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“Pararse a pensar te puede salvar”

Mauro Bonazzi

“Pararse a pensar te puede salvar”

Mauro Bonazzi

Filósofo y profesor


Creando oportunidades

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Encara el mundo actual a través de los ojos de los griegos. Convencido de que las preocupaciones humanas siguen siendo las mismas, el filósofo Mauro Bonazzi se retrotrae al pensamiento de hace más de dos milenios para explorar cuestiones como la felicidad, el alma, la justicia o la resistencia al poder. “Entender el pasado, entender de dónde venimos, también significa entender adónde queremos llegar, entender la trayectoria”, asegura.

Mauro Bonazzi estudió Lenguas Clásicas y Filosofía en la Universidad de Milán. Ha trabajado como profesor e investigador en diversas universidades europeas: Leiden, Cambridge o Milán, entre otras. Actualmente ocupa la Cátedra de Historia de la Filosofía Antigua y Medieval en la Universidad de Utrecht. A este experto en Platón y pensamiento político griego, le interesa también “el uso y el abuso” del pensamiento griego antiguo en la filosofía moderna.

En su último ensayo, ‘Sabiduría antigua para tiempos modernos’, reconoce que muchos de los problemas actuales ya se plantearon en la Grecia antigua. Un estudio lleno de nuevos interrogantes en los que intercala a Woody Allen y Star Wars con Platón o los sofistas. Bonazzi, interpela al lector para hacerlo partícipe de la comprensión del mundo, que es donde radica, dice, la auténtica felicidad. “La felicidad no es la del millonario que monta una fiesta llena de famosos, sino la de Einstein en el momento de entender la ley de la relatividad, la ley que sostiene el universo”, concluye.


Transcripción

00:17
Mauro Bonazzi . Gracias. Hola, me llamo Mauro Bonazzi y soy profesor de Historia de la Filosofía Antigua. Primero lo fui en Milán, luego en varias universidades francesas, y ahora enseño en Utrecht, en los Países Bajos. ¿Por qué estudié Filosofía? No lo sé. Cuando iba al instituto, como vosotros, el profesor me dijo: «Mauro, eres muy listo, pero de filosofía no entiendes nada». Pero la vida da muchas vueltas y, al final, la pasión se impuso. Perseveré y aquí estoy, listo para charlar con vosotros.

00:54
Mario . Hola, Mauro. Me llamo Mario y soy alumno de Bachiller. Tú, como filósofo, ¿cuál crees que es la importancia de la filosofía griega en nuestros días?

01:02
Mauro Bonazzi . Buena pregunta. Vivimos en una época frenética, una época en continua aceleración, en la que todo cambia continuamente sin que consigamos controlar lo que pasa a nuestro alrededor. Es como ir en coche y correr cada vez más, o como jugar a un videojuego e ir cada vez más rápido. Llega un momento en el que el objetivo es, sencillamente, no estrellarse y limitarse a superar los obstáculos, sin entender realmente adónde queremos llegar ni qué queremos hacer. Entender el pasado, entender de dónde venimos, también significa en cierto modo entender adónde queremos llegar, entender la trayectoria. Por eso es tan importante conocer nuestro pasado, y por eso es tan importante el mundo antiguo, porque en el fondo venimos de ahí. Pero también hay otro problema que quiero comentar brevemente para que entendáis de verdad la importancia del mundo antiguo. A menudo hablamos del mundo antiguo, de Grecia, de los filósofos griegos, como si fueran perfectos, como si hubieran logrado todos sus objetivos y tuvieran todas las respuestas que necesitamos en la actualidad. Es una manera bastante banal y estéril de entender el mundo antiguo. Y es que recurrir a los filósofos antiguos como si fueran sabios que lo hubieran resuelto todo es empobrecerlos. Porque al final, en cierto modo, lo que nos encontramos es lo que ya conocemos: nos limitamos a confirmar nuestros prejuicios, nuestros errores y nuestras ideas. Es una forma superficial e inútil de leer a esos filósofos.

02:40

En el fondo, nadie nos obliga a entender ni a estudiar el mundo antiguo. En realidad, para mí, lo que hace que el mundo antiguo sea tan interesante, lo que hace que todavía valga la pena leer a filósofos y a escritores que vivieron hace dos milenios, o dos milenios y medio, no es que sean como nosotros, sino que son diferentes a nosotros. En cierto modo, nos plantean los problemas a los que nos tenemos que enfrentar nosotros, pero de otra manera. Porque los problemas son siempre los mismos. Desde que el mundo es mundo, los humanos nos hemos tenido que enfrentar siempre a las mismas incógnitas. ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la justicia? ¿Qué es el amor? ¿Cómo podemos convivir felices? Estos son los interrogantes. No cambian, son siempre los mismos. Pero en el mundo antiguo las preguntas y respuestas eran diferentes. Cuando leemos de verdad a autores antiguos, sin limitarnos a buscar algo que confirme nuestras ideas, nos ofrecen puntos de vista originales y diferentes, que quizá nos ayuden a entender mejor los retos a los que nos enfrentamos. Os voy a poner un ejemplo, para explicar mejor la situación. Pensad en uno de los temas clave, del que creo que hoy hablaremos mucho: el tema de la felicidad. Todo el mundo sabe lo que es la felicidad, y todo el mundo sabe que es importante. Pero ¿de verdad sabemos lo que es la felicidad? Vamos a planteárnoslo: ¿qué es la felicidad hoy en día? Si nos pusiéramos todos a reflexionar sobre qué es la felicidad, podríamos decir… Fijémonos, por ejemplo, en los anuncios. La publicidad, a menudo, nos ofrece una visión, un reflejo exacto de lo que pensamos. Y los anuncios siempre se estructuran igual, ¿no?

04:23

Aparece una persona triste e infeliz, porque le falta algo, y el anuncio sugiere qué es lo que le falta, lo que la hará feliz: un coche, un viaje, unos zapatos, un móvil nuevo… esas cosas. Y según el anuncio, en cuanto las tengas, serás feliz. Es decir, que la idea de felicidad que tenemos hoy en día está vinculada a una posesión material o a un momento. La felicidad es un momento de intensa emoción que, de alguna manera, compensa el dolor de mi existencia. Pero si un filósofo antiguo se fijara en nosotros y en los anuncios de nuestra época, se quedaría blanco. Le horrorizaría nuestra… iba a decir «estupidez», pero llamémoslo «ingenuidad». Porque vivir un momento de intensa emoción no es tan difícil. ¡Es facilísimo! ¿Quieres esos zapatos? ¿Crees que tener esos zapatos te va a hacer feliz? Pues cómpratelos, no pasa nada. Pero el problema de la felicidad no es ese, es otro. Es vivir una vida feliz. No es un problema que se solucione en un momento de disfrute. La solución es construir una vida feliz, y ese es un reto mucho más difícil. ¿Cómo se construye una vida feliz? ¿Es posible? Porque ahí entran una serie de problemas mucho más complejos. Comprar un par de zapatos es algo que se puede hacer, pero construir una vida feliz es algo que nos obliga a tener en cuenta cosas que no dependen de nosotros. Y esos son los problemas importantes, que también nos suscitan preguntas más interesantes. Porque, para entender lo que significa vivir una vida feliz, tenemos que saber qué somos de verdad y qué queremos de verdad. Ante esas preguntas tendemos a pensar: «¡Pero si sé perfectamente lo que soy y lo que quiero!». Pero la filosofía antigua dice: «Espera antes de hablar. Piénsatelo bien». Esos son algunos de los ejemplos que nos ayudan a ver que lo interesante de la filosofía es, precisamente, la distancia, la capacidad de distanciarse, de ver un problema desde un punto de vista inesperado que, de repente, hace más interesante nuestra existencia. Y por eso, por los problemas, por las preguntas, y no tanto por las respuestas, creo que todavía vale la pena interesarse por los filósofos antiguos.

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“Los filósofos antiguos pueden ayudarnos a elegir el camino correcto”

Mauro Bonazzi

06:53
Ana. Buenas, Mauro. Usted es un experto en Platón. ¿Cuáles cree que son las principales enseñanzas que nos ha dejado?

07:02
Mauro Bonazzi. Platón es, sin duda, uno de los filósofos más importantes; no solo del mundo antiguo, sino en sentido absoluto. Un pensador estadounidense dijo una vez que la filosofía, toda la filosofía, la historia de la filosofía desde el principio hasta hoy, no es más que una serie de notas al pie de los textos de Platón. Porque, en realidad, la filosofía es un eterno retorno a Platón para intentar entender lo que hizo. El problema es entender por qué Platón es tan importante. En cierto modo es sorprendente que Platón esté todavía tan de actualidad, que siga en el centro de todos los debates, que siga habiendo filósofos que crean que el deber de la filosofía es enfrentarse a un filósofo que vivió hace 2500 años. ¿Por qué seguimos hablando de Platón? Vosotros lo conocéis, lo habéis estudiado. Y es sorprendente, porque las tesis de Platón, las teorías filosóficas de Platón, parecen absurdas, sinceramente. ¿Tenemos que seguir pensando, hoy en día, que el alma es independiente del cuerpo, que el alma es inmortal, que el alma se reencarna? Gracias a la ciencia ya hemos visto que estas teorías no son relevantes. Igual que su famosa teoría de las ideas. Llevamos 2500 años intentando entender lo que quería decir Platón, y es posible que nadie lo haya entendido todavía. Por tanto, desde cierto punto de vista, Platón es un filósofo misterioso. Parece un filósofo del pasado que no tiene mucho que decir. Pero así es como se estudia a Platón en los manuales. Se coge a Platón y se recitan sus teorías: la teoría de las ideas, la teoría del alma, la teoría de los filósofos en el poder…

08:47

En realidad, con Platón habría que hacer otra cosa: habría que leer a Platón, intentar mirar a Platón. Platón está ahí, en sus textos. Y es un reto complicado, porque Platón está pero no está. Es el único autor que no está presente en sus textos en primera persona. Es un detalle que, muy a menudo, no se tiene en cuenta, pero es importantísimo. Todos los demás filósofos escriben libros para expresar su pensamiento. Platón escribió unos diálogos en los que él no aparece nunca. En todos los diálogos aparece solo una vez para decir que él no estaba, porque estaba enfermo. Es una ausencia total. ¿Dónde está Platón? ¿Dónde está Platón en sus diálogos? Está ahí, en alguna parte, pero hay que encontrarlo. Si empezamos a leer sus diálogos con atención, sin centrarnos, de nuevo, en las doctrinas y las ideas, sino en los problemas y los retos que nos plantea, Platón se vuelve interesante. Se vuelve interesante porque se convierte en una persecución, en un esfuerzo por entender. Platón está ahí, en alguna parte, y nos está esperando. Os pongo unos ejemplos. Ya sabéis que los diálogos son textos fantásticos que alternan momentos de debate muy reñido, de enfrentamiento, de argumentación, debates filosóficos tal y como nos los imaginamos, y momentos en los que Platón adopta un tono más ligero, como para darnos un descanso. Por ejemplo, cuando cuenta alguno de los mitos. En los diálogos de Platón aparecen mitos famosísimos. Aristófanes, por ejemplo, cuenta un mito precioso en ‘El banquete’. Cuenta la historia del origen de los seres humanos.

10:32

«Nosotros no éramos así», dice Aristófanes. «Éramos esferas, no éramos seres con dos brazos, dos piernas y cabeza. Éramos esferas con cuatro piernas, cuatro brazos y dos cabezas, y rodábamos rapidísimo. Luego pecamos de arrogancia porque nos creímos casi divinos, creímos que podíamos llegar a ser dioses, y los dioses nos castigaron cortándonos en dos». Y Aristófanes lo cuenta todo con mucho detalle: cómo nos cortaron en dos, cómo nos recogieron la piel sobrante en el ombligo, por eso aquí tenemos unas marcas, y cómo nos cambiaron la cabeza de sitio… lo describe todo. Y es algo que da gusto leer. Es un momento de relajación después de un debate tan complejo. Es un momento sin importancia filosófica. La filosofía viene luego. Pero de repente, el discurso cobra seriedad. De repente dice: «Tú, querido lector, que estabas leyendo con una sonrisa en la cara la historia de nuestros cómicos antepasados, que eran esferas y se desplazaban rodando. ¿Por qué te parecen tan cómicos? ¿Te crees un ser bello, acaso? Eres un ser imperfecto, recortado…» La imagen es muy bonita porque describe los músculos abdominales. Todos los jóvenes presumen de abdominales. Y Platón se pregunta por qué. «¿Por qué tiene que ser eso lo bonito? ¿Os habéis preguntado qué es la belleza? Creéis saber lo que es la belleza, pero no os lo preguntáis».

12:05

Y ese mito, más en profundidad, nos habla de otra cosa. ¿Qué nos dice? ¿Qué significa eso de que «nos cortaron»? ¿Qué nos está diciendo? Que somos seres imperfectos, que nos falta algo, que lo que de verdad distingue a los seres humanos es el deseo, porque todos buscamos una mitad perdida. El problema es qué cosa estamos buscando. Es un momento en el que Platón usa un relato gracioso. Es otro ejemplo de cómo el mundo antiguo es aún capaz de sorprendernos. Dice: «¿Por qué te ríes de esas personas? ¿Por qué te crees que la belleza la representas tú? ¿Por qué? ¿Te das cuenta de que tú estás incompleto, de que eres un animal que desea y de que, si no entiendes lo que deseas, no sabrás nunca ser feliz?». Todos somos conscientes de que nos falta algo. El amor es eso, es ese deseo de encontrar lo que nos falta, pero no sabemos lo que es. Os voy a poner otro ejemplo del reto que nos plantea Platón. Fijaos en que a lo que nos reta es a entender qué es lo que estamos buscando. «Intenta entender qué es lo que deseas, porque tú eres tu deseo, pero aún no sabes lo que deseas. Y el error que cometes es, en cierto modo, el de dejar que otras personas te digan lo que tienes que desear». Lo que comentábamos antes: el móvil, el coche… ¿Es eso lo que queremos de verdad? Os voy a poner otro ejemplo de, quizá, su diálogo más bonito, ‘La república’, una obra maestra de la filosofía griega y de la filosofía en general.

13:47

‘La república’ es un texto que ya conocéis. Es un texto extraño porque, como de costumbre, no se sabe de qué habla. Todo el mundo dice que ‘La república’ es el diálogo en el que Platón describe la ciudad ideal, en el que construye su teoría política. Y en parte, es verdad. En el diálogo, Platón habla de esas cosas. Pero la pregunta que plantea, y a la que el protagonista del diálogo debe responder, es otra. Sócrates, el protagonista del diálogo, tiene que demostrar a sus amigos, a sus interlocutores que, en cierto modo, la única manera de ser feliz… ¿Veis que los temas son siempre los mismos? Siempre volvemos a hablar de lo mismo. Para ser feliz, tienes que ser justo, y solo si eres justo serás feliz. La reacción típica al leer ese planteamiento es pensar: «¡Pues vaya un descubrimiento! Todo el mundo sabe que hay que ser justo. Todo el mundo sabe que la justicia es importante. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué interés tiene este mito?». Y entonces Platón cuenta otra historia, otro mito. Habla de un pastor que vivía en un lugar remoto, lejísimos, en Lidia, en Oriente, donde siempre pasaban cosas fabulosas. Ese pastor, un buen día, iba caminando y vio una especie de sima. Se metió en la sima y se encontró a un hombre gigante, desnudo, muerto, que solo llevaba una sortija. ¿Y qué hizo, naturalmente? Quitarle el anillo y ponérselo en el dedo. Luego fue, con el resto de los pastores, a reunirse con el rey. Se reunían con él periódicamente. Y mientras estaban allí, hablando, el pastor se dio cuenta de que, cuando giraba el engaste de la sortija hacia dentro, se volvía invisible.

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«¿Y qué hizo?», pregunta Platón. ¿Qué creéis que hizo Giges, que así se llamaba, al darse cuenta de que tenía un anillo con poderes fantásticos? «Pues lo normal», dice Platón. Mató al rey, se casó con la reina y se convirtió en el hombre más poderoso del mundo. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Y uno piensa: «Bueno, pues mejor para él, pero esto son cosas raras que pasan en Oriente, un lugar fantástico y de leyenda en el que los hombres se matan y enamoran a las princesas. ¿Qué tiene que ver con nosotros?». Pero es que a quien se le plantea la pregunta es a nosotros: «¿Y tú, querido lector, que te crees que lo sabes todo, que crees saber que la justicia y la felicidad son importantes? Si esa sortija la tuvieras tú, ¿qué harías?». Espero que ninguno de vosotros quiera matar a nadie, pero imaginaos que os dicen: «Toma, con esta sortija podrás hacer todo lo que quieras. Puedes sacar la mejor nota en clase sin estudiar, puedes comprarte un móvil último modelo, puedes quitarle la novia a tu amigo o el novio a tu amiga. Puedes hacer lo que quieras y nadie se enterará». Aunque quedar impune tampoco sería tan difícil, basta con un buen abogado. ¿Qué haríais? Esto demuestra que el problema de la justicia y la felicidad no es tan banal. Daos cuenta de que es un choque. Nosotros pensamos que, para ser felices, tenemos que ser injustos, tenemos que mirar primero por nuestros intereses, pero la justicia nos impide ser injustos. En ‘La república’, el adversario de Sócrates lo dice muy claramente: «Si eres justo es que eres tonto, porque miras por los intereses de los demás y así no serás feliz». El reto que nos plantea Platón vuelve a ser el mismo: ¿estamos seguros de que así…? La pregunta es siempre la misma, ¿no?

17:21

«¿Qué quieres realmente? ¿Crees de verdad que cumplir ese deseo te hará feliz? ¿O tenemos que plantearnos primero, de nuevo, quiénes somos para saber qué queremos?». Lo que quiere Platón es eso. Quiere que entendamos que somos ese deseo. Si os fijáis, vuelvo siempre al tema del deseo, porque esa es la idea de Platón: somos deseo, somos seres imperfectos que desean. El problema es qué deseamos. Muy a menudo tenemos una idea negativa del deseo. El deseo es una pasión que te supera, como a Giges, que roba y mata. Lo que dice Platón es que somos otra cosa, que dentro de nosotros hay un deseo de belleza, de cosas buenas. Y, si fuéramos capaces de despertarlo, podríamos ser por fin felices, pero no es fácil. Vivimos en un mundo que nos hace pensar lo contrario, que nos hace pensar que Giges tenía razón. Y por eso el pobre Sócrates tarda diez libros en convencer a su interlocutor de que la justicia es importante para la felicidad. Pero el problema vuelve a ser ese. Si nos tomamos a Platón como un reto… Yo, cuando leo a Platón, intento siempre demostrar que se equivocaba, y nunca lo consigo. Pero aprendo muchísimo, porque él siempre está ahí, esperándote: «Muy bien, ya has entendido el problema. Ahora, a ver si eres capaz de solucionarlo. Pero recuerda que la filosofía no trata únicamente de problemas teóricos, sino también de ti y de tu vida». Por eso estamos siempre ahí, dando vueltas alrededor del pobre Platón, que nos espera escondido en algún lugar. Tarde o temprano lo encontraremos.

19:06
Olivia. En ocasiones se alude a los clásicos griegos para defender los derechos humanos, pero también para justificar el racismo o el colonialismo. ¿Cómo se explica esto?

19:16
Mauro Bonazzi. Ya. Esa es una pregunta importantísima. Nos hemos dado cuenta de su importancia, sobre todo, en los últimos tiempos. Permitidme empezar de nuevo con un ejemplo concreto que demuestra lo compleja que es esta cuestión. Hay una película muy buena, rodada hace más de 80 años, en 1936. Se trata de ‘Olympia’, una crónica de las Olimpiadas de Berlín de 1936. La directora es una de las más importantes de la historia del cine, Leni Riefenstahl. Las escenas iniciales de la película, que podéis encontrar fácilmente en YouTube, los primeros minutos, son magníficas. La película empieza en Grecia. Se ven unas imágenes preciosas de estatuas y templos griegos. Y poco a poco, esas estatuas cobran vida. Se convierten en seres humanos que empiezan a correr. Van corriendo y vemos que llegan al estadio de Berlín, que es justo donde se celebran los Juegos. Y el estadio de Berlín, en 1936, no es un sitio cualquiera. Al entrar, les da la bienvenida un mar de brazos en alto y esvásticas, porque son las Olimpiadas de Hitler. La secuencia que empieza con las estatuas griegas, el Discóbolo de Mirón, la Venus de Milo… termina con un primer plano de la cara de Adolf Hitler. Es una imagen que ilustra el problema del que vamos a hablar. ¿Cuál es el mensaje de esa película, de esas imágenes?

20:45

El mensaje es, en cierta manera, que los alemanes, la Alemania nazi, es la heredera de Grecia. Y si es la heredera de Grecia, es la heredera de Europa, la salvadora de Europa. El mensaje es muy claro. Y hubo estudiosos… bueno, «estudiosos»… más bien ideólogos al servicio de Hitler que desarrollaron una teoría según la cual los alemanes serían herederos biológicos, no solo espirituales, de los griegos. Según ellos, los griegos auténticos vivían más al norte y tuvieron que irse al sur, a Grecia. Los famosos dorios de los que se habla siempre, las invasiones dorias. En Alemania, en el norte de Europa, entre el frío y las marismas insalubres no se podía vivir. Y el mensaje de la película era que por fin volvían a casa. Es la idea del hombre nuevo, el hombre nuevo griego y nazi. Es quizá el ejemplo más paradigmático de esa apropiación que siempre ha habido del mundo griego antiguo. Es el caso más llamativo. Aunque basta fijarse en lo que hizo la Italia fascista con el Imperio romano, con los romanos. Otro apunte interesante: como ya sabéis, el filósofo más importante de la Alemania nazi no es Nietzsche, como se repite una y otra vez, sino Platón. Platón propuso la teoría del filósofo-rey y los ideólogos nazis dijeron: «El filósofo-rey es Hitler. Hitler logrará por fin el Estado ideal de Platón». ¿Por qué importa esto? Porque nos demuestra que Grecia siempre ha sido tan relevante que todo el mundo ha querido apropiarse de su tradición. Si puedes presentarte como heredero de los griegos, en cierto modo eres heredero de toda la tradición que nació con Grecia.

22:29

El caso de los nazis es extremo, pero no es el único. Hay toda una tendencia a usar el mundo antiguo para legitimar las propias ideas. Lo que estamos aprendiendo ahora es que ese uso y abuso de la antigüedad es un abuso muy… ¿cómo lo diría? Es un abuso con todas las letras, porque es una mentira, una ficción. Equivale a decir que la reconstrucción de Grecia según los nazis es una recreación fiel del mundo antiguo. ¿Qué ha pasado muchas veces a lo largo de los siglos? Por eso es tan importante estudiar la historia. ¿Qué ha pasado? Que ha habido quien ha atribuido a los griegos lo que quería hacer él. El caso de los nazis es el más evidente, y por eso hablo de ellos, porque ilustran muy bien el problema. ¿Cuál es su ideología? Es la ideología de la fuerza, de la violencia, de la ley del más fuerte. ¿Y qué hicieron? Para acreditar, para justificar sus ideas, dijeron: «Esto es exactamente lo que enseñaban los griegos, y por eso hay que volver a los griegos». ¿Seguro que eso era lo que enseñaban los griegos? Eso son constructos arbitrarios, ficticios, de lo que era el mundo griego. Y la situación actual es muy compleja. La imagen que tenemos de los griegos como las raíces, como los cimientos de la tradición europea, es una imagen que se desarrolló en los siglos XIX y XX, en la época del colonialismo.

24:00

Las grandes potencias europeas, como Alemania, Inglaterra o Francia, usaron a los griegos para justificar la superioridad de Europa frente a las demás tradiciones. Para justificar la superioridad del hombre blanco, «la carga del hombre blanco», como decía Kipling, usaron a los griegos. «Somos los herederos de los griegos, que eran perfectos, y por eso hay que seguirlos». ¿Veis como es un abuso? Eso no es la Grecia auténtica. Os pongo otro ejemplo. Ya sabréis que las estatuas griegas son todas blancas. Es algo que dio pie a la idea del blanco como el color perfecto. ¡Oh, casualidad! Nosotros tenemos la piel blanca en comparación con los pueblos de África, Asia o la India. Pero las estatuas griegas eran policromadas. Era todo diferente. Lo del blanco es una invención. Lo que tenemos que hacer es seguir razonando y reflexionando sobre el pasado para evitar quedarnos con esos estereotipos del mundo antiguo, porque no dicen nada. No dicen nada de lo que eran los griegos, pero sí mucho de lo que éramos nosotros y de lo que queríamos ser: potencias coloniales, imperiales y racistas. Y ahora que el mundo está cambiando y que, en cierto modo, nos tenemos que enfrentar a otras civilizaciones y otros mundos, ahora que todo se mezcla y se confunde, lo que tenemos que hacer es averiguar si los griegos tienen algo que aportar.

25:41

Hay que averiguar si pueden ayudarnos en este choque de civilizaciones que supone la globalización. Ese es el reto, como decía antes. Ante esta pregunta tan importante, insisto: recordad que es fundamental estudiar el pasado, porque el pasado nos dice quiénes somos. A menudo es resultado de constructos arbitrarios, aunque creamos que son cosas naturales. Hay que hacerlo para saber cómo convivir con los demás seres humanos y crear valores compartidos. Ese es el reto que plantean los griegos, porque el problema era siempre el mismo. Desde el punto de vista filosófico… Esto es un poco más complicado, pero es clave. Lo que importa es encontrar un equilibrio entre nuestras ideas y unos principios universales que puedan valer para todo el mundo. Entre lo que nosotros creemos que es justo y lo que todos pensamos que es justo. Hay que encontrar ese equilibrio. Y no es fácil, pero insisto en que los filósofos antiguos son los que pueden ayudarnos a elegir el camino correcto.

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“La filosofía nos invita a pensar en algo que aún no existe”

Mauro Bonazzi

26:58
Enrique. A nosotros, en clase, nos han hablado de unos filósofos que eran los sofistas. ¿Quiénes eran y cuál era su importancia?

27:04
Mauro Bonazzi. Sí, los sofistas son los grandes enemigos de Platón. Nunca hay tenido muy buena prensa, por así decirlo, a lo largo de la historia. En la antigüedad ni siquiera se les consideraba filósofos. Aristóteles los deja muy en ridículo, los fulmina. Dice que los sofistas piensan en la apariencia. La sabiduría de los sofistas es la de la apariencia. Es la apariencia del conocimiento. No es nada. Otros los acusan de ser malos maestros y unos charlatanes que solo enseñan a engañar al prójimo, sin aportar ninguna idea digna de atención. Es un prejuicio que hace siglos que se usa contra los sofistas. Incluso hoy, en las lenguas modernas, cuando llamamos «sofista» a una persona es porque juega con la palabra para engañar a los demás. En realidad, los sofistas tienen sus ideas, y no son para nada fatuas ni insignificantes. Los sofistas parten de una intuición fundamental, que es la de cuestionar la relación entre el ser y el pensar. Pensad en los grandes filósofos presocráticos, como Parménides. La filosofía nace de la convicción de que existe una relación determinada entre nosotros y la realidad. Lo que he citado antes era un fragmento de Parménides. El ser y el pensar son lo mismo. Quiere decir que la realidad tiene un orden, un sentido, una racionalidad y nosotros, gracias a nuestra inteligencia, al «logos», como decían los griegos, entendemos ese orden. Porque existe una relación entre nosotros y la realidad y, si usamos de manera ordenada nuestra inteligencia, entenderemos el sentido de la realidad.

28:50

Los sofistas hacen una pregunta muy sencilla: «¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué tiene que existir esa relación? ¿Por qué tenemos que ser tan importantes? Y si la realidad nos fuera indiferente, si no tuviera sentido ni orden, ¿qué pasaría?». Los sofistas son los filósofos de la crisis, de una realidad que no somos capaces de entender perfectamente, en la que tenemos que aprender a movernos, una realidad ambigua, esquiva y peligrosa. No es una realidad hecha para nosotros, sino en la que tenemos que aprender a encontrar nuestro sitio. Ese es el planteamiento. Y es un planteamiento fundamental, porque daos cuenta de que cambia totalmente los términos del debate. Sobre todo porque nos muestra la importancia de algo que, hasta aquel momento, no parecía relevante, pero que es clave: la importancia de la palabra. Lo único que cuenta es la palabra, la capacidad de usar la palabra para crear un orden, para construir algo. Es una diferencia elemental. Porque para Parménides, y para todos los demás filósofos, ¿cuál es la función de la palabra? Es, simplemente, describir la realidad que el pensar ha descubierto. Tiene una función descriptiva, como la ciencia de hoy. ¿Qué hace la ciencia? Explicarnos cómo funciona la realidad, las leyes que rigen su funcionamiento.

30:24

Para los sofistas, el problema no es ese, sino aprender a construir algo. La palabra se convierte en algo mucho más importante: en la única herramienta que tenemos para construir, para crear algo. La palabra se vuelve política, porque es nuestra herramienta de convivencia. Y la peligrosa lección de los sofistas es que la palabra es algo ambiguo. La palabra, al separarse de la realidad, al convertirse sencillamente en herramienta, en expresión de lo que somos, se convierte, como decía otro gran sofista, Gorgias, en un fármaco: puede curar y también envenenar. Todo depende de cómo la uses. Podemos usarla para construir algo juntos o para destruir, para perseguir nuestros intereses en contra de los intereses de los demás. Con la palabra podemos hacerlo todo. Como dice Gorgias en el ‘Encomio de Helena’, la palabra es invisible, microscópica, aparentemente minúscula, pero lo puede todo. Quien sepa hablar puede hacer lo que quiera. El problema es lo que queramos hacer con la palabra. Es un discurso muy profundo, para nada insignificante. Los sofistas son grandes pensadores que merecen atención. El problema es, ante todo, nuestro: ¿qué seríamos sin las palabras?

31:55

Un gran filósofo contemporáneo, Ludwig Wittgenstein, dijo: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Si no tengo palabras para hablar de algo, no existe. Yo, por ejemplo, no sé mucho de plantas. Cuando voy a un bosque, solo veo árboles. Otra persona, en cambio, verá abedules, pinos… verá cosas. Sin palabras para definirlas, yo no las veo. También está el famoso ejemplo de los esquimales, que tienen muchísimas palabras para describir la nieve. Gracias a eso, ellos ven algo que yo no veo. Yo solo veo nieve. Y eso no solo vale para los árboles o para la nieve, sino para nosotros. Si no tenemos las palabras para poner orden dentro de nosotros, en nuestros deseos y emociones, ¿qué somos? Ese es el primer problema. ¿Para qué sirven las palabras? Su cometido es poner orden e intentar construir algo. Hay una anécdota que ilustra muy bien cuál es la función de la palabra según los sofistas. La protagoniza la persona que mejor supo usar la palabra: el ministro nazi de Propaganda, Joseph Goebbels. No ha habido nadie más hábil en el uso de la palabra para que la gente se creyera algo. Es el sofista por antonomasia en el sentido negativo, una persona capaz de hacerte creer lo que sea. Es una anécdota que aparece en sus diarios, cuando ya estaban en Berlín, asediados por el Ejército Rojo, escondidos en el búnker. Hicieron una reunión en la que Adolf Hitler, explicó que sí, que parecía que estaban perdiendo la guerra, pero que iban a cambiar las tornas porque los ingleses se darían cuenta de que los rusos eran peligrosos y…

33:42

Lo explicó todo de una manera muy convincente, intentando que los jerarcas nazis se creyeran que la situación iba a cambiar. Por la noche, Goebbels volvió a casa… bueno, «a casa» no, a su habitación del búnker, y escribió en su diario: «Hoy el Führer ha dado un discurso fantástico y lo ha aclarado todo». ¿Y los hechos? La palabra está para eso, para abordar los hechos, no para inventárselos. Esa es la función de la palabra. Y lo último que quiero decir, para que veáis la importancia de los sofistas, es que para ellos la palabra tiene que usarse para construir algo todos juntos, unas ideas y valores que nos unan. La diferencia es esa. Construir un mundo humano de personas unidas. Construir, con la palabra, el debate y el diálogo, unos principios que nos permitan convivir. Uno de los problemas a los que nos enfrentamos hoy es la idea de que la sociedad se está dividiendo. Como un espejo que se hubiera roto y reflejara imágenes que no son la realidad. Es tu burbuja de las redes sociales, desde la que tienes una imagen de la realidad diferente a la de otras personas. El deber del sofista, del político y de la democracia es intentar reconstruir un lenguaje común para abordar los hechos, la realidad que nos rodea. Porque al final, los hechos son los hechos, como aprendió Goebbels, a su pesar. Como nos enseñaron los sofistas, tenemos que aprender a usar la palabra para conocernos mejor a nosotros mismos e intentar construir algo. Es un tema muy actual.

35:28
Miguel . Hola, Mauro. Soy Miguel. Antes has mencionado la felicidad. Quería preguntarte de qué habláis los filósofos cuando habláis de ella.

35:34
Mauro Bonazzi. Es uno de los temas fundamentales de la filosofía. Uno de los pensadores más importantes, un poeta y político ateniense que se llamaba Solón, después de haber gobernado Atenas y haber implementado leyes muy importantes, decidió irse a ver mundo. Se fue a conocer el Mediterráneo. Se le describe como filósofo, como alguien «que quiere conocer». Y bueno, llega a Lidia, en la costa oriental del Mediterráneo. Allí conoce al hombre más rico y poderoso del mundo, que se llamaba Creso. Creso se lo enseñó todo, todas sus tierras y riquezas. Y luego le preguntó: «¿Quién es el hombre más feliz del mundo?». Y Solón le contestó hablándole de una serie de personajes desconocidos. Como Telo de Atenas, que había llevado una vida totalmente discreta y había muerto en paz rodeado de los suyos. O como Cleobis y Bitón, que murieron al intentar ayudar a su madre a llegar al templo a tiempo. Y Creso se enfada: «¿Qué dices? ¡El hombre más feliz soy yo! Soy el más rico y poderoso y, por tanto, el más feliz». Y Solón le hace un cálculo, no sé cuál exactamente, pero acaba diciéndole: «Los hombres vivimos entre 60 y 70 años. Cada año tiene 365 días, y cada día trae algo nuevo. No puedes saber si serás feliz, porque igual mañana te pasa algo que te cambia la vida para siempre».

37:09

Y eso es precisamente lo que le pasa a Creso. El hombre más poderoso del mundo, al final, comete un error: les declara la guerra a los persas y lo pierde todo, pierde su imperio y lo queman vivo. Que es cuando empieza a gritar en la hoguera: «¡Solón, Solón, tenías razón tú!». Y entonces Ciro, el emperador persa, lo salva para preguntarle por qué dice eso. Este relato ilustra la idea tradicional de felicidad que tenían los griegos. La idea es que la felicidad, o más bien vivir una vida feliz, como decíamos antes, es algo que no depende de ti, sino de las circunstancias que te afecten. Tienes que aprender a adaptarte, a ser flexible, porque vives en un mundo precario. Nunca podrás lograr todos tus objetivos, así que aprende mejor a navegar por esta época incierta. Parece una idea muy actual, porque hoy nos la repiten cada día: hay que ser flexible y hay que aceptar los retos de la precariedad. Un gran poeta italiano, Eugenio Montale, lo definió en un poema precioso: «Felicidad lograda, por ti caminamos como por el filo de la navaja. Bajo los pies eres hielo que se agrieta. Que no te toque, pues, quien más te ama». La felicidad es algo tan valioso que no depende de nosotros. Lo único que podemos hacer es aprender a adaptarnos a la incertidumbre de nuestros tiempos.

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La filosofía, la de Aristóteles, por ejemplo, nace de la convicción de que ese razonamiento es totalmente erróneo y de que hay que hacer lo contrario: hay que ser un poco obstinado, hay que confiar en uno mismo para enfrentarse a los desafíos de la vida sin doblegarse demasiado. Hay que aprender a ser flexible, sí, pero no ceder continuamente. ¿Qué pasa si nos adaptamos constantemente a la realidad que nos rodea? Pasa que nos perdemos. ¿Qué somos? Somos nuestros proyectos, nuestros deseos y nuestras ambiciones. Si renunciamos a eso para adaptarnos a lo que nos rodea, acabaremos renunciando a nosotros mismos. ¿Cómo vamos a vivir felices renunciando a nosotros mismos, a la posibilidad, al intento de construir lo que queremos construir? No es una garantía; es una posibilidad. El riesgo de fracasar está siempre a la vuelta de la esquina. Aristóteles hace una distinción muy interesante. Él diferencia entre las personas felices, las infelices y las «no felices». Parece una distinción un poco abstracta, pero es importante. Los infelices son los que han renunciado al desafío de vivir, a sus proyectos, a sus ambiciones, a sí mismos.

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En cierto modo, se han condenado a una vida infeliz. ¿Y quiénes son los «no felices»? Los que lo han intentado. Y a lo mejor no lo han conseguido porque no siempre se consigue. Aristóteles pone como ejemplo un caso del que todos los filósofos hablan: el de Príamo, rey de Troya. Un hombre generoso, un padre querido por sus hijos, por los cincuenta que tenía, un soberano respetado por sus súbditos, con una mujer que lo amaba… y un día llegaron los griegos y lo destruyeron todo. ¿Fue un infeliz? Bueno, fue un «no feliz». Feliz no fue, eso seguro, pero tampoco infeliz. Intentó vivir y construir. Aunque no lo consiguiera. Y aparte de a los que comparten circunstancias con Príamo, que por suerte no son muchos, el mensaje que se nos da es clave: hay que demostrar un poco de resistencia y de obstinación al perseguir los propios objetivos y deseos. Si renunciamos a eso, renunciamos a todo. Si lo hacemos, ¿qué vale nuestra existencia? Eso es lo que se plantea la filosofía. La filosofía antigua la describiría así: si eres un filósofo de la antigüedad, piensas que de alguna manera es posible construir una vida feliz. Si no lo piensas, es que la filosofía no te interesa. Mejor que sigas a Solón. Entre Solón y Aristóteles no sé quién tenía la razón, pero esa idea de los filósofos, la de que es necesario luchar por los propios objetivos y deseos, es algo sobre lo que hay que reflexionar.

42:03
Mario. Buenas, Mauro. Me llamo Mario y me gustaría preguntarte por la concepción de la justicia que tenían los clásicos. ¿Cómo ha ayudado a formar la sociedad moderna?

42:17
Mauro Bonazzi. La justicia es uno de los grandes temas que abordaron los griegos, sobre todo porque, tras el desarrollo de la democracia, la cuestión de la política, de aprender a convivir, se convirtió en algo importantísimo para los griegos. Y la justicia también. Todos los grandes escritores, pensadores y filósofos abordaron el tema de la justicia. Antes hablábamos de Platón, pero es que no hay filósofo o escritor que no tratara esta materia. Quizá el texto más interesante para hablar de la justicia es un pequeño diálogo que no aparece en la obra de un filósofo, sino de un historiador. Aunque en realidad era un gran pensador así que, en cierto modo, también era filósofo. Hablo de Tucídides, autor de la crónica de la guerra del Peloponeso, que enfrentó a Esparta y Atenas entre el 430 y el 404 a. C. y que acabó con la caída de la democracia ateniense. A Tucídides se le ocurrió una idea brillante. Está hablando de las diferentes operaciones militares de la guerra. Lo que él hace, ante todo, es contar los hechos, porque es historiador, pero también es pensador, político y filósofo. Y en un momento dado cuenta un episodio bastante trivial dentro de la guerra. Atenas, la gran potencia imperial y marítima que controla todo el Mediterráneo, decide que también tiene que controlar una islita secundaria, la isla de Milo.

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Es un hecho irrelevante: la mayor potencia naval de la antigüedad decide ocupar una islita sin importancia. Militarmente, tampoco tiene interés. Pero a Tucídides se le ocurre algo. No se limita a contar los hechos, sino que se imagina un diálogo. Los atenienses llegan a Milo y dicen: «Mirad, no tiene sentido que combatamos porque os destrozaríamos. Os proponemos un diálogo con el que os convenceremos de que es mejor que os rindáis antes de enfrentaros a nosotros». Y los melios aceptan porque esperan disuadirlos. Y empieza un diálogo que es uno de los pasajes filosóficos más interesantes de la antigüedad, un diálogo sobre la justicia y el poder. Los atenienses se convierten en profesores que quieren explicarles la situación a los melios, que no entienden nada, que son niños ingenuos que aún no saben cómo funciona el mundo. Porque el mundo funciona así. «En este mundo, lo que vale», dicen los atenienses, «es el poder, el interés y la fuerza». Solo importa la relación entre el interés y la fuerza. El mundo de los humanos funciona así. Esa es la justicia real. La otra justicia son palabras que se usan para ocultar las relaciones de poder, que son fruto de una ecuación matemática entre tu interés y tu fuerza. Todos tienen un interés legítimo. A Milo le interesa seguir siendo independiente, y a Atenas le interesa conquistar la isla. Y lo que importa no es el interés, sino el poder y la relación entre el interés y la fuerza. Milo quiere ser independiente, pero no tiene la fuerza para ello. Atenas, quiere ocupar Milo y sí tiene la fuerza para hacerlo.

45:47

Lo que los atenienses les quieren explicar a los melios es que, con un sencillo cálculo, entenderán que es mejor la rendición que la exterminación. Es una lección de lo que siglos más tarde se llamaría realismo político. No hay que fijarse en principios ideales y en valores abstractos como la justicia. La justicia, como dice otro sofista en ‘La república’, es la herramienta del más fuerte que se impone al más débil. Ten en cuenta el interés y la fuerza, porque el mundo de los humanos es así. Los atenienses lo dejan muy claro, ¿no? Y es una lección muy actual porque dice que, en cierto modo, el mundo de los humanos se puede controlar matemáticamente. Es una idea hoy presente en otros términos. Pensad en la importancia de la economía respecto a la política en los debates contemporáneos. La idea es que es algo que se puede medir. Los melios tienen que aprender esa lección. No es una lección agradable, y no es teórica. Nosotros sabemos cómo acaba: es un hecho histórico, una tragedia, no dejan ni a un melio vivo. Pero los melios dicen que no. «No, no nos vamos a rendir. Vamos a combatir». ¿Qué sentido filosófico tiene esto? La resistencia de los melios no es solo militar. En cierto modo es, sobre todo, una resistencia intelectual.

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Aquello a lo que los melios se oponen no es… Los melios sabían perfectamente que los atenienses, con toda probabilidad, ganarían la batalla, y que las consecuencias serían catastróficas. Pero lo que los melios rechazan es la idea de que seamos bestias que solo piensan en el poder, la fuerza y el interés. Se niegan a creer que seamos solo eso. «Podemos ser otra cosa», dicen. «Deseo de libertad, de solidaridad. Y por eso no nos rendimos, porque no aceptamos esa idea». Y a lo largo de la historia, la tentación de ceder a esa lección de realismo, de aceptarla como una descripción de la realidad, como si los hombres fueran solo interés y fuerza… la tentación es recurrente. Pero no siempre es así. Porque es cierto que a los melios no fue a socorrerlos nadie, y acabaron prácticamente exterminados. Pero otras veces no es así. Antes hablábamos del nazismo, que fue otra versión de esta historia. Había que ceder contra la fuerza y el poder, y aquí estamos. Somos parte de esa historia, de esa resistencia, de quien se opuso a la idea del ser humano como violencia y fuerza. Y de ahí nació Europa, de las cenizas de quien se sacrificó y supo resistir, militar e intelectualmente, a esa idea del ser humano. Así se fundó Europa.

48:58

Como veis, aquellos debates sobre la justicia nos ayudan a entender, todavía hoy, algo primordial: que la justicia es más importante de lo que se cree, y que hay que aprender a diferenciar entre la fuerza y el poder. De la fuerza ya hemos hablado. El poder es la posibilidad de hacer las cosas juntos. Esos son los fundamentos, la auténtica realidad del ser humano, que es un ser complejo. No somos solo animales violentos; algunos queremos la paz y el bien. Me parece una de las enseñanzas más actuales y motivadoras que nos transmitieron los griegos, porque nos anima a ver de otra manera las relaciones internacionales.

49:43
Cayetana. Hola, Mauro. Me llamo Cayetana y soy profesora de Filosofía en el Colegio Montserrat FUHEM de Madrid. En tu libro ‘Sabiduría antigua para tiempos modernos’ dices que vivimos en tiempos originales e interesantes, pero también dices que eso es una forma de defendernos de la insignificancia. ¿Qué quieres decir con esto?

50:10
Mauro Bonazzi . Hay una palabra en griego que se ha transmitido a las lenguas modernas. Al italiano, por ejemplo, y creo que también al español: «efímero», que viene del griego «efémeros», que significa «que dura un día». Cuando usamos la palabra «efímero», lo hacemos pensando en cosas… que duran poco, que no tienen mucha importancia, aunque sean bonitas. Por ejemplo, una mariposa es efímera. Es bonita pero, como dirían los griegos, literalmente, dura un día. La pregunta es: ¿qué supone la existencia de esa mariposa para la historia del universo? Esa mariposa ayer no existía, hoy sí, mañana no existirá. ¿Y qué ha cambiado? Nada en absoluto. Cuando los griegos usaban la palabra «efémeros», no hablaban de las mariposas, sino de nosotros. Somos los seres efímeros por antonomasia. ¿Qué nos diferencia de la mariposa, aparte de vivir un poco más de tiempo, quizá? No existíamos. Existimos. No existiremos. ¿Qué sentido tiene la existencia humana? La misma imagen aparece, no con mariposas, sino con las hojas de los árboles, en un canto muy bonito de la ‘Ilíada’ de Homero. Dos héroes están a punto de enfrentarse y uno le dice al otro: «Dime cómo te llamas, para saber a quién voy a matar y así añadirte a mi lista de triunfos».

51:44

Y el otro le contesta: «¿Para qué lo quieres saber? Somos como las hojas de los árboles. Hoy están aquí y mañana no. No valen nada». Pero si seguís leyendo el canto, que es precioso, le acaba diciendo: «Mira, ya que me lo preguntas, te lo voy a decir». Y empieza a hablarle de su abuelo, de su tío, de su primo… se pasa versos y versos contándole las peripecias de su familia. Y al final dice: «Esto es lo que somos. Esto es lo que soy. Soy una persona que no ha cedido a la insignificancia, que ha querido demostrar que nuestra vida tiene valor». Eso es lo que nos plantean los héroes homéricos y el pensamiento griego. Intentan demostrar que no somos hojas, ni mariposas, que nuestra vida tiene un valor, un sentido, y que lo tenemos que buscar. El héroe homérico es el primero de esos modelos, pero el filósofo es lo mismo: es un intento de transmitir que nuestra vida ha de tener un sentido, o que tenemos que demostrarlo. En Grecia, todo esto gira en torno al tema de la muerte. El problema no es morir. Todos sabemos que vamos a morir. El problema es que la muerte parece quitarle valor a nuestra existencia. Lo que intentan los griegos, de diferentes maneras, es siempre lo mismo: demostrar que nuestra vida ha de tener un valor, y esa es la idea más importante. Volvamos al tema de la felicidad. Una vida feliz es aquella en la que he satisfecho mis deseos, pasiones y talentos, en la que he dejado huella, en cierto modo. He construido algo, he demostrado que mi vida no era insignificante. Esa es la auténtica felicidad. No tener una casa enorme, montar fiestas o irte de vacaciones al hotel más exclusivo de las Maldivas. No, la felicidad es esa capacidad de darle un sentido a lo que hacemos. Eso es lo que nos plantea la filosofía, y el gran reto es cómo darle un sentido a nuestra vida. El héroe homérico es una posibilidad. Es la vida activa, la vida en la que uno intenta demostrar su valor actuando. La del filósofo es la vida del conocimiento, la de intentar entender las cosas. Son preguntas que no tienen respuesta. Las posibilidades son muchas. ¿La auténtica felicidad es el conocimiento? De eso quizá hablaremos después. ¿O es actuar, es construir? Hay que elegir. Pero al menos uno empieza a ver que las cosas son menos simples, más complicadas, y por eso más bonitas de lo que creemos. Al final, el desafío es buscarle un sentido a nuestra existencia.

54:28
María. Hola, Mauro. Soy María, estudiante de Filosofía. Como joven, puedo afirmar que tenemos incertidumbre hacia el futuro y lo afrontamos de forma negativa. ¿Cómo crees que la filosofía nos puede ayudar a afrontarlo más positivamente?

54:42
Mauro Bonazzi. Buena pregunta. Tendríamos que plantearnos si hay que ser optimistas en todos los sentidos y a toda costa, o si quizá es necesario aceptar una cierta dosis de pesimismo para reconocer que las cosas no están yendo como deberían en muchos aspectos. Pensad en la pobreza y en las injusticias sociales. Está bien no estar conforme, no aceptarlo ni ser positivo, porque mucho de lo que nos rodea es negativo. Es un primer aspecto fundamental. Hay que encontrar un equilibrio entre realidad y valor, hay que aprender a ver la realidad como es, a reconocer que las cosas van mal y que es correcto luchar para intentar cambiarlas. Es un problema clave para vosotros, y para nosotros, ahora que vivimos en una época incierta y precaria, en la que parece que caminamos, como decía Montale, por un terreno delicado en el que es fácil caerse. ¿Qué puede hacer la filosofía al respecto? Pues poca cosa, la verdad, pero sí nos puede enseñar a pensar. Y en el fondo, es lo único que podemos hacer. Pensemos en Platón, o en Sócrates. Sócrates admite que no sabe nada, y por eso es el mejor filósofo. Porque lo que hace no es decirnos, decirles a sus discípulos lo que tienen que pensar o creer. Lo que hace Sócrates es enseñarles, como todo buen profesor, a pensar, no qué pensar.

56:29

Eso es lo que busca la filosofía, lo que buscaban Platón o Sócrates: no decirte qué creer, qué pensar que es correcto, sino ayudarte a aprender a usar el pensamiento, a razonar. Porque no es fácil. Hay que tener paciencia, hace falta determinación. Por eso la filosofía es tan importante. ¿Qué es la filosofía? Una forma de confianza en la inteligencia de las personas. Hay una cita de un gran escritor italiano, Leonardo Sciascia, que dice: «Yo creo en la razón». Cree en todo lo que viene de la razón. No puede hacer otra cosa. También lo dice un gran filósofo político italiano, Antonio Gramsci: «El pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad». Lo único que puedo hacer es seguir cultivando la inteligencia y el pensamiento, con la esperanza de que ese pensamiento florezca. Pero confiando en los demás. Me parece el aspecto más importante de la auténtica filosofía, y es algo que he vivido muchas veces en primera persona hablando con estudiantes como vosotros. Todo el mundo dice que los jóvenes están preocupados, que no son como los de antes. No, y menos mal, porque fijaos cómo dejaron el mundo los jóvenes del pasado. Pero en los jóvenes veo la capacidad de pensar en cosas nuevas, diferentes. La filosofía no tiene nada que enseñar, en realidad, pero sí os puede ayudar a entender que la realidad es compleja, que hay que ir más allá de la primera respuesta, de la primera idea. Hay que abordar los problemas desde todos los puntos de vista para calibrar su complejidad.

58:18

Y hay que intentar averiguar cómo mejorar la situación. Creo que, en ese sentido, el entusiasmo, la pasión, la capacidad de… Cuando uno se da cuenta de cómo están las cosas, el reto de la vida se vuelve interesante. No es algo que debamos temer, sino algo que nos espera para encontrar nuevas soluciones. Hace un momento hablaba de Wittgenstein, un filósofo inglés… bueno, austríaco, pero vivió en Inglaterra. Wittgenstein dijo algo muy bonito. Cuando pensamos en el futuro, lo hacemos como si fuera en línea recta. Vemos el tiempo como una línea recta que va hacia el futuro. Pensamos que el futuro será como hoy. Wittgenstein, en cambio, dice que el futuro va en zigzag, que siempre es diferente de como nos lo imaginamos. En los últimos dos o tres años nos hemos dado cuenta. ¿Os acordáis del mundo de hace tres años, antes de la pandemia? El futuro nunca es como lo imaginamos. Es algo que hemos aprendido a entender. La filosofía nos invita a pensar en algo que aún no existe. La realidad no está inevitablemente destinada a ser igual. La podemos cambiar. Pensad en la historia humana y veréis la cantidad de veces que hemos sabido cambiar las cosas a mejor, hacia una mayor libertad, una mayor democracia. Vivimos en un mundo emocionante, interesante, aunque peligroso. Yo creo que, si todos intentamos cultivar la inteligencia, poco a poco florecerá algo.

1:00:05
Diego. Hola, Mauro. Soy Diego Hernández. Nos han estado comentando cómo se relacionan la ‘Odisea’ y la ‘Ilíada’ con ‘Star Wars’. ¿Qué nos podrías comentar sobre esto?

1:00:18
Mauro Bonazzi. Hablamos de comparar un mito, una epopeya de nuestro tiempo como son las películas de ‘Star Wars’, con la ‘Ilíada’, un texto de la antigüedad griega. Parecen similares, con grandes batallas y guerras pero, si nos fijamos, la situación es un poco diferente. En ‘Star Wars’ se ve el mundo de una manera muy clara: hay buenos y malos, blancos y negros, Luke Skywalker y la Estrella de la Muerte. Y hay que encontrar la fuerza, la fuerza pura que nos permita derrotar al mal oscuro para que triunfe la luz. Es una imagen muy sencilla, muy simplificada de la existencia humana. Siempre existe la tentación de dividir el mundo entre buenos y malos. En cambio, si nos fijamos en lo que pasa en la ‘Ilíada’, vemos un mundo mucho más complicado. Por ejemplo, en la ‘Ilíada’ no hay buenos ni malos. ¿Quiénes son los buenos y los malos? Homero va con los dos bandos. Cuando habla de los troyanos, los anima. Anima a todo el mundo porque, en el fondo, todos tienen razón y todos se equivocan. Esa es la primera lección importante. Nosotros tenemos esta idea mística de la fuerza pura que nos permitirá derrotar a las fuerzas oscuras del mal. Homero nos plantea una situación diferente: que la fuerza, al fin y al cabo, es un espejismo. La fuerza es algo que nadie tiene realmente y que será la perdición de todos.

1:01:54

¿Qué cuenta la ‘Ilíada’? No narra la historia de la guerra de Troya, que duró 10 años, lo del caballo… La ‘Ilíada’ narra un periodo muy breve de esos 10 años. Narra 50 días, 50 días de la guerra. Empieza con la discusión entre Agamenón y Aquiles, y acaba con el retorno de Aquiles al campo de batalla. Y la historia de la ‘Ilíada’ es la de siempre, la de los seres humanos que, en un momento determinado, creen erróneamente tener la fuerza para solucionar un problema y salir ganando, y lo pagan carísimo. Agamenón discute con Aquiles y cree que podrá imponer su voluntad. Luego verá que el ejército que lidera está destinado a perder. Aquiles también cree ser el más fuerte y acabará llevando a la muerte a su amigo Patroclo. O el propio Patroclo y Héctor que, en el entusiasmo de la batalla, se creen capaces de ganar la guerra con su fuerza, y acaban los dos muertos. La fuerza es siempre un espejismo. Es algo que crees poseer, pero que te posee a ti. Sobre la ‘Ilíada’ hay un texto estupendo escrito por una filósofa francesa, Simone Weil, en los años 40. Escribió un ensayo precioso que se llama ‘La Ilíada o el poema de la fuerza’. Porque la fuerza está presente en toda la ‘Ilíada’, pero es eso, una ilusión. Weil lo escribe en un momento trágico de la historia europea. Ella era filósofa, francesa y judía, y huyó de París cuando el ejército nazi invadió Francia. Va a Marsella, donde cogerá un barco a los Estados Unidos. Y por el camino lee la ‘Ilíada’, porque ahí está todo.

1:03:39

Y lo primero que aprende es que la fuerza es una ilusión, que la historia de la humanidad es ese espejismo, ese intento recurrente de solucionar los problemas con la fuerza, que lleva siempre a la derrota. Es la eterna historia de Agamenón, Patroclo y Héctor. Fijaos en la política y en la cantidad de veces que se ha creído en ese espejismo, que alguien se ha creído con fuerza suficiente como para imponer su voluntad. Es la primera lección que nos da. Nos muestra un mundo, insisto, menos simple, mucho más complejo, en comparación con el mundo en el que los buenos encontrarán en su interior la fuerza de la luz y ganarán a la oscuridad. Porque la realidad no es así. El problema de verdad es cómo oponerse. Porque sí, sabemos que la fuerza es una ilusión, pero ¿cómo construir un mundo justo, un acuerdo, un diálogo que evite que caigamos en la violencia, en la guerra y en la muerte? Eso es lo difícil: encontrar el equilibrio entre la tentación de ceder al espejismo de la fuerza y aprender a ponernos de acuerdo. Es un primer punto fundamental, pero hay otro muy interesante. Pensemos en el gran protagonista de la ‘Ilíada’, que es Aquiles, el gran héroe. La historia que nos cuenta Aquiles es mucho más interesante, humana y auténtica que la que nos cuentan las películas actuales, en las que siempre ganan los buenos. ¿Quién es Aquiles? El héroe por excelencia, joven, guapo, fuerte, destinado a conquistar la gloria, demostrar su valor y volverse inmortal.

1:05:24

Aquiles es el que elige morir joven en el campo de batalla para conquistar una gloria eterna. Cree poder derrotar a la muerte conquistando, precisamente, la inmortalidad, como decíamos hace un rato. Y efectivamente, esa es la historia de Aquiles en la primera parte del poema. Aquiles, el héroe, que representa el ideal homérico: un hombre que, como decíamos antes con el ejemplo de las hojas, se cree capaz de conquistar, con su valor y con sus actos, la inmortalidad, la gloria que lo hará eterno. Pero en un momento dado de la ‘Ilíada’ pasa una cosa: que Patroclo, su amigo, la única persona que le quedaba, muere. Patroclo toma las armas y va a luchar en lugar de Aquiles. Se cree capaz de ganar la batalla él solo, se mete en el combate y lo acaban matando. En ese momento, Aquiles cae en el nihilismo apocalíptico. Se da cuenta de que esa ilusión que mueve a los seres humanos, esa esperanza de derrotar a la muerte y conquistar la gloria, es un espejismo. La muerte gana siempre, la realidad no tiene sentido, la vida no vale nada tras perder a su amigo. Y así, la segunda parte del poema, que es la mejor, se convierte en una especie de delirio. Aquiles decide que, como Patroclo ha muerto y la vida no tiene sentido, todo debe morir. Así que vuelve a la batalla, pero ya no como el héroe de antes que quería conquistar la gloria, sino como una furia destructora, un ángel exterminador. Le cambian hasta los epítetos.

1:07:09

La segunda parte del poema es una carnicería. Llega un momento en el que Aquiles combate incluso contra un río. Hasta el río dice: «¡Dejad de tirarme cadáveres, me habéis teñido de sangre!». Pero Aquiles se lo explica a todo el mundo: «La vida no tiene sentido; tenéis que morir». Ese es el sentido de la existencia: ninguno. Y ese hilo argumental culmina en un delirio aún peor: el famoso combate entre Aquiles y Héctor. Homero lo describe como la escena típica de un sueño, con Héctor corriendo alrededor de las murallas de Troya, y Aquiles persiguiéndolo hasta atraparlo y matarlo, porque sigue sin entender el sentido de la existencia humana. Y la cosa no acaba ahí: Aquiles martiriza su cadáver por haber asesinado a Patroclo. Cada mañana se levanta, lo ata al carro, lo arrastra… porque no le ve sentido a la existencia humana. Pero la ‘Ilíada’ no acaba ahí, como se dice siempre, sino con otro «sueño». De repente, al final, entra en la tienda de Aquiles el rey de Troya, Príamo. ¿Cómo ha llegado hasta allí? No se entiende muy bien. ¿Cómo va a salir el rey de la ciudad asediada, ir al campamento de los griegos y entrar en la tienda de Aquiles? Pero bueno, allí aparece Príamo. E inician un diálogo de una profundidad increíble. El padre del hijo asesinado habla con el asesino y le ruega: «Por favor, entrégame el cadáver». Aquiles ve en Príamo al padre que no volverá a ver. Aquello se convierte en un diálogo eterno entre padre e hijo frente al dolor, el sufrimiento y la miseria.

1:09:59

En ese momento, Aquiles se da cuenta de que no somos omnipotentes, que la gloria inmortal es algo que nunca conquistaremos, porque somos humanos, mortales, frágiles. Pero juntos podemos llegar a una solidaridad, a una amistad que nos permita construir algo juntos. Hay que entenderlo. El padre del hijo asesinado le pide al asesino que le entregue el cuerpo. ¿Por qué importa tanto? ¿Por qué le pide que le entregue el cadáver? Para hacer un funeral y darle un orden humano al hecho biológico de la muerte. Aquiles, entonces, acepta, porque entiende por fin que el ser humano es fragilidad y debilidad, pero también solidaridad. Ese es el mensaje profundo de la ‘Ilíada’, y es un mensaje muy realista, porque Aquiles no le dice: «Ya somos amigos». Le dice: «Te doy doce días de tregua para que puedas enterrar a tu hijo dignamente». Para poner orden humano en la realidad de esa pérdida. Luego la guerra continuará, porque es la realidad humana. Con eso nos deja Homero. Somos eso, esa solidaridad y esa voluntad de destrucción. Es inútil creer que algún día seremos buenos, pero si recordamos que también podemos ser de otra manera, quizá consigamos algo. Es exactamente lo que decía Simone Weil. Al final, lo que cuenta no es la fuerza, sino la capacidad de convivir. Quién sabe si tendría razón. Esperemos que sí.

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“El deseo de entender, de conocer, nuestra capacidad de comprender… es la auténtica felicidad”

Mauro Bonazzi

1:10:42
Carlos. Hola, Mauro. Soy Carlos Yepes. Estoy estudiando primero de Bachillerato en el Montserrat y me encanta la filosofía. En clase nos han hablado de un montón de filósofos, pero ¿me podrías decir cuáles son, para ti, los más importantes o los que los jóvenes deberíamos leer más, y por qué? Gracias.

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Mauro Bonazzi. Es difícil elegir porque sí, son todos importantes, pero quizá, aparte de los grandes filósofos, como Platón, Kant, Nietzsche o Heidegger, podríamos darles un poco de importancia a algunos filósofos a los que, normalmente, no se les presta la atención que merecerían. Me refiero a los escépticos, una corriente de pensamiento muy importante de la antigüedad que también tuvo su relevancia en la época moderna. ¿Qué importancia tienen? En cierto modo, nos ayudan a movernos por un mundo que es el nuestro. Estamos acostumbrados a pensar en términos de oposición entre el conocimiento y la ignorancia, pero nadie tiene el conocimiento absoluto, nadie lo sabe todo. Vivimos en un mundo de hipótesis y opiniones en el que tenemos que saber movernos. A menudo, lo que pasa en el debate público actual es que se menosprecia el conocimiento y casi se valora la ignorancia. ¿Por qué lo digo? Se suele partir de la idea de que hay autoridades, el médico, por ejemplo, que lo saben todo. Dentro de su campo, claro. El médico lo sabe todo de la medicina. Y luego nos damos cuenta de que el médico no lo sabe todo, de que no nos puede garantizar al 100 % que las cosas saldrán como él dice. El médico que aconseja un tratamiento a un paciente no puede garantizarle al 100 % que funcionará. ¿Y qué pasa? Que muchas veces uno piensa: «Entonces, es mentira. El médico no tiene todo el conocimiento; por lo tanto, el médico es un ignorante».

1:12:45

Se razona en términos de oposición: si no lo sabe todo, es que es un ignorante. Y si el médico es un ignorante y no tiene un conocimiento absoluto que me garantice un resultado, ¿por qué no voy a hacerle caso a otra persona? No sé, al curandero que sale en la tele y que me promete una cura milagrosa y garantizada contra el cáncer. ¿Por qué no, si es una opinión como la del médico? ¿Por qué no hacerle caso a otro que me garantiza un resultado mejor? Muy a menudo, en el debate público, conocimiento e ignorancia son dos términos que no se llegan a entender. Por eso importa tanto el escepticismo, porque nos enseña a razonar las opiniones y las hipótesis. Tenemos que aprender que, en un mundo complejo como el nuestro, el conocimiento perfecto no existe. Eso solo lo tienen los dioses. Nosotros no somos dioses. No lo sabemos todo. Vivimos en un mundo vulnerable al error y al fracaso. Pero tenemos que aprender a movernos en este mundo de hipótesis y opiniones, que es el del escepticismo. Tenemos que aprender a diferenciar. Hay opiniones y opiniones. Algunas están fundamentadas en la investigación y la experiencia. Se pueden argumentar: «Tienes que hacer tal cosa por tal motivo». Por ejemplo, un médico: «No estoy seguro de que este tratamiento vaya a curarte la enfermedad, pero hay detrás una investigación, unos debates y unos estudios». Y por otro lado están las opiniones que solo se basan en la supuesta autoridad de quien las proclama. «Sigue esta terapia milagrosa, porque mi primo se curó». Si os fijáis en los debates que se dan en el mundo actual, son los mismos. Hay que aprender a separar el grano de la paja, a distinguir, a juzgar opiniones diferentes. ¿Quién promete el conocimiento absoluto? Un charlatán, alguien que quiere engañaros. Tampoco podemos llegar a la conclusión de que nadie sabe nada y que cada uno haga lo que quiera. No. Es un ejercicio laborioso. Hay que poner orden en las opiniones para saber cuáles son fundadas y nos pueden ayudar a avanzar. Eso es lo que nos enseñaron los escépticos. El escepticismo no es negar el conocimiento. Es la exigencia de avanzar en su búsqueda, que es justo lo que caracteriza a los seres humanos. Por eso, aunque nunca se estudien, yo les prestaría un poco de atención.

1:15:37
Iuliana. Hola, Mauro. Me llamo Iuliana. Siempre que estudiamos a filósofos en clase, son solo hombres. A las mujeres no las estudiamos. ¿Me puedes decir por qué pasa esto, qué mujeres filósofas de la historia son más importantes para ti y qué podemos aprender de ellas?

1:15:58

Sí, esto es un problema importante para la filosofía. Y no es solo un problema de división entre filósofos y filósofas. Los filósofos a los que estudiamos forman parte de una tradición de pensamiento muy concreta, que es la occidental o europea. Filósofos europeos y americanos. Todo lo que se ha hecho en África, la India o China no lo sabemos, no lo tenemos en cuenta. La globalización, este nuevo mundo de diálogo entre diferentes lugares, nos está enseñando que la filosofía tiene que responder a esto e intentar dialogar también con las demás civilizaciones. Este es el primer problema: salir de esa mentalidad colonial, del «todo lo importante ya lo hemos dicho nosotros y somos los mejores porque los griegos eran europeos». Y luego también hay que tener en cuenta el aporte de las mujeres filósofas. Este es un problema, sobre todo, histórico. Durante siglos, las mujeres han vivido en una situación de inferioridad social. No han podido estudiar o trabajar como los hombres. Esto, claramente, se refleja también en que no hayan podido filosofar, aunque sabemos que ha habido muchísimas mujeres con una gran inteligencia filosófica. Por ejemplo, la reina de Suecia se escribía con Descartes, y muchas ideas de Descartes eran fruto de esa correspondencia. Hay una filósofa en concreto de cuya importancia me gustaría hablar, una filósofa del siglo XX que se llama Hannah Arendt.

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Todo el mundo la conoce por su relación amorosa con uno de los grandes filósofos del siglo XX, Martin Heidegger. Una relación complicada, porque luego ya sabéis que Heidegger se hizo miembro del partido nazi y aquello proyectó una sombra muy negativa sobre él, y también un poco sobre ella. Pero es una filósofa muy interesante, porque demuestra las posibilidades que nos ofrece aún la filosofía. Un dato, que quizá suena gracioso pero que hay que tomarse en serio, es que Hannah Arendt no quería que la llamaran filósofa. Decía: «Yo no soy filósofa». Curioso, porque lo era, y muy buena. ¿Por qué? No lo decía a modo de broma, ni por humildad. «¡No, hombre, no, filósofo es Kant, no yo!». No, siempre dijo muy deliberadamente que ella no era filósofa. ¿Por qué? Arendt empezó a trabajar, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, del nazismo y del Holocausto. Ella era de origen judío. ¿Por qué dice que ella no es filósofa? Porque, según ella, la filosofía había fracasado. La filosofía no había entendido lo que estaba pasando, no había entendido el nazismo, ni el Holocausto, ni nada. Decía: «A mí no me interesa la filosofía si la filosofía es Platón, luego Kant y luego Hegel». Es un ataque frontal a la filosofía. Y es muy interesante, porque la ataca filosóficamente. La filosofía, perdida en su deseo de conocimiento, porque la filosofía es eso, «filo» y «sofía», «el deseo del conocimiento», no había sabido entender el mundo de los hombres.

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Estaba perdida en su mundo perfecto de ideas y pensamiento, y no se enteró de lo que estaba pasando. Había necesidad de refundarla y empezar de nuevo. Y es justo lo que hizo Arendt en sus obras principales. Su primera obra importante fue ‘La condición humana’, en la que dice que los filósofos, hasta entonces, lo que han hecho ha sido ocuparse del conocimiento, cuando de lo que hay que ocuparse es de la acción. Los filósofos solo hablan del conocimiento. Lo que hacemos en el día a día no les interesa. Les parece una actividad inferior, pero es fundamental. ¿Qué es trabajar? ¿Qué es actuar? ¿Qué es actuar juntos? ¿Qué es producir? Y en este libro espléndido intenta demostrar, volviendo a los griegos, para no variar, que lo más interesante es el campo de la acción. Porque nosotros, ante todo, actuamos. Somos seres que hacen cosas, que actúan, que intentan construir algo, y eso lo tenemos que entender. Ese, para mí, es un primer punto interesante porque inaugura una nueva idea de la filosofía, en la que lo que importa es nuestra existencia concreta. No el yo ideal, abstracto y puramente racional del que siempre han hablado los filósofos. El alma de Platón, el ego de Descartes, el yo trascendental de Kant… No. Nosotros, nuestra vida cotidiana, con todo tipo de dificultades. ¿Qué es vivir? ¿Qué es actuar? De eso hay que ocuparse. No significa negar el problema del pensamiento, porque también somos seres racionales. También hay que indagar. Hannah Arendt, en su última obra, menos conocida que ‘La condición humana’ pero igual de importante, que se llama ‘La vida del espíritu’, investigó el pensamiento.

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Porque pensar es fundamental para vivir. Aparte de actuar, tenemos que entender lo que hacemos. El problema, como le decía antes a vuestra profesora, no es el del conocimiento, sino el del sentido. Hay una serie de preguntas fundamentales que no tendrán respuesta jamás, que son las preguntas de la filosofía. ¿Qué es la justicia? ¿Qué es la felicidad? No hay respuesta, por suerte, porque cada generación tiene que buscar sus respuestas. La idea es aumentar el conocimiento, y nosotros lo estamos haciendo. Pensad en todo lo que estamos descubriendo del universo, o del cerebro humano. La ciencia está avanzando de una manera increíble. Pero no tiene respuesta a qué son la justicia o la felicidad. A menudo se dice: «Si son preguntas sin respuesta, ¿para qué planteárnoslas?». ¿Y qué sentido tiene la vida sin plantearnos cómo vivir, o cómo vivir bien, como comentábamos hace un rato? En la segunda parte de su obra, Hannah Arendt aborda también esto, el significado de la existencia y qué puede aportar el pensamiento a nuestra vida. Como quizá sabréis, también es famosa por algo de lo que se hizo una película muy buena. Arendt participó en un evento histórico mundial que fue el juicio a Adolf Eichmann, un jerarca nazi. Y allí entendió algo muy importante: que el mal es algo mucho más complejo de lo que creemos. El mal absoluto existe, el del demonio, en la tradición teológica religiosa. El de los nazis, por ejemplo. Pero también existe lo que ella llama «la banalidad del mal», que es el mal que uno comete cuando vive sin pensar.

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Lo que Arendt descubrió con el juicio a Eichmann fue la ausencia total de pensamiento en las respuestas y los actos de aquel jerarca nazi, que seguía justificando sus actos. Había tenido mucha responsabilidad en la organización del Holocausto, así que había contribuido a la muerte de muchísimos judíos. Y seguía contestando con frases hechas y lugares comunes, sin pensar. Y Arendt dice: «El pensamiento es fundamental, porque es lo único que tenemos para darnos cuenta de lo que estamos haciendo». Por eso es importante la filosofía, porque permite coger a la gente y decirle: «¿Eres consciente de lo que estás haciendo? ¿O sigues la corriente y haces lo que hacen los demás?». Arendt dice que hay momentos, en la historia y en la vida de todos nosotros, en los que pararse a pensar te puede salvar. Y no son solo los momentos históricos, como el nazismo o el Holocausto, sino también momentos de la vida diaria en los que, por debilidad o por miedo, seguimos a la masa. Pensad en lo que pasa, entre la gente joven, cuando alguien la toma con una persona en concreto, y la critica y se burla de ella. Habrá quien, quizá por miedo a ser aislado del grupo, se sume a los ataques contra esa persona. Y no. Hay que tener el valor de pararse a pensar. «¿Es correcto? ¿Es lo que quiero hacer?». Hay que intentar resistirse. No es fácil. Pero si no aprendemos a vivir pensando, acabaremos mal. Para mí, Hannah Arendt es una pensadora interesante porque arroja nueva luz y puntos de vista para plantearnos cómo podríamos vivir, no solo cómo deberíamos vivir.

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Carlos. Hola, soy Carlos, estudiante de Filosofía, y me gustaría saber con qué mito explicarías los hechos que ocurren hoy en día.

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Mauro Bonazzi. Los mitos son importantes, porque narran historias aparentemente ajenas y extrañas, que parecen no tener nada que ver con nosotros, pero en realidad nos ayudan a entender mejor, a poner en orden los fragmentos de nuestra existencia, nos dan… eso, un orden, una trayectoria. Es difícil decidir cuál es el mito más actual, porque todos lo son. Quizá podríamos hablar del mito de Ulises, que es uno de los más bonitos y lleva transmitiéndose desde la antigüedad. Pero quiero que os fijéis en un punto interesante, para que veáis la vitalidad de los mitos. El mito de Ulises, tal y como lo conocemos, no es un mito. Es un mito que, en cierta manera, no viene de la antigüedad. ¿Quién es Ulises? Para nosotros, es el héroe del conocimiento. Por poneros algún ejemplo contemporáneo, hace un tiempo, la Agencia Espacial Europea llevó a cabo una gran misión científica. Mandó una sonda a estudiar el sol y la heliosfera. Y a la sonda la llamaron Ulysses, porque precisamente era un viaje inédito, un viaje nuevo para descubrir los secretos del sol, de la estrella de la que depende nuestra vida. Y nadie mejor que Ulises como representación de ese deseo de conocimiento, ese viaje hacia el conocimiento.

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O una de las películas más famosas de la historia: ‘2001, una odisea del espacio’. Aparte del título, el protagonista se llama David Bowman. David es un nombre judío, es el judío errante. «Bowman» significa «arquero». Y en la ‘Odisea’ es Ulises, con un arco, el que mata a los pretendientes de Penélope. Pero lo interesante de este mito es que no tiene que ver con el Ulises de la ‘Odisea’. En la ‘Odisea’, a Ulises le da igual el conocimiento. Lo único que quiere es volver a casa. Ulises es el héroe de la nostalgia, del deseo de volver a casa. Entonces, ¿de dónde sale esa imagen, ese mito de Ulises como héroe del conocimiento? Se trata de una rescritura, una reinterpretación de Ulises, y se la debemos a un gran poeta medieval italiano, que es Dante Alighieri, autor de ‘La divina comedia’. Dante no hablaba griego, no había leído la ‘Ilíada’ ni la ‘Odisea’, pero sabía la historia de Ulises. A partir de varios textos, se inventa un nuevo personaje, caracterizado por ese deseo de conocer. En buena medida, el Ulises de Dante es el Ulises que tenemos en mente hoy en día, el héroe del conocimiento. ¿En qué se inspiró Dante, en realidad, para construir ese nuevo mito de Ulises? De nuevo, en la filosofía griega, en Aristóteles. ¿Qué es la filosofía? El deseo de conocimiento. El Ulises de Dante es una representación grandiosa de lo que es la filosofía.

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Leed el canto vigésimo sexto del ‘Infierno’, en el que Ulises habla con Dante. En ‘La divina comedia’, Dante recorre el infierno, el purgatorio y el paraíso. En el infierno se encuentra con Ulises y le dice: «Cuéntame tu historia». Ulises le cuenta que tras liberarse de su cautiverio, llegó a una encrucijada con dos caminos. Uno llevaba a casa, a Ítaca. El otro ofrecía la posibilidad de superar las columnas de Hércules, que míticamente eran el límite del mundo conocido. Y Ulises dice que habló con sus compañeros de viaje y les dio un discurso precioso que acabó diciendo: «No nacimos para vivir como bestias, sino para seguir la virtud y el conocimiento». Y eso despierta en sus compañeros tal deseo de conocimiento, que deciden emprender un viaje absurdo, descabellado según Dante, para descubrir el universo. Un viaje al otro lado del universo que acaba de manera trágica, naufragando delante del purgatorio. «No nacimos para vivir como bestias, sino para seguir la virtud y el conocimiento» es la filosofía de Aristóteles. ¿Qué es el ser humano? Un animal racional. No estamos hechos para vivir como animales, y pensar en el placer y la diversión. Somos otra cosa, somos deseo de conocimiento. Ese deseo nos empuja y es el que nos ha traído hasta aquí. El deseo de entender, de conocer. Esa es la auténtica felicidad, la capacidad de comprender.

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La felicidad no es la del millonario que monta una fiesta llena de famosos, sino la de Einstein en el momento de entender la ley de la relatividad, la ley que sostiene el universo. Y por eso Ulises emprende ese viaje, y por eso nos identificamos tanto con él. Porque revive en nosotros el deseo de conocer. Eso es la filosofía: el deseo de sabiduría. ¿Os acordáis de que al principio he hablado de Platón? La filosofía es deseo. ¿De qué? De conocer, de comprender, de encontrar un sentido. Pero fijaos también en que hay un pequeño problema. Porque cuando, en la encrucijada, decide emprender ese viaje descabellado, según Dante, para descubrir el universo, en busca el conocimiento, Ulises se ve obligado a renunciar a su patria, su mujer, su padre y su hijo. Debe renunciar al mundo de los hombres, a sus intereses prácticos, éticos o políticos. Debe renunciar a ese mundo. Es un mito que nos habla de una tensión fundamental entre el deseo de conocimiento y los intereses prácticos, éticos y políticos. ¿Quién es hoy en día el heredero de Ulises, del filósofo? ¿Quién podría ser? Un heredero actual del filósofo es el científico, que continúa ese viaje de descubrimiento del universo. Los avances de la ciencia, como hemos dicho, son increíbles, espectaculares.

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Cada vez sabemos más cosas del universo que nos rodea, en su dimensión máxima y mínima. Cada vez entendemos más cosas. Nos hemos convertido casi en dioses. Podemos modificar el ADN. Estamos empezando a conocer los secretos de la vida. Pero ese deseo de conocimiento no nos dice nada del bien o del mal. ¿No? Tenemos el mismo problema que tenía Ulises. Hay una anécdota muy interesante sobre Oppenheimer, el gran físico que coordinó el proyecto de creación de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos. Había una especie de competición entre estadounidenses y nazis por ver quién construía la bomba atómica como arma que pondría fin definitivo a la guerra. Oppenheimer alude a otro mito, uno bíblico. Dice: «Intentábamos entender la fusión y la fisión nucleares para crear aquella bomba. Llegamos a un punto en el que nos dimos cuenta del potencial destructivo de la bomba, de que estábamos creando una auténtica monstruosidad». Y añade: «Y mordimos la manzana». El deseo de conocimiento, de convertirse en dioses capaces de destruirlo todo, de crear y de destruir, fue más fuerte que las consideraciones éticas o políticas. Es lo mismo que le pasó a Ulises y que nos pasa hoy a nosotros. Cada vez sabemos más cosas. Nuestro deseo de conocimiento cada vez obtiene respuestas más satisfactorias. Pero el problema del bien y del mal sigue ahí, esperando, ya no a que alguien lo resuelva, sino a que alguien lo aborde. Ese es el reto que nos espera. La ciencia nos permite hacer lo que queramos. Podemos hasta modificar el ADN, como ya he dicho. Pero ¿para hacer qué? Y esa pregunta la tenemos que contestar nosotros, antes de que otros contesten en nuestro nombre. Ya veis que seguimos ahí, seguimos de viaje con Ulises. Gracias por vuestra atención.