, y las distintas necesidades que pueden tener estos pueblos. Y ha pasado con el confinamiento, hemos dado alas a la educación online, todo por internet, y no nos hemos preguntado cuántos pueblos no tienen ni siquiera conexión a internet, porque a lo mejor no tienen ni cobertura.

07:32
María Sánchez. Incluso con las medidas del confinamiento, ¿no? Creo que debemos de romper esa forma de mirar tan centralista y tan pensada solo para las grandes ciudades. El campo para mí no se puede reducir a una sola palabra. Es que es un todo, es cultura, es patrimonio, es conocimiento, es vida, es alimento, es refugio. Y es curioso como lo que nos da de comer y lo que es fuente de vida, siempre ha sido narrado desde fuera, y muchísimas veces, desde una perspectiva clasista, machista, paternalista y donde las mujeres no tienen cabida. Es muy curioso como en los libros que tratan estos medios rurales en nuestro país caemos en dos tópicos, ¿no?, un extremo donde siempre somos unos analfabetos, hay tradición, hay vileza, hay asesinatos, hay hambre, hay miseria, ¿no?, como puede ser en ‘Los santos inocentes’, o pienso en ‘La familia’ de Pascual Duarte. O somos todo lo contrario. Somos ese oasis de bucolismo pastoril, de idealización, donde nadie te molesta, como puedes ser, un poco, la cabaña de ‘Walden’, ¿no? Ese sitio donde tú te quieres escapar para que nadie te moleste, donde ansías no tener cobertura de internet y no te preguntas que, a lo mejor, en el monte donde tú estás hay una pastora que hace queso de cabra, que necesita internet para poder vender sus quesos y poder vivir y tener calidad de vida.

07:55
María Sánchez. Y es curioso como eso ha hecho que no nos sintamos reconocidos, que no nos sintamos reconocidos ni en la literatura ni en los medios, porque no es cuestión de idealizar a los pueblos, ni es cuestión de idealizar a las ciudades, pero es que nunca ha habido un término medio. Siempre hemos hablado mal de los pueblos, nunca hemos hablado de las cosas buenas y se ve mucho en los medios, en las noticias, esas imágenes siempre tan manidas, pues del paisano que sale con el rifle cuando aparece un forastero, ¿no?, o alguien que no es del pueblo, o esa imagen de ese adjetivo que ponemos «rural» cuando hay un asesinato, cuando hay un elemento como un pastor, un hombre como un pastor, que ya hablamos de que es ignorante, de que es bruto, ¿no?, eso es muy fuerte, y es muy cruel, y es muy duro, y ha hecho muchísima mella a la gente de nuestros pueblos. A mí el regalo más bonito que me ha traído ‘Tierra de mujeres’ ha sido todas esas mujeres y hombres de los pueblos, de pueblos totalmente diferentes al mío, mujeres y hombres totalmente diferentes a como podrían ser hombres y mujeres de mi familia, que me han dicho: «Este libro lo podría haber escrito yo. Es que estás contando mi vida». Eso es superimportante, sentirte reconocida.

10:20
María Sánchez. Como ese sentimiento de inferioridad y de sentirte fuera de lugar, ¿no?, incluso con los mismos acentos. A mí me ha pasado. La primera vez que fui a recitar a Madrid con mi primer libro, con el poemario ‘Cuaderno de campo’, después de leer me soltaron que qué graciosa era, que leía poemas con mi acento. Y cómo el acento y la lengua y el origen se convierten en una mochila a cuestas, cuando debería ser algo de lo que nos debemos sentir muy orgullosos. La poeta gallega Luz Pichel, en un encuentro que tuvimos en el MUSAC hace dos años, contaba como ella, que es hija de migrantes a Venezuela, la mandaron muy pequeñita a un internado de monjas porque su madre… ella despidió a su madre con tres años en el puerto de Vigo, y cómo su familia, claro, le escribía cartas en gallego, lo importante para su familia en esa época eran las vacas. La vaca, que ha sido el elemento central en muchísimas familias campesinas de nuestros medios rurales en nuestro país. Y claro, pues que la vaca hubiera tenido un ternerito significa mucho, es una noticia que da felicidad porque, primero, es una integrante más de la casa y continúa el alimento y es una fuente de ingresos, también, para la familia.

11:45
María Sánchez. Y ella cuenta cómo la monja leía la carta en voz alta, riéndose. La llamaban paleta y se reían incluso del gallego que hablaba su familia cuando no era un gallego heteronormativo ni académico, era el gallego que se hablaba en las aldeas y el gallego que se hablaba en el campo. Y cómo ella le pide por favor a su padre, que por favor, que no le escriba más cartas, porque claro, se sentía muy señalada. Es curioso cómo con ‘Almáciga’, que es un libro que saldrá en septiembre donde recopilo palabras del medio rural que me ha estado regalando mucha gente, tanto con la que trabajo, como con la que me encuentro, que están en peligro de desaparecer porque muchas ni siquiera aparecen en el diccionario, también han llegado anécdotas así, ¿no? Me contaba una mujer que su familia, ya era muy mayor, ella tenía ya cerca de 90 años, sus padres no quisieron enseñarle euskera porque era la lengua de los pastores. Era la lengua de los ignorantes, de los analfabetos. Qué pena la cultura y el conocimiento que se pierde, es brutal. Ahora que tanto hablamos de lo común, de lo colectivo, ahora que estamos en esta herida recién hecha, que estamos muy pendientes de nuestros vecinos en las ciudades, que estamos como reproduciendo los modos de vida de los pueblos, ¿no?, ese sentimiento de pertenencia a una comunidad, de estar pendiente del otro. Es curioso las palabras que tenemos en nuestro territorio, tanto en lenguas oficiales como no oficiales, para la palabra «comunal», para los trabajos comunales que se hacían en los pueblos y que no eran obligados por parte del concejo, o del ayuntamiento, sino que surgía por iniciativa de los vecinos, pues para arreglar los caminos, las calles, los pastos. Y, por ejemplo, en leonés se llama «facendera», también se llama «vecinal», en extremeño se dice «tornadía», en gallego «roga», en euskera «auzolan».

13:46
María Sánchez. O sea, tenemos una riqueza y un patrimonio en nuestras lenguas, y en los oficios, en los oficios, en las razas autóctonas, que son animales que están adaptados al territorio y al clima de cada parte. Es una pena porque el 80 por ciento de nuestras razas autóctonas están en peligro de extinción. O sea, estamos perdiendo patrimonio y cultura y no nos damos cuenta, ¿no? Y más ahora, a mí me da mucha rabia que usemos palabras en inglés cuando en castellano y en las lenguas del territorio tenemos una riqueza brutal. Por ejemplo, pienso mucho en el gallego y en el vasco, para los nombres de la lluvia, para los animales, para las actividades de la casa, para la cocina. Tenemos unas palabras preciosas que podríamos recuperar, darles otro valor y lanzarlas. Al proyecto le puse «Almáciga» porque almáciga es el sitio del huerto donde tú, antes de trasplantar por completo las verduras, las haces brotar, germinar y que cojan fuerza. Pues quería hacer como una especie de lazareto de enfermería para estas palabras que ya no se oyen y que son tan bonitas, y que ya no es que sean cultura, sino que traen muchísimas historias detrás. Y poder hacerlas germinar, que cogieran fuerza y compartirlas.

15:03
María Sánchez. Creo que es importante y que debemos romper con la idea concebida de que solo la cultura existe en los museos y en las ciudades, porque nunca usamos la palabra cultura urbana. En cambio, si hablamos de cultura rural cuando hablamos de cultura de nuestros pueblos y de nuestros territorios. Y me parece injusto porque lo nuestro también es cultura y es cultura que, si perdemos, no solo pierde la gente de los pueblos, sino la gente de las ciudades, porque es la historia nuestra, es nuestra historia y nuestra vida común, si todos venimos del campo y de los pueblos. Ya te digo, mi abuela, por ejemplo, que no fue a la escuela ni a la universidad, estuvo cuatro días en la escuela de analfabetos, mi abuela sabe preparar un huerto, guardar semillas de un año para otro, sabe arreglar árboles, tiene sus animales, sabe hacer pan, sabe hacer muchísimas cosas que hoy buscamos tanto en nuestras sociedades, como es la soberanía alimentaria, y el autoconsumo y la autogestión, que ella no lo ha aprendido en ninguna universidad ni en ninguna escuela, lo ha aprendido de la misma experiencia y de la vida. Obviamente, no es cuestión de idealizar esta vida de estas mujeres porque, claro, ellas no tuvieron la opción que he tenido yo de poder decidir qué quería estudiar, qué quería hacer, pero creo que es fundamental ahora que estamos tan preocupados por el cambio climático y por la crisis en la que vivimos, que queremos pensar otra idea de ciudades y de espacios en común de lo colectivo y nos preocupa tanto lo que comemos, creo que sería superinteresante, y creo que para mí esa es la innovación, es aprender, y recordar y hacer lo que hacían nuestros abuelos y nuestras abuelas con las herramientas y los recursos que tenemos nosotros hoy en día.

16:49
María Sánchez. Tanto las ciudades como los pueblos se necesitan los unos a los otros y deben aprender y nutrirse los unos de los otros siempre. Creo que desde los pueblos no debemos caer en el mismo discurso paternalista que sale desde la ciudad hasta nuestros pueblos, que también lo hay, ojo, no es cuestión solo de idealizar a los pueblos, porque también está ese discurso de cuando llega alguien de una ciudad al pueblo y el comentario de: «Anda, que este va a durar dos días aquí», cuando llega ese forastero al pueblo o quiere empezar una nueva vida rural. Lo que sí es fundamental es que tenemos que empezar a hablar un idioma común y bajarnos de esas plataformas donde miramos por encima del hombro, donde presuponemos y donde reducimos siempre a los pueblos a la misma postal simple y llana, donde solo existe gente muerta de hambre, analfabeta, bruta. O donde está la naturaleza intocable, y donde está esa pastora bucólica durmiendo la siesta con sus animales, ese idilio pastoril que tanto vende y tanto nos gusta, ¿no? Con la crisis del coronavirus estamos viendo cómo se está reproduciendo ese estar pendiente de los demás en los propios bloques de vecinos, ¿no? Bloques donde los vecinos nunca se han hablado o no se conocían, ahora todos forman una piña, y forman parte de algo y salen todos a una. A mí me llamó mucho la atención, y no lo critico porque creo que si surgen estas iniciativas es porque realmente es necesario, iniciativas que salen en las grandes ciudades mediante pegatinas, o mediante dinámicas, o mediante aplicaciones por el móvil, cómo impulsan que los vecinos estén pendientes unos de otros.

18:39
María Sánchez. Y claro, a mí, siendo de pueblo y viniendo de esta vida donde si mi abuela no recoge el pan de la puerta o no abre la puerta un día, la vecina ya está pendiente y ya está preocupada, pues claro, me sorprende y me hace gracia, porque es normal que yo algo que he visto como natural toda mi vida, pues me hace un poco de gracia que necesitemos esa aplicación o esa iniciativa para hacerlo, para estar pendiente del otro. Es curioso porque lo vemos en las noticias, ¿cuánta gente se han muerto en las ciudades y hasta que no ha venido el mal olor, nadie, ni su vecino pared con pared, no se ha dado cuenta que esa persona se ha muerto? A mí es que eso me produce una tristeza absoluta. Me da terror pensar en una sociedad en la que la gente se muere y los vecinos no sabían ni cómo se llamaba y si no lo ven no pasa absolutamente nada. Eso dice mucho de la forma en la que vivimos, y en las formas de producción y en el sistema en el que estamos metidos. Y creo que ahora estamos en el momento perfecto de replantearnos, y viendo cómo estamos pendientes los unos de los otros nos estamos dando cuenta que oye, pues que está bien querer y cuidar a tus vecinos, y conocerlos, y formar parte de algo, ¿no?, y ayudarnos. Para mí la literatura ha sido mi mejor aliada de mi vida. Ya te digo, como de pequeña estaba siempre en el campo y con las cabras, con mi abuelo, con los animales, cuando yo empecé a ir al colegio en Córdoba, mi narrativa, lo que yo contaba que hacía los fines de semana, o hacía en vacaciones, o lo que hacía con mi familia, no encajaba con la narrativa del resto de compañeros y compañeras de mi clase.

20:26
María Sánchez. Claro, pues ellos los fines de semana iban al cine, o iban a una casa y hacían una fiesta de pijamas. Entonces, yo desde pequeña me sentía muy sola porque, claro, yo era la que olía a cabra, la tonta del pueblo, la paleta y los libros se convirtieron, pero desde muy pequeñita, en una tirita, en un refugio. Recuerdo con ocho años querer leer ‘Yerma’ de García Lorca y mi padre quitarme el libro diciéndome: «Es que todavía no puedes leer este libro, que eres muy pequeña», y mi padre ponía los libros que no podía leer más alto. Y ha sido una especie de refugio. Me da mucha rabia porque luego entré en la universidad, en Veterinaria, y pensaba que iba a haber esa mezcla de letras y ciencias, ¿no?, porque yo siempre tenía muy claro que quería ser veterinaria, pero no quería renunciar a esa pasión por la lectura y por la escritura. Y es curioso cómo había profesores desde la misma universidad, porque yo siempre iba a clase, o en la biblioteca, siempre iba con mis libros y manuales de veterinaria, pero siempre llevaba un libro de poesía, una novela, porque yo siempre, sea el día que sea, intento sacar un ratito para leer, lo que más feliz me hace es leer, cómo los mismos profesores de la universidad decían: «Con todo lo que tienes que estudiar, ¿cómo puedes leer?». «¿En qué cabeza cabe que te pongas a leer?». Y a mí eso me producía una desazón, me sentía superhuérfana porque yo pienso que la cultura y el enriquecimiento están en la mezcla de las ciencias y las letras.

21:55
María Sánchez. Y cuando murió mi abuelo, el veterinario, que para mí era alguien muy importante en mi vida y lo sigue siendo, lo tengo muy presente, el duelo lo pasé metida en su despacho con sus libros de veterinaria antiguos. Y un día descubrí un libro suyo de bioquímica del año 42, de veterinaria, de bioquímica veterinaria y cada capítulo del libro empezaba con una cita de literatura. Y ahí dije: «Es posible, claro que sí. ¿Por qué no puedo ser de ciencias y dedicarme a las letras?». ¿Por qué nos sorprendemos si una veterinaria, una médico, escribe? ¿Qué pasa, que si nos dedicamos a ciencias nos tenemos que olvidar de los libros y si no dedicamos a las letras no nos puede gustar la física, las matemáticas o la biología? Creo que deberíamos mezclar, ¿no?, y sacarnos de esas casillas, y creo que sería muchísimo más rico esa mezcla y esa mixtura en la educación. Me gustaría terminar leyendo un poema de ‘Cuaderno de campo’, que es mi primer libro de poesía que se publicó en 2017 en La bella Varsovia, y gracias a este libro empezaron a contarme más historias de mi familia, de mis abuelos, mis padres y mis tíos, porque fue como una especie de llave a un mundo que ellos pensaban que no significaba nada ni importaba lo que hacían.

23:18
María Sánchez. Por ejemplo, la historia que cuento en ‘Tierra de mujeres’ de mi tatarabuela Pepa, que le encantaban los árboles y los alcornoques, y cuando ya sabe que se va a morir y toca sacar la saca, que es cuando se saca el corcho cada nueve años, sabía ya que no iba a aguantar a los nueve años siguientes, pidió por favor que la llevaran a ver a su alcornoque favorito, que ya también, posiblemente, ya era tan mayor, tenía 300 años, no iba a poder aguantar a la siguiente saca. Y la imagen de mi abuela sentada delante de ese alcornoque viendo como le quitan el corcho, para mí es literatura, es poesía pura. Pues qué doloroso y qué bonito a la vez, que si no hubiera escrito este cuaderno, a lo mejor esa historia no la estaría contando ahora, no la conocería, ¿no?, porque fue ese clic, ¿no?, ese decir: «Oye, a María…», desde mis padres, «A María esto le interesa». Y lo cuenta y es un regalo precioso que no solo salga de tu familia, sino de la gente con la que trabajas, o la que conoces en las mismas presentaciones y encuentros, que te regala historias de sus abuelos y de sus abuelas. Algo que creo que debemos de reivindicar y celebrar. Se llama ‘Monólogo acerca del instinto y de la entrega’ y es un poco una reivindicación de mí misma, de mi persona, agradeciendo a los hombres de mi familia todo lo que he aprendido de ellos, pero también es una carta de presentación de yo, como María Sánchez, como mujer, como veterinaria y como escritora, también sirvo y también puedo empezar a contar mi historia. Lleva una cita de la poeta portuguesa Sophia de Mello: «Cortaron el trigo. Ahora mi soledad se ve mejor».

25:02
María Sánchez. San Francisco de Asís se dirigió a las aves, las llamó hermanas, impuso el silencio, les dijo: «Ahora me toca hablar a mí». A mí, que sueño con todas las alas de mariposas arrebatabas una a una para enterrarlas junto al cuerpo de miles que perecieron hace miles y miles de años. Pétalos, pequeñas deidades animales hechas de barro, vientres que se vaciaron para dar paso a la mirra. Pero me toca hablar a mí que soy un organismo como cualquier otro, infinidad de posibilidades, de células chocándose las unas con las otras. Una multitud de impulsos, repito, como los de cualquier otro, debatiéndose dentro por igual entre los estímulos de la destrucción y de la supervivencia. A mí, que estoy escribiendo estas líneas que tienes ante ti porque he vuelto a buscar la técnica de datación por carbono, los entierros en el Paleolítico, el proceso de embalsamamiento y preparación del difunto en el antiguo Egipto. A mí, que como tú, quieres el remedio, la bondad, el ejercicio exacto para perpetuarse, el reconocimiento, el refugio, la venda, el duelo. Todo, todo lo necesario. A mí, que miro mis dientes y mis manos, cada parte de mí, abreviada, como escribir siempre ADN y no intentarlo con ácido desoxirribonucleico. A mí, que me gusta situar las cosas en la región exacta, darles un significado, proveerlas de una historia. A mí, que no soy San Francisco, ni vosotros mis hermanas las pobres golondrinas. A mí, que no soporto la idea de verme hablar a un animal para pedirle que se calle. Que prefiero la cura y no el silencio. Pero cada vez que escribo estoy contradiciéndome a mí misma, convirtiéndome en la hermana, en el profeta que se sienta delante de los pájaros pidiéndoos por favor, de nuevo silencio, porque al fin callan las alas de mariposa, el hermano y las golondrinas. Y me toca hablar a mí.