Disfruta cada etapa de tu hijo sin miedo

Alberto Soler

· Psicólogo

Psicólogo y Máster en Psicología Clínica y de la Salud. Con más de 10 años de experiencia clínica y asesoramiento a padres, Soler es conferenciante y colaborador habitual en prensa, radio y televisión. En su videoblog, Píldoras de Psicología y en el libro “Hijos de padres felices”, del que es co-autor, da respuesta a las dudas universales sobre educación, crecimiento personal y crianza. “En el momento en el que tenemos una etiqueta puesta, acabamos comportándonos de acuerdo con esa etiqueta…Debemos ser conscientes de que las expectativas que ponemos sobre los niños acaban condicionando su conducta”, explica. Alberto Soler advierte de los peligros de la enseñanza con “etiquetas” y de la obediencia ciega: el futuro de los niños pasa por la educación en valores como la asertividad, el pensamiento crítico y la autonomía.


Creando oportunidades

Alberto Soler

Psicólogo y Máster en Psicología Clínica y de la Salud. Con más de 10 años de experiencia clínica y asesoramiento a padres, Soler es conferenciante y colaborador habitual en prensa, radio y televisión. En su videoblog, Píldoras de Psicología y en el libro “Hijos de padres felices”, del que es co-autor, da respuesta a las dudas universales sobre educación, crecimiento personal y crianza. “En el momento en el que tenemos una etiqueta puesta, acabamos comportándonos de acuerdo con esa etiqueta…Debemos ser conscientes de que las expectativas que ponemos sobre los niños acaban condicionando su conducta”, explica. Alberto Soler advierte de los peligros de la enseñanza con “etiquetas” y de la obediencia ciega: el futuro de los niños pasa por la educación en valores como la asertividad, el pensamiento crítico y la autonomía.


Creando Oportunidades

Transcripción

00:00
Alberto Soler. Soy Alberto Soler. Estoy casado, soy padre de dos hijos, dentro de poco tres. Y soy psicólogo, estoy especializado en psicoterapia. Hablo sobre niños, hablo sobre infancia, hablo sobre crianza y educación para intentar contribuir a crear un poco más de conciencia de qué necesitan los niños pequeños durante esas primeras etapas de su vida.

Esther Soriano. Hola, Alberto. Soy Esther, madre de una niña de diez años, y me gustaría hacerte unas preguntas sobre educación. Primero me gustaría felicitarte porque vais a ser familia numerosa.

Alberto Soler. Sí, dentro de poquito. En un mes o mes y poco, ya está la nena aquí.

Esther Soriano. Enhorabuena.

Alberto Soler. Muchas gracias.

Esther Soriano. ¿Cómo hacer que los niños mayores entiendan la llegada del hermano sin celos, sin sentirse desplazados?

00:44
Alberto Soler. Esa es la pregunta clave que la mayoría de padres se hacen y nos hacemos cuando se acerca el hermanito. Y es que por muy bien que lo hagamos los padres, es casi imposible que no aparezcan los celos. De hecho, las estadísticas dicen que en el 90% de los casos aparecen celos en los hermanos mayores cuando aparece el hermano pequeño. Claro, por muy bien que lo hagamos es casi inevitable. Pero sí que podemos tener en cuenta algunas cosas desde el inicio del embarazo hasta la llegada del nene conforme va creciendo para poder minimizar un poquito el impacto. Sí que es verdad que hay algunos factores que hacen que puedan aparecer con más de frecuencia los celos. Cuando el hermanito que llega es del mismo sexo. O, sobre todo, a partir de los dos años, entre los dos y los cuatro, es cuando es un poquito más difícil. Por ejemplo, intentar no dar la noticia demasiado pronto por dos motivos. Primero, hay muchos embarazos que, desgraciadamente, se paran durante las primeras semanas. Entonces, le podemos generar un disgusto innecesario al pequeño cuando se hace toda la ilusión del mundo y después resulta que no tira adelante. Además, si nueve meses, para nosotros, se nos pueden hacer largos, para un crío de dos, tres o cuatro años es una eternidad. Entonces, si nos esperamos unas pocas semanas, a partir del primer trimestre es lo más habitual, ya conseguimos que se minimice un poquito por ese lado. Luego, lo que también es recomendable muchas veces, es hacerle partícipe todo lo posible del proceso. Fomentar mucho el contacto con la madre: Que le toque la barriga, que note las pataditas. Que participe en los preparativos para la llegada de su hermano: Montar la habitación, ir a hacer las compras… Preparar todo lo que sería esa logística. Y también muy importante el momento de la llegada. En el hospital, darle un lugar de protagonismo, importante. Nosotros vamos a conocer a nuestro hijo o a nuestra hija, pero él va a conocer a su hermano o a su hermana. Y es un momento superimportante a nivel emocional para él. Es normal que se pueda sentir un poco desplazado. Está bien hablar con la familia y decir: “Oye, tened en cuenta que el nene o la nena está aquí. Si le traéis un detallito al que acaba de nacer, también traédselo a él, o bajároslo un rato al parque”. Hacerle caso, porque el que acaba de llegar no necesita tanto visitas de familiares, necesita a sus padres. Pero el hermanito sí que necesita esas visitas y se puede sentir un poquito desplazado. Pero el momento más delicado con los celos es cuando el bebé ya no es una lechuga que la dejas ahí en la cuna que lo único que hace es mamar, dormir y cagar. Lo delicado es cuando empieza a hacer gracias, cuando ya empieza a reírse, a gatear, a mostrar su autonomía. Ahí es cuando el hermano mayor, de repente, dice: “Ostras, esto es una amenaza. Empieza a hacer muchas gracias a los que tenemos aquí. Empieza a cogerme los juguetes”. Ahí es cuando, a veces, cuando cantamos victoria: “Lo ha llevado bien, no hay celos”, y de repente nos estallan en la cara. Lo tenemos que llevar con normalidad. Tenemos que saber que forma parte de la relación normal entre hermanos, que ocurre en la mayor parte de casos, y por muy bien que lo hagamos van a estar ahí. Tenemos que normalizar.

03:44
Esther Soriano. He leído que los padres y las madres tenemos una forma diferente de relacionarnos con nuestros hijos.

Alberto Soler. Totalmente

Esther Soriano. ¿Qué me puedes contar? ¿Es bueno…? ¿Qué me puedes contar?

Alberto Soler. No solamente es que sea normal o bueno, es que es esencial. Es decir, los padres y las madres, y los hombres y las mujeres, las diferentes personas tenemos formas distintas de hacer frente a una misma realidad. Y con la paternidad y la maternidad ocurre lo mismo. A mí, a veces, más que de paternidad o de maternidad, cuando englobo las dos cosas me gusta hablar de “parentalidad”. Porque la maternidad es una experiencia y la paternidad es una experiencia distinta. Las diferencias van a surgir. Y, de hecho, de esas distintas formas de abordar la experiencia de ser padres y madres, viene la riqueza. Si pretendemos ser los dos iguales, si queremos que tú y yo hagamos las cosas de la misma manera con nuestros hijos, al final se van a perder algo. Porque se van a perder esos matices que tú, desde tu individualidad, como mujer, le puedes dar. O se van a perder esos matices que desde mi individualidad como padre se pueden dar. La participación del padre es esencial. Y no es una participación, es el estar presente, ¿no? De hecho, hay un estudio muy curioso. Creo que se publicó en 2014, si la memoria no me falla. Decía algo así como que cuando el padre participaba y jugaba mucho con sus hijos la relación de pareja era muy buena. Pero cuando se comprometía en las tareas de cuidado, se resentía la relación. ¿Por qué? Porque cuando son dos los que tienen que negociar cosas importantes es mucho más complicado que cuando uno ordena y manda. Entonces, la participación y esa colaboración entre padres es esencial para transmitir matices. Porque vuestra forma y la nuestra son muy distintas. Por ejemplo, en un estudio que se hizo en 2016, lo hicieron Yogman y Garfield, se vio precisamente cuál era esa clave del papel del padre y cómo puede influir el papel del padre en el desarrollo. Se vieron diversas áreas. Por ejemplo, en el tipo de juego. Vosotras hacéis un tipo de juego que está mucho más centrado en las emociones, en los sentimientos, en conectar emocionalmente, y eso va de la mano de cómo es vuestro cerebro. Vuestro cerebro es un cerebro en el cual las áreas relacionadas con el lenguaje, con la empatía, están más desarrolladas, e incluso tienen más espacio dentro del cerebro. Y fomentáis mucho eso en los hijos. Nosotros, sin embargo, el tipo de juego que hacemos los padres con los hijos es un juego más activo en el que les empujamos a asumir más riesgos. Y al final acabamos aportando cosas distintas. En este mismo estudio de 2016 también se veían diferencias en el uso y en el desarrollo del lenguaje. Vosotras sois tan empáticas que utilizáis con mucha más frecuencia aquellas palabras que sabéis que vuestros hijos e hijas comprenden porque os preocupa mucho que os entiendan perfectamente. A nosotros nos da un poco más igual y utilizamos el lenguaje de manera mucho más libre. Al final, eso acaba favoreciendo que incorporen palabras mucho más rápido a su vocabulario. No es que sea mejor ni peor, son formas distintas de abordarlo. O también, por ejemplo, se ven diferencias a nivel biológico. Se ha visto que cuando el padre tiene una presencia activa durante toda la infancia de las hijas, se ha visto en este mismo estudio, cómo se inicia más tardíamente la pubertad. O, al menos, hay menos riesgo de un inicio temprano de la pubertad. Que la edad de las primeras relaciones sexuales de esas niñas es más tardía, y que incluso disminuye la tasa de embarazos en adolescentes. ¿Todo eso por qué? Por la relación entre padres e hijas, no solamente a nivel cognitivo o físico, sino también a nivel hormonal, cómo interactúan las feromonas del padre con las de la hija.

07:14
Esther Soriano. ¿Y qué pasa en las familias monoparentales?

Ponerle una etiqueta a un niño es fácil; quitársela no Alberto Soler Psicólogo Clínico y educativo
Quote

Los hombres no podemos “ayudar” en las tareas de casa o con los niños. El concepto es “corresponsabilizarse” de aquello que es nuestra responsabilidad también

Alberto Soler

Alberto Soler. Tanto las familias monoparentales como las familias homoparentales acaban funcionando de una manera muy parecida. La mayor parte de estudios… Digo “la mayor parte” por no decir todos los estudios al respecto, hay una revisión muy reciente de la Academia Americana de Pediatría, indican que las familias homoparentales no implican absolutamente ningún riesgo ni ningún peligro para el desarrollo de sus hijos. Esos niños se desarrollan exactamente igual que si sus padres fueran murcianos, albaceteños, madrileños o valencianos. Las diferencias son las mismas: no hay diferencia en su desarrollo. Las familias monoparentales tampoco están aislando a sus hijos de la influencia de otros actores alrededor. Siempre hay una persona de referencia. No es necesario que esté ese rol masculino en casa. Esos roles se aprenden por tíos, por primos, por abuelos, por amigos. Siempre están estas influencias. Pero es muy importante transmitir ese mensaje, que hoy en día ese modelo de sota, caballo y rey, de la familia nuclear tradicional de padre, madre, dos hijos, perro… Ese modelo no es que sea el modelo bueno, simplemente es un modelo más de familia. Y todos los estudios indican que esa diversidad de familias, esas distintas formas de transmitir amor a los hijos, siempre que está ese amor, son válidas.

Esther Soriano. Ya. He leído un artículo tuyo que se llama… Creo recordar que el título decía: Yo no ayudo a mi mujer en casa ni con los niños. El título llama la atención.

Alberto Soler. Suena heavy.

Esther Soriano. ¿Puedes contar un poquito más?

08:44
Alberto Soler. Ese concepto del hombre tan moderno que ayuda a su mujer en casa ya está muy obsoleto, al menos debería estarlo. Porque cuando decimos que nosotros os ayudamos a vosotras en las tareas de casa, estamos dando por sentado que es vuestra responsabilidad, no la nuestra. “Qué buen padre soy, qué buena pareja soy, me enrollo tanto que te echo un cable con los críos”. No, perdona, es mi responsabilidad, yo no puedo ayudarte a ti en algo que también es mi responsabilidad. El concepto técnico es que me “corresponsabilizo” de aquello que es mi responsabilidad. Voy al supermercado con mis hijos porque yo voy a comer también y porque ellos son mis hijos. Si yo cocino, es porque me voy a comer también esa comida y porque no quiero que mis hijos ni tú paséis hambre. Me responsabilizo de las tareas que son mías. Pero eso es algo que hasta hace muy poco no se veía. Se veía como el rol del hombre enrollado que echa un cable a la mujer. “Oye, te quejarás del marido que tienes que te ayuda a hacer las camas”. ¿Cómo que te ayuda a las camas? Es su responsabilidad hacerlas. Quizá es necesario incidir en que nosotros no podemos ayudar en algo que es nuestra responsabilidad. Yo lo que no quiero es, en mi casa, darle un modelo a mis hijos en el cual ellos piensen que la cocina es cosa vuestra. O que limpiar los váteres os toca a vosotras. O que nosotros, simplemente estar sentados en el sofá bebiendo y cerveza y viendo el fútbol, ese es nuestro rol como padres. No, los padres somos mucho más que eso. Los padres no solamente proporcionamos recursos como se hacía antes, sino que los padres educamos, coeducamos, y lo hacemos de una manera emocional también. Transmitimos emociones, transmitimos valores, y tenemos que hacerlo de esa manera compartida en el núcleo familiar, transmitiendo que no hay nada, más allá de la lactancia materna por propia definición, que sea de uno o de otro, todo lo podemos compartir. Hay algo que va más allá de eso.

10:34
Alberto Soler. Si eso lo podemos tener un poquito integrado, lo que todavía se nos pasa mucho por encima es el tema del marido voluntarioso. Eso yo lo veo mucho en la consulta. Llega la pareja y ella se queja: “Tú no haces nada en casa…”. Y él dice: “Si tú me dices ‘haz esto’, yo lo hago”. Y él, el pobre, no se entera de lo que está pasando. “Si tú me dices que ponga la lavadora o que prepare la cena, yo la pongo”. Y es verdad, es muy voluntarioso. Su mujer le dice algo y él lo hace. Pero ahí lo que él no está entendiendo es un concepto muy importante, el de la carga mental. Esto lo hablas con la mayor parte de parejas y preguntas: ¿Quién lleva en la cabeza el calendario de las visitas al pediatra? Y lo lleva ella. ¿Quién sabe cuántas veces este año os habéis reunido con el tutor o tutora? Y lo lleva en la cabeza ella. O quién sabe el tema de las vacunas, o cuándo hay que lavar las cortinas. ¿Cuánto toca darle la vuelta al colchón? ¿Cuándo toca hacer el cambio de armario? ¿Qué tenemos que comprar esta semana? ¿Hoy toca cenar hidratos o esta mañana ya han comido muchos hidratos? Es algo que lleváis vosotras de manera casi exclusiva. Es lo que se llama “carga mental”. Y esa carga mental pesa. Porque no tenéis que llevar en la cabeza solamente vuestros asuntos personales, asuntos de trabajo, sino toda esa coordinación y gestión doméstica. Cuando tú llevas todo eso en la cabeza y de repente llega tan voluntariosamente tu marido y dice: “¿Qué es lo que hago?”. Y dices: “¿No tienes ojos?”. ¿Está el cesto de la ropa sucia desbordado? ¡Pon la lavadora! ¿Ya ha acabado la lavadora? Recógela, tiéndela. ¿Ya está tendida? Dobla la ropa. ¿La ropa ya está? Prepara la cena si tienes hambre. ¿No sabes que vamos a cenar? ¿No sabes que toca bañar a los niños? ¿No sabes que a las 20:00 toca darle el antibiótico? Es necesaria una participación más activa. No delegar en vosotras toda esa coordinación, toda esa gestión doméstica, porque eso os resta un espacio mental que es tremendo. Hace que vosotras acabéis con la cabeza como un bombo al final del día.

12:34
Esther Soriano. Y a veces con la sensación de culpabilidad, de decir: “No llego a esto o a esto”.

Alberto Soler. Pero es que no debéis llegar a todo. Yo tengo una clave, se lo digo a mis pacientes, para intentar atajar los conflictos por las tareas domésticas. Muchas veces se enfoca mal. Muchas veces lo enfocamos como un piso de estudiantes. Con muy buena voluntad, las parejas ponen en la nevera, porque las cosas importantes en casa se ponen en la nevera, es como las tablas de la ley. Hacen un reparto: “Lunes, miércoles y viernes, cocinas tú. Martes y jueves, yo”. Y con muy buena voluntad lo ponen en la nevera. Eso dura cuatro días. ¿Por qué? Porque repartir tareas no funciona. Lo que sí funciona de verdad es homogeneizar el descanso. Y eso es muy sencillo. En casa no puedes estar tú descansando mientras yo estoy fregando los platos. Porque siempre hay cosas por hacer. No puedo estar viendo yo una película mientras tú estás limpiando el baño.

Esther Soriano. O planchando, sí.

Alberto Soler. Tenemos que compartir el tiempo de descanso. Si no lo compartimos, al final, no hay justicia, no hay igualdad, no hay corresponsabilidad en casa. ¿Que estoy muy cansado? Te digo: “Mira, cariño, deja los platos. Mañana por la mañana te encargas tú o yo pero vamos a sentarnos a ver la tele. ¡Uf! ¡Menudo día que hemos tenido hoy!”. Y, además, compartimos juntos ese tiempo de descanso. Eso fortalece la relación de pareja, eso mejora el clima familiar y, por supuesto, estamos dando un modelo de corresponsabilidad a nuestros hijos.

13:55
Esther Soriano. Ayer hablaba con mi hija de diez años y me preguntaba que cuántos jefes había en mi trabajo, y que cuántos de los jefes eran mujeres. A mí me llamó muchísimo la atención que una niña de diez años ya tuviera conciencia o pensara que había menos mujeres que hombres como jefes. ¿Esto es un tema de modelos? ¿O es un tema de que ella percibe la realidad así?

Alberto Soler. Sobre todo es un tema, lamentablemente, muy político. Es decir, nosotros llevamos arrastrando durante muchas generaciones un reparto muy desigual de lo que es el espacio público, en la vida cotidiana. En el cual nosotros, los hombres, estamos muy mal acostumbrados al protagonismo. Estamos muy mal acostumbrados a tener situaciones de poder, a mandar, a dirigir el país, las instituciones. Estamos muy mal acostumbrados. Y vosotras estabais en casa haciendo labores de cuidado. Y eso es algo que, poco a poco, está empezando a cambiar. Pero ese cambio no tiene que ser algo solamente a nivel de mentalidad, tiene que ser un cambio a nivel político. Y si, por ejemplo, no tenemos en cuenta cómo son actualmente los permisos por maternidad en nuestro país, eso es muy difícil que al final acabe cambiando. Tenemos 16 semanas de permiso de maternidad actualmente en nuestro país. Eso es una miseria. Estamos hablando de cuatro meses. Eso ni siquiera llega al mínimo de lactancia materna exclusiva que recomienda la OMS. Es decir, estamos hablando de unos permisos de vergüenza. Son miserables. Y, por supuesto, en los permisos de paternidad, también estamos a la cola de Europa. Ahora se está peleando mucho por igualar los permisos de maternidad y paternidad, pero eso no basta, hay que conseguir que los de maternidad sean dignos. Que se acerquen a ese año en muchos países de Europa. Y, sobre todo, que se asegure que cuando vosotras vais a volver a incorporaros a vuestro puesto de trabajo, que no se os penalice de manera directa o indirecta. Porque legalmente estáis protegidas, pero luego todos sabemos que en la práctica real, el día a día, acabáis pagando el pato de la maternidad.

16:02
Esther Soriano. Incluso socialmente. Yo cuando tuve a mi hija, por temas de trabajo, viajaba mucho. Laboralmente no me perjudicó, pero socialmente a mí todo el mundo me preguntaba qué iba a hacer con la niña. Todo el mundo.

Alberto Soler. Claro.

Esther Soriano. Y a su padre prácticamente no se lo preguntaba nadie. A mí eso, aparte de generarte una cierta inquietud porque te preocupas por tu hija, dices: “¿Afectará a la niña?”.

Alberto Soler. Es que vosotras, como mujeres y como madres, es muy difícil que socialmente hagáis bien las cosas. Para nosotros es pan comido. Basta con que yo coja a los críos y me los lleve a pasear en bici, al supermercado a hacer la compra, o haga una pizza con ellos en casa para que se me ponga la etiqueta de “padrazo”. Soy un padrazo, lo hago superbién con ellos. “Qué dedicado, cuánto tiempo implica”. ¿Trabajo mucho? “Es que es un proveedor para la familia. Fíjate cuánto se esfuerza para dar a sus hijos lo mejor”. ¿Trabajo poco para estar con ellos? “Fíjate cómo es capaz de sacrificar su proyección laboral por pasar más tiempo con sus hijos”. Yo, haga lo que haga, como hombre y como padre, va a estar bien hecho. Si tú trabajas mucho, eres una mala madre porque estás desatendiendo a tus hijos.

Esther Soriano. Sí.

Alberto Soler. Sí tú trabajas poco, es que estás echando tu vida a perder.

Esther Soriano. Y no tienes ambición.

Alberto Soler. No, ni quieres llegar a nada en la vida. Es que ser madre te ha cambiado. Tenemos que cambiar esa visión en la sociedad. Tenemos que empezar a respetar más a las mujeres. Tenemos que empezar darle valor a la maternidad. Y ser capaz de respetar la decisión que cada madre y cada mujer toma en un momento determinado de su vida. Porque tan lícito y tan legítimo es la mujer que quiere continuar con su carrera laboral, como aquella que quiere dedicarse a pasar unos meses o unos años al cuidado de sus hijos. Y no somos nadie una persona autorizada para poder criticar esa decisión que de manera individual y totalmente objetiva toma cada persona. Vosotras lo tenéis muy complicado. Pero mucho.

17:56
Esther Soriano. Es cierto que se te juzga siempre.

Alberto Soler. Totalmente. Es que vosotras sois el blanco de las críticas. Si das teta porque das teta, si das biberón porque das biberón. Si lo llevas en el carrito, porque lo llevas. Si lo llevas en una mochila, eres una hippie. Si pasas mucho tiempo, si pasas poco… Hagas lo que hagas, eres el blanco de las críticas. Pero el problema, y lo he observado mucho, es que muchas veces las propias madres sois las que hacéis esas críticas. Porque estáis tan acostumbradas a recibir esa crítica de la sociedad que, al final, como una forma de defenderte, acabas viendo la paja en el ojo ajeno. Y es un problema que tenemos todos. Los comentarios que se hacen en parques, en reuniones de padres, siempre sois el blanco, y no lo tenemos que permitir.

Esther Soriano. Aunque no sean críticas son preguntas, en el fondo, son críticas encubiertas.

Alberto Soler. “Ah, ¿todavía le das pecho? Uy, ¿que duerme con vosotros? ¿Lo llevas en el carrito a estas edades?”. Son preguntas con una intención muy cuestionadora.

Esther Soriano. Otra pregunta que te quería hacer es en relación a las etiquetas que a veces les ponemos a los niños. “Esta niña es muy buena”. O todo lo contrario, esa otra niña o niño es muy malo. O es listo, o es tonto. ¿Hasta qué punto ahí encorsetamos su desarrollo?

Alberto Soler. El tema de las etiquetas es importantísimo. Piensa, por ejemplo, en los botes de conservas del supermercado. El típico bote que lleva garbanzos, alubias… Esas etiquetas que tienen en el frasco se ponen muy fáciles. En la planta en la que envasan el contenido es muy fácil. Una máquina va poniendo las etiquetas en serie y cuestan muy poquito de poner. Pero ¿has intentado quitar alguna?

Esther Soriano. Es muy difícil.

Alberto Soler. Es casi imposible. Lo pones debajo del agua caliente, lo intentas con alcohol, el estropajo, y es muy difícil quitar esas etiquetas. Pues con las etiquetas que nosotros ponemos a los niños y que ponemos a otras personas, ocurre exactamente lo mismo. Las ponemos con mucha facilidad pero luego quitarlas es muy difícil. Y lo peor de todo es que en el momento en que tenemos una etiqueta puesta casi sin darnos cuenta acabamos comportándonos de acuerdo con la etiqueta que nos han puesto o que nos hemos puesto.

Esther Soriano. Lo asumimos.

20:01
Alberto Soler. Asumimos esa etiqueta, empezamos a interpretar ese papel. En los años 60, en el 63 creo recordar, el psicólogo americano Robert Rosenthal publicó un artículo en American Scientist en el que hablaba precisamente del poder de las expectativas. Él se dedicaba a estudiar cómo las expectativas que tienen los investigadores científicos podían influir en los resultados de sus experimentos. Y ya en ese experimento, en ese estudio, él hablaba de las posibles implicaciones que eso podía tener, por ejemplo, en la escuela, en los docentes, en el aprendizaje. Esa especie de profecías autocumplidas, que él decía. Pues la directora de un cole de California que se llamaba Lenore Jacobson leyó el artículo de Rosenthal y dijo: “Esto me lo quiero traer yo a mi centro”. Se puso en contacto con Rosenthal y juntos diseñaron un experimento para llevarlo a cabo en las aulas. Y al experimento lo llamaron “Pigmalión en las aulas”. Y lo llamaron así por el mito de Pigmalión. Pigmalión era un príncipe que estaba ya cansado de no encontrar pareja, una mujer con la que se sintiera a gusto e hizo lo que tú y yo si no encontramos pareja: esculpirla en piedra. Empezó a esculpirla en piedra…

Esther Soriano. En una impresora 3D.

Alberto Soler. Por supuesto. Entonces, noche y día, esforzándose mogollón. Y le puso como nombre Galatea. Él se lo había currado un montón, muchísimo, hasta que empezó a enamorarse de esa imagen que él había hecho. Y la diosa Venus lo vio y dijo: “Pobrecico, se ha enamorado de Galatea”.

Esther Soriano. “Se lo ha currado”

Alberto Soler. “Voy a convertirla en realidad ya que se lo ha currado tanto”. Se utiliza mucho el mito de Pigmalión para mostrarnos cómo las expectativas que nosotros tenemos sobre algo pueden acabar condicionando el resultado final. Entonces, con ese título de Pigmalión en las aulas, Rosenthal y Jacobson cogieron a 320 alumnos de seis cursos diferentes, al azar, es decir, pito, pito, gorgorito. Cogieron totalmente azarosamente a esos 320 alumnos y les pasaron unas pruebas de inteligencia. Les pasaron pruebas de inteligencia, más que nada, para descartar… Para homogeneizar y ver que todos tenían la misma capacidad. Y era así. De esos 320 alumnos seleccionaron, otra vez aleatoriamente, a 65 alumnos. Y de esos alumnos elaboraron unos informes falsos que entregaron después a sus profesores. Y en esos informes pusieron que esos alumnos habían obtenido en las pruebas unos resultados brillantes, que eran alumnos que destacaban muchísimo, habían llamado mucho la atención de los investigadores, y que durante el desarrollo del curso académico los profesores podían esperar mucho de esos alumnos.

22:25
Esther Soriano. La etiqueta de “listos” les pusieron.

Alberto Soler. De “listos, capaces, inteligentes”. Total, cerraron sus carpetas y se fueron a su casa. El curso académico se desarrolló con normalidad. Se hicieron algunas observaciones durante el curso pero no hubo más intervención por parte de los investigadores. Y cuando acabó el curso, al final, volvieron a pasar otra vez las pruebas de inteligencia a esos 320 alumnos. ¿Y sabes lo que pasó? Que los 65 que erróneamente, o que falsamente, habían etiquetado como más inteligentes, en las pruebas de inteligencia que se les hizo a final de curso, efectivamente, mostraron mayor inteligencia, un mayor CI que el resto de sus compañeros. Y estamos hablando de la medición del CI, de la inteligencia, que, en principio, es algo estable, no algo que en poco meses cambie. Y no solamente el CI. Es que los resultados académicos de esos chavales y de las nenas fueron significantemente mejores que el resto de sus compañeros. No era magia. Esto no es magia, esto no es brujería, esto no es el “cree en ti mismo”. Con esas etiquetas que falsamente se les puso los profesores acabaron dando un trato diferenciado a esos alumnos. Mantenían más tiempo el contacto ocular con ellos. Les daban más oportunidades de dar una respuesta acertada cuando ellos se equivocaban, eran más amables, les sonreían con más frecuencia, cuando interrumpían en clase, no pensaban: “El niño este no se calla”, sino: “Claro, es tan inteligente, tiene tantas inquietudes, que no quiere quedarse con ninguna duda”. Mientras que del resto de compañeros no pensaban lo mismo. Y fue ese trato diferenciado lo que hizo que, al final, pudieran despuntar. Pero nos podemos preguntar si fue ese trato diferenciado lo que hizo que dieran unos mejores resultados o si el trato que recibieron el resto de alumnos no les permitió tener ese avance que ellos sí que pudieron obtener.

Ponerle una etiqueta a un niño es fácil; quitársela no Alberto Soler Psicólogo Clínico y educativo
24:18
Esther Soriano. ¿Y si además de a los profesores se les hubiera dado esos informes a los niños, se les hubiera dicho a esos 65: “Vosotros sois los listos”?

Alberto Soler. Hay otros estudios que no utilizan la misma metodología pero se hace algo parecido. Se les transmite a los niños que son genios: “¡Cuánto vales! Qué capaz que eres. Eres la leche. Vas a llegar a ser presidente del Gobierno”. ¿Y sabes lo que ocurre? Al final, esos niños viven con miedo a no poder satisfacer las expectativas de los demás. Viven con miedo a fallar, se arriesgan menos. Ante dos tareas, una más desafiante y otra un acierto seguro, acaban eligiendo la que es un acierto seguro. Se ponen menos a prueba porque temen defraudar las expectativas que los demás han puesto sobre ellos. Al final, no es cuestión de transmitir a los niños que son genios… No, es ser conscientes de que las expectativas que nosotros tenemos, la mirada que nosotros ponemos sobre otra persona acaba condicionando la conducta de esa persona. Y cómo los demás nos miran a nosotros también acaba condicionando nuestra ejecución, nuestro desempeño.

Esther Soriano. Mi hija, por ejemplo, saca muy buenas notas. Pero normalmente… Yo le digo, por supuesto, que me produce mucha felicidad, pero le intento hacer ver que eso es para ella. Que si ella está orgullosa de sí misma, si está contenta con lo que dio y lo que recibió.

Alberto Soler. Esa es la clave. El sistema académico se centra demasiado en las calificaciones, en el examen, en la prueba. Y se valora muy poco el esfuerzo, se valora muy poco lo que un chaval se lo está currando día tras día durante todo el curso. Al final, sea una metodología u otra, tenemos que pasar por la prueba objetiva. Si tu hija saca muy buenas notas, reconócele lo mucho que se lo ha currado durante el curso. No le des tanta importancia a la nota. Trata de transmitírselo como una consecuencia del esfuerzo que ella ha tenido. Pero, sobre todo, que ella sepa que tú no vas a dejar de estar satisfecha con ella si las notas hubieran sido más bajas, porque tú valoras que ella disfrute, que ella aprenda, no que saque buenas notas, que valoras su curiosidad, que valoras su motivación, que valoras lo fuerte que es, la energía que ella tiene. No solamente que al final del curso haya sacado un 7, 8, 9, o 10. Al final, el error que cometemos es que, muchas veces, cuando están en edad escolar, todo gira alrededor de las notas. Y un niño es las notas que saca. Acompaña a su madre a unos recados: “¿Cómo te va en el cole? ¿Qué has sacado? ¿Qué notas?”. Llega a casa: “¿Tienes deberes? ¿Y la evaluación?”. Y, al final, el crío es las notas que tiene.

26:50
Esther Soriano. Con lo cual, por ejemplo, los regalos por buenas notas no son recomendables.

Alberto Soler. No, no son recomendables. Porque la buena nota es, en sí, el regalo que él está obteniendo. Al final, cuando empleamos premios y cuando empleamos castigos lo que estamos haciendo es desviar el foco de atención. Muchas veces los chavales, al final, acaban esforzándose por aprobar el examen y conseguir un regalo, no por aprender. Cuando un crío tiene ese impulso interno, innato, cuando tiene esa curiosidad por el aprendizaje, le da igual que vaya a ser evaluado o no vaya a ser evaluado, le da igual las dificultades que se encuentre en el proceso, porque el motor de su aprendizaje lo lleva dentro. Es lo que se conoce como “motivación intrínseca”. Sin embargo, las notas académicas, los regalos, los castigos, son motivadores extrínsecos, son cosas que están fuera de ti y te preocupas por conseguirlas pero no estás mirando dentro.

Esther Soriano. Por una parte, yo a veces tengo dudas sobre cómo educar a mi hija en el respeto a unas normas o a unas reglas básicas, pero también cómo hacer que ella sea crítica y que sea asertiva también. Que tenga claro que un “no”, cuando ella dice que no, a veces es no para determinadas cosas.

Alberto Soler. Claro, eso es imprescindible. Y es ese punto de equilibrio que los padres queremos conseguir. Yo doy una ponencia, una charla, que me piden mucho, que es sobre niños buenos y malos. Relacionado con el tema de las etiquetas y demás. Y hay un momento de esa conferencia en la que saco una pizarra y les pregunto a los asistentes cuáles son las características que consideran que tienen los niños buenos y los niños malos. Y de manera casi absoluta, siempre… Bueno, alguna vez en segundo lugar, pero casi siempre sale en primer lugar la obediencia como el atributo por excelencia de los niños buenos. Un niño bueno es un niño obediente, y un niño obediente es un niño bueno. Si no lo dicen en primer lugar, lo dicen en segundo. Claro, eso es muy peligroso, porque la obediencia ciega no tiene que ser un objetivo en la educación. Hay un experimento muy curioso que hizo Stanley Milgram en los años 60 que viene muy a colación. En aquella época se estaban realizando los juicios por la II Guerra Mundial, contra el nazismo… Y era el momento del juicio contra Eichmann, que era el encargado de los trenes de la muerte, de llevar a los judíos a los campos de concentración y demás. Hannah Arendt defendía la tesis de que Eichmann no era un monstruo sádico salvaje que disfrutaba gaseando judíos. No, ella decía que era un burócrata aburrido detrás de su escritorio que simplemente cumplía órdenes. Claro, en aquel momento eso era una tesis muy poco popular porque necesitamos creer que una persona que ha hecho esas atrocidades…

29:38
Esther Soriano. Culpar a alguien…

Alberto Soler. Es un monstruo, es un sádico, y que caiga todo sobre esa persona. Entonces, Stanley Milgram diseñó un experimento para intentar ver qué sucede en las personas cuando seguimos órdenes. Y ese experimento forma parte de los grandes clásicos de la psicología. En ese experimento convocaba a un grupo de personas y cogía a parejas de personas a las que asignaba rol a cada uno. A uno lo llamaba “el profesor” y a otro lo llamaba “el alumno”. Decía que el experimento iba sobre los efectos del castigo sobre el aprendizaje. Entonces, cogían al alumno y le explicaban qué tenía que hacer. Le presentaban parejas de palabras: “pera, manzana”, “coche, camión”. Y después le iban a preguntar una de esas palabras y tenía que decir la segunda. Cuando decían “pera” tenía que decir “manzana”. Si acertaba, pasaba a la siguiente. Si se equivocaba, le daban una descarga eléctrica. Entonces, el alumno…

Esther Soriano. ¡Qué castigo!

Alberto Soler. Claro, cuando hablamos de los experimentos de esa época no nos andamos con chiquitas. Estaba sentado en una especie de silla eléctrica. Estaba atado con una serie de electrodos y se le daban descargas. El profesor estaba en otra habitación delante de un panel de control con un montón de interruptores en los que en cada interruptor aparecía señalado el voltaje, la cantidad de energía que le iba a dar en ese momento. Con cada error iba accionando cada uno de esos interruptores. Además, para que no hubiera lugar a la duda, en cada uno de esos interruptores aparecía, puesto en palabra, qué tipo de descarga era. Iba desde leve, moderada, intermedia, grave, muy grave o una que era altísima, letal. Estaba el profesor ahí sentado y conforme se equivocaba el alumno le daba a esos interruptores y el alumno recibía las descargas. Ocurre lo mismo que en muchos experimentos de psicología, que las cosas no son lo que parecen. En verdad, el experimento no iba sobre los efectos del castigo sobre el aprendizaje, sino en hasta qué punto una persona puede llegar a cumplir órdenes que le da una tercera persona en contra de los valores que esa persona tiene. El alumno, en el fondo, era un actor. En ningún momento recibía ninguna descarga eléctrica, siempre era el mismo. Pero el que tenía el rol de profesor no lo sabía. El profesor no sabía que esas descargas que daba eran de mentira, pensaba que le estaba electrocutando de verdad. Empieza el experimento y comienza a cometer errores, y el profesor empieza a accionar los interruptores. Al lado siempre tenía al director del experimento. Llega un momento en el cual el alumno dice: “Por favor, para. Esto es muy doloroso, yo ya no lo soporto más”. Y simplemente con que el director del experimento dijera: “Por favor, prosiga”, eran suficiente esas palabras, para que el que tenía el rol de profesor accionara la siguiente descarga. Llega un momento del experimento en el cual dejan de escucharse gritos agónicos y ya con cada nueva descarga, y estamos ya en niveles de una intensidad casi letal, ya no se escucha prácticamente nada, no se escucha ningún sonido. En ese momento, muchos participantes dicen: “Yo no quiero continuar”. “Por favor, prosiga”.

32:39
Esther Soriano. Y seguían.

Alberto Soriano. Y accionaban una descarga eléctrica. Antes del experimento, Stanley Milgram preguntó a un grupo de sociólogos, de filósofos, de psiquiatras, de gente de a pie, cuál creían que iba a ser el resultado del experimento. En concreto los psiquiatras, hicieron así en la perilla, como hacen ellos, y dijeron: “Más de un 3% de la gente no va a llegar al final. La mayor parte, a la segunda o tercera descarga se van a plantar, se van a dar cuenta de la barbaridad que es esto”. ¿Qué sucedió en verdad? Que más del 60% de los participantes llegó a administrarle a la otra persona una descarga eléctrica letal solo porque se lo estaba indicando una tercera persona.

Esther Soriano. O sea, obediencia ciega.

Alberto Soler. Obediencia ciega. A una persona que no conocían absolutamente de nada. Simplemente porque alguien con una bata blanca en una situación de poder le dice: “Por favor, prosiga”. Se llevaron las manos a la cabeza y dijeron: “Es que la muestra está sesgada. Son universitarios, personas muy competitivas que no van a dudar en llegar a la última de las consecuencias. Vamos a repetir el experimento porque debe haber sido algún error”. Amplían la muestra, van a diferentes ciudades, y obtienen un resultado ligeramente superior. Era un sesenta y pico por ciento de obediencia. Se preocupan, extienden el experimento a diferentes países: Italia, Francia, Reino Unido, América. Y los resultados son siempre un poquito peores de lo que fue el primer experimento. Siempre obtuvieron unas cotas de obediencia superiores al 60%. Y con algunas modificaciones del procedimiento experimental, por ejemplo, metiendo un paso intermedio, habiendo una persona intermedia entre quien da la orden y quien la ejecuta se llegaron a obtener unas ratios de obediencia cercanas al 90%.

34:30
Alberto Soler. La conclusión de Milgram es que no se necesita una persona mala para poder servir en un mal sistema, sino que una persona normal y corriente puede llegar a cumplir órdenes llegando a niveles extremos tan solo porque una persona que considera una autoridad se lo diga. Claro, cuando en mis conferencias yo comento esto a los padres, se quedan con la cara muy seria porque dicen: “Yo no quiero que mis hijos sean así”. Vamos a ver, nosotros no buscamos eso con la educación. Pero somos un tanto paradójicos porque todos queremos que nuestros hijos obedezcan. Mis hijos son pequeños, van por la calle y quiero que me obedezcan. Que les diga “para” y que se paren. Que diga “quítate la ropa y a la ducha” y lo hagan. Quiero que me faciliten el día a día. Pero cuando los hijos se acercan a la adolescencia se nos escapa. No acabamos de ver que las relaciones cambian. Cuando son adolescentes ya no somos nosotros esas personas inspiradoras para ellos, ya no somos su marco de referencia, sino que ellos pasan a mirar más a su grupo de iguales como el marco de referencia.

Esther Soriano. A sus amigos.

Alberto Soler. Claro, a sus amigos, y dejan de obedecernos a nosotros. Entonces, si nosotros, cuando son muy pequeñitos, les estamos educando y el centro de nuestra educación es la obediencia ciega: “Esto lo tienes que hacer porque yo, la figura de autoridad, te lo digo”. Cuando ellos llegan a la adolescencia, van a continuar comportándose de la misma manera. Y cuando el cabecilla, el líder de su grupo les diga: “Toma, prueba a fumarte esto y ya verás qué bien”, le van a obedecer. O cuando su amigo le diga: “Sube al coche que te llevo y verás lo que hacemos”, también va a obedecer.

36:03
Esther Soriano. Cuando un niño pequeño, por ejemplo, le llevas a cruzar la calle y el niño se te escapa y le dices: “No, que vengas aquí”. ¿Cómo…? Un niño te tiene que obedecer en ese momento porque es peligroso.

Alberto Soler. Pero tenemos que ser capaces de diferenciar las situaciones. Ahí llegamos al tema de los límites. No todos los límites son igual de importantes. No es igual de importante el límite de: “Acábate el plato que tienes delante” como el límite de: “Por favor, no cruces esta avenida en rojo”. Tenemos que enseñarles ciertas cosas. Pero ¿qué pasa? Si de repente todo es importante, todo pierde la importancia. Tenemos que ser capaces de que aquellas cosas que de verdad son importantes, que son esenciales para su seguridad, para su salud, o para el respeto hacia otras personas, destaque por encima del resto. Si estamos todo el día detrás de ellos: “Cuidado, esto no se hace. Ponte eso así, haz esto asá…”. Nos damos cuenta de que, al final, todo el día les decimos qué hacer, y buscamos la obediencia.

Esther Soriano. Pierdes la referencia y el sentido crítico que deben desarrollar.

37:03
Alberto Soler. Más que buscar la obediencia ciega, debemos fomentar el pensamiento crítico. Eso, sin duda, es mucho más incómodo para nosotros cuando son pequeños. Porque eso implica ponernos a prueba. Eso implica tener que aguantar mucho, el mordernos la lengua, ser pacientes, estar un pasito por detrás de ellos. Pero si fomentamos ese pensamiento crítico, el que no tengan que hacer las cosas simplemente porque yo te lo digo, simplemente porque otra persona te lo dice, conforme ellos van creciendo van a tener esa capacidad para identificar las injusticias, para no sumarse a un trato injusto o vejatorio a un compañero o compañera de clase. Para pararle los pies a una persona que quiere abusar de ellos. Para no meterse en conductas de riesgo como el alcohol, como conducir no respetando las normas de seguridad, como respetar su propio cuerpo y hacer que otras personas lo respeten. Y eso pasa por el pensamiento crítico, no tanto por la obediencia ciega. Tenemos que obedecer, sí, pero a aquellas cosas que consideremos importantes. Por lo tanto, nuestra tarea como padres es ponérselo fácil y solo exigirles esa obediencia en cuestiones de vital importancia para ellos.

Esther Soriano. Y cuando llegan a la adolescencia, que hablabas de la importancia de los amigos… Mi hija, con diez años, todavía no ha llegado a la adolescencia pero sí que es verdad que es importante fijarte en los amigos. ¿Cómo hacerlo para estar pendiente sin controlar? Porque yo creo que también eso lleva a un rechazo. ¿Cómo manejar ese balance?

Ponerle una etiqueta a un niño es fácil; quitársela no Alberto Soler Psicólogo Clínico y educativo
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Las etiquetas que ponemos a los alumnos influyen en su rendimiento. Las altas expectativas hacen que los niños vivan con miedo a fallar

Alberto Soler

38:33
Alberto Soler. Para eso es importante no empezar a trabajar en la adolescencia sino desde el momento cero. Al final, en la adolescencia, acabamos recogiendo aquellos frutos que hemos ido sembrando a lo largo de toda la infancia. Muchos padres vienen a la consulta con hijos adolescentes, preadolescentes. Vienen muy preocupados porque ven conductas de riesgo, que empiezan a tontear con el alcohol o con cualquier otro tipo de droga, que las amistades no les hacen gracia. Y, de repente, quieren participar en su vida. Pero empiezas a hacer la historia y ves que esos padres han estado ausentes en la infancia de sus hijos. Cuando sus hijos llegaban del cole con las fichas que habían hecho, no les hacían caso porque no lo consideraban importante. Ahora quieren saber con quién van y con quién dejan de ir, cuando durante toda su infancia no han sabido el nombre de sus amigos del cole.

Esther Soriano. No han hablado con ellos.

Alberto Soler. Claro. Entonces, esa adolescencia empezamos a trabajarla en la primera infancia con esa comunicación, con ese contacto. Apagando la tele en las comidas, no viendo Pocoyó ni las noticias, sino mirando a los ojos a nuestros hijos, preguntándole qué tal el día. No preguntándole por las notas, sino si te lo has pasado bien, preguntando qué te preocupa, que te veo serio o seria, respetando cuando no quieren dar una respuesta a esa pregunta. Mostrándonos accesibles, que sepan que nosotros estamos ahí para ayudarles, pero que no les vamos a imponer algo que para ellos sea negativo, que nosotros no vamos a ir en su contra, sino que somos un recurso del cual ellos pueden echar mano cuando lo necesiten, y que siempre vamos a estar ahí. Y eso se trabaja desde el momento cero.

40:05
Esther Soriano. Cuando hablas de cenar juntos o de comer juntos, yo con mi hija tengo muchos espacios comunes, de viajar, en el cual hablamos juntas, o de ver pelis juntas porque nos gustan mucho a las dos, o de leer y demás. Y hay veces que yo pienso: “Esto supongo que irá cambiando y que los espacios que tenemos juntas serán otros”. Hay veces que me da incluso un poco de pena, un poco de melancolía anticipada. ¿Eso es malo? ¿Soy un poco pueril?

Alberto Soler. ¡Qué va! ¿Cómo va a ser malo? Eso es el reflejo de lo que tú disfrutas de la relación con tu hija. Nadie queremos que algo que estamos disfrutando se acabe. Si tú estás cenando en el mejor restaurante de tu ciudad, no quieres que se acabe esa cena porque la disfrutas muchísimo. Estás viendo una película que te encanta y no quieres que acabe, quieres que continúe porque quieres seguir disfrutando. Tú estás disfrutando la relación con tu hija y no quieres que esa relación acabe. Lo que pasa es que no sabes dónde va a ir la relación. Y también lo que ocurre es que te han metido en la cabeza que vienen curvas, que durante la adolescencia tú vas a perder a tu hija, que durante la adolescencia esa relación… Vale, de acuerdo, en verdad puede ser una parte así. Porque la relación cambia. Pero si te has currado la relación con ella y si ahora tenéis esa relación tan cercana y tan buena, no van a venir tantas curvas como tú crees. Porque ese contacto se va a mantener. Esa complicidad se va a mantener, va a continuar ahí. Muchas veces, se transmite durante la crianza y la educación, que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Esther Soriano. Sí.

Alberto Soler. Eso es un error. Cuando tú estás embarazada te dicen: “Aprovecha ahora”. Luego las cosas serán más difíciles”.

Esther Soriano. No podrás dormir.

Alberto Soler. Y tú: “Estoy ahora pesada, con dificultades. Madre mía, ¿cómo será después?”. De repente nace tu hijo y te empiezan a decir: “Disfruta ahora que se mueve poco, cuando empiece a andar te vas a dejar la espalda…”.

Esther Soriano. La riñonada.

41:57
Alberto Soler. Y se te va metiendo en el cuerpo el miedo a la etapa que viene. Cuando ya están andando dicen: “Espérate que cuando llegue al cole ya verás tú con los deberes…”. “Ya verás la adolescencia”. Siempre es: “Que viene el coco”. Y siempre vivimos con el miedo a esa etapa que va a venir, a perder lo que tenemos. Y, en el fondo, cada etapa tiene unas cosas positivas y negativas. Pero todas las etapas de la evolución de nuestros hijos tienen cosas que podemos disfrutar muchísimo. Desde que son unos bebés pequeñitos e indefensos que están en su cuna durmiendo a nuestro lado hasta que son unas personas adultas con las cuales podemos hablar, podemos razonar, podemos negociar, podemos dialogar, podemos tener un entendimiento más adulto. Y entre un punto y el otro, hay un montón de experiencias que son dignas de ese disfrute. Es bueno que tengas miedo de que eso acabe, pero lo que viene no es malo.

Esther Soriano. Porque es verdad que, un poco lo que dices, siempre se te transmite la sensación de que: “Yo tengo el cortijo controlado ahora, pero me voy a dar la vuelta…”.

Alberto Soler. “Cuidado con lo que viene”.

Esther Soriano. “…y me la está liando”.

43:01
Alberto Soler. Claro, es que eso es así. Y tenemos la sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero no es así. Nosotros tenemos que procurar estar presentes en la vida de los hijos. Y predicar con nuestro ejemplo. Dices: “Es que me giro y me la lía”. Eso es una crítica que muchos padres tienen a los dos, tres, cuatro o cinco años. Y es que es así, y yo lo vivo de esa manera. A mí, por ejemplo, el otro día en casa, me pasó algo que me hizo reflexionar. Yo llegué a casa. Mi mujer estaba haciendo cosas, y yo estaba preparando la cena. Y de repente… No recuerdo si era el nene o la nena. Pero se me acerca uno y me dice: “Ayúdame a montar las vías del tren”. Y le dije: “Espérate que estoy con la cena”. Se fue con el rabo entre las piernas pero yo continué preparando la cena. Y vuelve otra vez: “Papi, ayúdanos con esto que nosotros no podemos”. Y yo: “Por favor, esperaos, que estoy con la cena”. Yo ya un poco molesto. Ya he dicho las cosas una vez y como que no me tienen en cuenta. De repente, dejan de demandarme, de pedirme que esté con ellos. Yo continúo haciendo la cena. ¿Y después qué toca? La ducha. Acabo de hacer la cena y les digo: “Chicos, venga, que toca ducha”. “No, papi, estamos jugando”. Y yo: “Va, os he dicho…”. Y de repente paré y dije: “¿Qué estoy haciendo? Si estoy haciendo lo mismo que yo les estoy criticando a ellos”. Yo no les estoy dando ese modelo de estar presente cuando me necesitan. Y ahora les estoy exigiendo a ellos que lo estén cuando yo quiero.

44:30
Alberto Soler. En ese momento respiré, dejé pasar unos minutos, y al final acudieron a la ducha, pero eso me ayudó mucho a pensar. A pensar que nosotros las 24 horas del día somos un ejemplo. Somos un modelo para nuestros hijos. Y cuando ellos nos están pidiendo, cuando nos están demandando, la conducta que nosotros tenemos es un modelo también. Y al final, paradójicamente, lo que pasa es que no les atendemos cuando ellos están haciendo una conducta “correcta”, cuando están jugando tranquila y armoniosamente, haciendo sus deberes, no les hacemos ni caso, y aprovechamos para hacer todas las tareas que tenemos en casa. Pero cuando se sacan los ojos entre los hermanos, cuando hacen una trastada, nos da igual que se queme la cena, vamos corriendo a atenderles. ¿Qué les estamos transmitiendo ahí? Que cuando te portas bien no te hago ni caso pero, por favor, sácale los ojos a tu hermano que entonces voy corriendo y voy a dejar todo para hacerte caso. No, lo que tenemos que hacer es atender más la buena conducta, atender más cuando hacen aquello con lo que nos sentimos orgullosos, y no ser tan duros e implacables cuando se portan mal. Porque, en el fondo, muchas veces, la mala conducta es un intento fallido de demandar algo muy legítimo, que es nuestra atención, afecto, cariño.

45:39
Esther Soriano. A mi hija de diez años, aparte de que en toda su vida también se haya hablado del cuerpo y de la sexualidad y demás, pero es verdad que está entrando en una edad en la cual te planteas dudas sobre cuándo es el mejor momento para hablarle de sexualidad. Y es verdad que por muy abierto que te consideres… Pero bueno, tienes tus sesgos educacionales, y no sé muy bien en qué momento, cómo afrontar la conversación, si es “la conversación” o no.

Alberto Soler. Tenemos que tener muy en cuenta que es mejor no enfocarlo como: “¿Cuándo empiezo con ella a hablar de sexualidad?”, sino: “Nunca obviar el tema de la sexualidad”. Y eso empieza desde el momento cero, desde que son muy pequeños, intentando responder siempre con sinceridad aquellas cuestiones, aquellas dudas que ellos plantean. Por ejemplo, antes hablábamos de la llegada de un hermanito. Cuando llega un hermanito, cuando alguien tiene un bebé, de repente aparecen dudas: “¿Y ese bebé por dónde va a salir?”. Y tenemos que ponerle nombre al aparato reproductor femenino. No hay que decir que los nenes tienen pene y las niñas vagina, Los nenes pene y las niñas tienen vulva. “Los bebés no salen…”. No, tenemos que especificar dónde se produce cada cosa. Cuando preguntan también, como me preguntaron el otro día: “¿Cómo se ha metido ese bebé en la tripa de la mamá?”.

Esther Soriano. Porque no cabía.

47:07
Alberto Soler. Tenemos que explicarles qué es lo que sucede. Y hay que estar preparados para responder en cualquier momento. A partir del momento que tienen uso del lenguaje, van a empezar a hacer esas preguntas. Pero le damos mucha importancia a qué contenido transmitirles verbalmente, cuando mucho más importante es, desde que son muy pequeñitos, transmitirles el respeto por su propio cuerpo. Que se respeten, que se cuiden, que se quieran, que sean capaces de poner un límite a su cuerpo, de qué es lo que ellos y ellas tocan y qué es lo que los demás pueden o no pueden tocar. Permitir o no permitir valoraciones o juicios sobre su propio cuerpo, sobre su estética, sobre su altura, sobre su peso, sobre su color. Son cuestiones que son privadas. Y tienen que aprender desde muy pequeñitos que su piel es una barrera con el mundo. Y que su piel solo ellos deciden quién la toca y quién la deja de tocar. Si entendemos eso, si entendemos el respeto como una parte esencial de la educación sexual, poco a poco vamos a poder ir respondiendo preguntas. Yo siempre doy la recomendación de ir un pasito por detrás de ellos. Responder a aquellas cuestiones que ellos nos hagan. Ellos nos van a ir marcando el ritmo, preguntando aquello que necesitan saber mediante comentarios directos o indirectos. Pero no tenemos que darles una información más allá de lo que ellos sean capaces de procesar, pero tampoco obviar información que para ellos sea importante. Me contaban el otro día: “Es que yo de pequeña, cada vez que en una película se daban un beso me tapaban los ojos”. No tenemos que hacer del tema del sexo y de la sexualidad un tabú en casa del cual no se puede hablar. Tenemos que responder a sus preguntas con la mayor sinceridad.

Esther Soriano. ¿Y si no preguntan?

Alberto Soler. Y si no preguntan, es que información la están obteniendo por otras vías. Entonces, quizás debemos tener en algún momento, como decías, “la conversación”. Mostrarnos accesibles, cuidar esa comunicación y ese diálogo durante toda la infancia, como veíamos. Que sientan que somos personas a las cuales nos pueden consultar. Y son conversaciones que ni para ellos ni para nosotros van a ser cómodas. Y tenemos que controlar cuál es la información que les llega porque ahora desde muy pequeños, la mayoría de niños tienen smartphones, tienen acceso a Internet y, por desgracia, hoy en día, la educación sexual la está haciendo la pornografía. Y se les está metiendo en la cabeza unos tipos de relaciones entre hombres y mujeres que no tienen nada que ver con una relación afectuosa y amorosa. Ahora se está asociando mucho el sexo con la violencia y el resultado es lo que estamos viendo cada día en las noticias: violaciones en grupo, abusos sexuales, manadas…

49:43
Alberto Soler. Está reproduciéndose un mensaje que están viviendo por la pornografía. No podemos evitar que exista la pornografía, pero tenemos que intentar compensar ese mensaje que les está llegando con una información sobre cómo es una relación respetada entre un hombre y una mujer. Que el sexo no implica violencia, que no implica dolor, que no implica sufrimiento y, sobre todo, que tiene que ser algo que ellas toman la decisión en el momento en que sienten que están preparadas, que no es algo que tienen que hacer para agradar a otras personas, para ganar la aprobación… No, eso es una decisión privada, personal, que van a llevar a cabo en el momento en que se sientan preparadas y libres. Pero tenemos que compensar el bombardeo mediático que tenemos que asocia el sexo con la violencia.

Esther Soriano. Sí, el sentido crítico que hablábamos.

Alberto Soler. Efectivamente. Y ahí el tema de la obediencia es clave. No tienen que ser obedientes, tienen que ser críticas y críticos. Intenta leer su expresión facial, su mirada, sus gestos. Hazle preguntas abiertas: “¿Tú qué piensas de esto? ¿Tú por qué crees que esto se produce? ¿Tú qué has visto? ¿Qué te han contado?”. E intenta que ella tenga producción verbal o no verbal para tú seguirle el paso. Insisto, siempre estate un pasito por detrás. Identifica cuál es la necesidad que ella tiene y responde a esa necesidad.

Esther Soriano. Muy bien. Gracias.