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“Mi homenaje a los maestros que nos enseñaron a leer”

Francisco Mora

“Mi homenaje a los maestros que nos enseñaron a leer”

Francisco Mora

· Doctor en Neurociencia y Medicina

Doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y doctor en Medicina por la Universidad de Granada, Francisco Mora es catedrático de Fisiología en la Universidad Complutense de Madrid. Referente internacional en Neuroeducación, destaca la importancia que tienen las emociones en el aprendizaje y es autor de una obra mítica en este campo, ‘Neuroeducación: solo se puede aprender aquello que se ama’. Según afirma: “Intentar enseñar sin conocer cómo funciona el cerebro, pronto será como diseñar un guante sin nunca antes haber visto una mano”.

En su último libro, ‘Neuroeducación y lectura: de la emoción a la comprensión de las palabras’, Francisco Mora analiza la relación entre el cerebro, la lectura, el lenguaje y las emociones. En este sentido, asegura que la lectura es “la gran revolución” que ha transformado el mundo, traspasando geografías, culturas y puentes, "porque nace de la necesidad humana de comunicarnos y compartir con los demás”. Para él, la magia de la lectura reside en que cada ser humano crea un mundo único e irrepetible en las palabras escritas: “Lo que ha escrito el escritor tiene un sentido que es renovado y evocado, de nuevo, de manera diferente, universal y única, por cada lector”. Admirador y defensor de los maestros, a ellos les dedica su último libro con unas hermosas palabras: "A los maestros, que nos enseñaron a leer y que tanto hicieron por abrir las puertas a ese universo de un conocimiento y una emoción nueva".


Creando oportunidades

Francisco Mora

Doctor en Neurociencia por la Universidad de Oxford y doctor en Medicina por la Universidad de Granada, Francisco Mora es catedrático de Fisiología en la Universidad Complutense de Madrid. Referente internacional en Neuroeducación, destaca la importancia que tienen las emociones en el aprendizaje y es autor de una obra mítica en este campo, ‘Neuroeducación: solo se puede aprender aquello que se ama’. Según afirma: “Intentar enseñar sin conocer cómo funciona el cerebro, pronto será como diseñar un guante sin nunca antes haber visto una mano”.

En su último libro, ‘Neuroeducación y lectura: de la emoción a la comprensión de las palabras’, Francisco Mora analiza la relación entre el cerebro, la lectura, el lenguaje y las emociones. En este sentido, asegura que la lectura es “la gran revolución” que ha transformado el mundo, traspasando geografías, culturas y puentes, "porque nace de la necesidad humana de comunicarnos y compartir con los demás”. Para él, la magia de la lectura reside en que cada ser humano crea un mundo único e irrepetible en las palabras escritas: “Lo que ha escrito el escritor tiene un sentido que es renovado y evocado, de nuevo, de manera diferente, universal y única, por cada lector”. Admirador y defensor de los maestros, a ellos les dedica su último libro con unas hermosas palabras: "A los maestros, que nos enseñaron a leer y que tanto hicieron por abrir las puertas a ese universo de un conocimiento y una emoción nueva".


Creando Oportunidades

Transcripción

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Francisco Mora. Soy Francisco Mora, Francisco Mora Teruel. Soy catedrático de Fisiología Humana en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, hoy profesor honorífico de la universidad. Y, posiblemente, alguno de ustedes me conoce por mi primer libro en relación a esta temática: ‘Neuroeducación: solo se aprende aquello que se ama’. Quizá ahora, y para comenzar, lo más relevante sea: ¿en qué medida todo lo que está sucediendo, lo que está ocurriendo, ese enemigo que desconocemos y que realmente ignoramos porque es invisible, está? ¿O podemos aprender algo de esta situación para el futuro? Y la verdad es que lo que nosotros estamos viendo es… yo diría que es una proyección, por lo menos hacia los demás y darnos cuenta del valor que tienen a partir de esta situación nuestra, que es una situación de ansiedad, de cierto desconcierto, de cierto nerviosismo, porque a fin de cuentas nosotros, los seres humanos, somos gente de hábitos. Somos gente… el hábito se debe entender como aquella conducta inconsciente que realizamos constantemente, como conducir un coche y que no somos conscientes de las pequeñas cosas que hacemos, salvo el destino.

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Y en este contexto, nosotros nos levantamos y hacemos una conducta que está ya preprogramada casi a lo largo del día. El confinamiento y el aislamiento en el ser humano, y en este contexto, lo que nos produce es una rotura de esos hábitos porque no los realizamos. Y eso de alguna manera altera nuestros procesos mentales y la alteración de esos procesos mentales redunda en problemas a la hora de, lógicamente, manejarnos. Y de eso vamos a aprender, porque los demás, lo reitero y con esto termino, son lo que nos dan identidad a nosotros mismos. La educación, de alguna manera, incluso el momento que estamos pasando, puede ilustrarnos, puede ayudarnos a poner encima de la mesa el futuro de esa educación. Me estoy refiriendo a todo aquello que es lo que llamamos «era digital», la tecnología, y debemos entender muy bien que una enseñanza a través de la pantalla no es la enseñanza buena que se requiere para poder enseñar y memorizar bien. Aprender y memorizar es algo que muy claramente requiere de la polisensorialidad. Se requiere de la convergencia de todos los sentidos que requiere la presencia constante, la humanidad, la transferencia emocional del maestro, del que enseña. Todo eso en conjunto no se puede obtener a través de la enseñanza de una pantalla.

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La cuestión es: ¿entonces no es importante la era digital en la enseñanza? Por supuesto que sí, trascendente además. La comunicación hoy es digital, es esencial para comunicarnos con cualquier parte del mundo. Eso es más que evidente. Pero si olvidamos los fundamentos básicos acerca de cómo funciona el cerebro para aprovecharnos tanto en lo digital como en la verdadera enseñanza, que es la del colegio, el maestro y los compañeros, nos vamos a equivocar de plano. Y esa es una dimensión que es la única puesta en escena o crítica que en este momento se me ocurre entresacado del «boom» de todo es posible a través de lo digital, a través de la pantalla, a través de internet. ¿Esto es un paliativo? Bueno, sí, pero un paliativo… La verdadera enseñanza en instrucción es la que se realiza en el colegio, pero abundando en ello. La otra parte de esa dimensión de la enseñanza está en lo que yo llamo: la educación. Que es el complementario a la instrucción. Instrucción que significa aprender cuentas, matemáticas, leer, etcétera. La educación es lo que refiere a valores, refiere a normas, refiere a hábitos éticos. Lo que conforma un ciudadano honesto si tiene una buena educación. Eso se tiene que hacer en el colegio. Eso se tiene que hacer entre el maestro y los alumnos. Eso se tiene que hacer entre los propios alumnos y eso se tiene que repetir constantemente, instrumentando un binomio muy importante, que es el de la familia y el propio colegio.

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No se puede educar bien si no existe, digamos, una convergencia entre lo que se enseña en el colegio y lo que se enseña en la familia. De ahí que haya… si hay rotura y solamente es como ahora, en tantos colegios, que solamente se llama a los padres bien para una tutoría, bien para algo puntual, solo es eso, puede que el niño emocionalmente aprenda lo que son valores, normas y hábitos éticos en un contexto que puede ser diferente a lo que aprende en el colegio. Y eso es importante conjuntarlo para que haya una unidad coherente que forme esos ciudadanos que se requieren, lógicamente, para tener una sociedad como la que aspiramos a tener de respeto profundo de unos a otros y de respeto hacia los valores, que son los que todos conjuntamente hemos decidido que los tengan, practicar las normas que respetan esos valores y, fundamentalmente, construir lo que yo digo, hábitos éticos. La lectura ha transformado el mundo. Y la lectura tiene que ver con el lenguaje, el lenguaje oral, porque las principales áreas del cerebro utilizadas para el lenguaje son las que también, de modo diferente, pero son las mismas que son utilizadas por la lectura. Y la cuestión en eso es, pues relativamente trascendente, pero lo que es importante aquí, es destacar en qué medida lo que aprendemos a leer tiene que ver con el lenguaje y tiene que ver con la lectura.

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«Lenguaje» significa un proceso que ha tenido una duración aproximadamente de unos tres millones de años de evolución, saltos genéticos constantes, por lo que sabemos más recientemente que ha ido modificando el cerebro y que ha hecho que hayamos pasado de las guturalidades «gugu gagui» para señalar cosas, a las onomatopeyas ya específicamente con sonidos distintos para cosas distintas. Y desde ahí pasar a lo que ya son los símbolos. Pues bien, de alguna manera el lenguaje ha durado eso, que quiere decir que el lenguaje tiene un sustrato férreo genético. Por eso aprendemos relativamente fácil a hablar conforme escuchamos a un congénere. El leer es diferente. El leer ha nacido de una necesidad humana en las largas distancias. Si los seres humanos hubiésemos estado confinados en pequeñas tribus muy alejadas unas de otras y sin ningún contacto, la lectura no hubiera nacido. La lectura ha nacido por el contacto cada vez mayor que ha habido entre los seres humanos. Pero es que frente a los dos o tres millones de años que se ha necesitado genéticamente programados para poder hablar, la lectura ha nacido hace apenas 5.000 o 6.000 años.

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Es decir, ha sido una necesidad que ha tenido el ser humano para afianzar memorias y poder reproducirlas con el tiempo. Y es, yo lo reitero, la gran revolución, la revolución más profunda, porque es más humana. La lectura ha nacido por una presión selectiva cultural, por esa necesidad de comunicarnos los unos con los otros. Y es una revolución que ha traspasado geografías, ha traspasado culturas, ha traspasado puentes, ha traspasado y ha unificado a todo el mundo a través de esos símbolos que son las palabras. Por tanto, la diferencia entre lectura y lenguaje, uno es genético, el otro es cultural. Una necesidad con la que nosotros, ya digo, hemos sido capaces de transformar el mundo. ¿Qué es aprender, en el fondo? Porque hablar con ese vocabulario medio de unas cuarenta, cincuenta, sesenta mil palabras totales que un ser humano medio tiene, pues conforman una capacidad como la que tengo yo, o la que tiene el vecino, o la que tienen ustedes. Pero la verdad es que aprender a leer es un proceso que dura toda la vida, dependiendo de lo que quiera uno aprender. Porque hay personas, sobre todo me refiero a la fluidez, a la velocidad y a la capacidad que tienes de aprender a leer. Eso requiere toda una vida.

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Hay personas, editores, que pueden ser capaces en un fin de semana de leer cientos de páginas y entenderlo bien. Construyendo un mundo en su lectura y proceso de lectura, que en su mayor parte es inconsciente y solo van directamente a lo que es el significado, lo que son palabras, lo que son sintaxis, lo que son interacciones como pueden ser metáforas, lo que pueden ser ambigüedades… todo eso casi lo captan de manera inconsciente, como es inconsciente conducir un coche. ¿Y cómo va tan veloz esa persona para poder leer a esa velocidad? Pues lo hace porque de alguna manera, resume, reduce el tiempo que dedica a la lectura en sus capacidades, por ejemplo, de atención ejecutiva. Solo pondré este ejemplo porque si no me voy muy lejos. Para poder leer muchísimos cientos de páginas de una manera rápida, entenderlo y mostrar que efectivamente lo has entendido, lo que ocurre en el cerebro es que la atención ejecutiva, a lo que prestas atención cuando lees, es algo que son fogonazos y no una continuidad a tu proceso atencional. El fogonazo se sigue de otro fogonazo atencional, y cada fogonazo puede durar entre 60 y 250 milésimas de segundo. El lector bien entrenado, con años y años de entrenamiento de lectura, puede reducir eso a las 60 milésimas de segundo.

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Quiere decir que la capacidad por segundo de leer es enorme comparado con las personas modestas, como todos los demás somos, que necesitamos mucho más tiempo atencional. Pero es que las interconexiones que existen entre las áreas que he mencionado, que no es una vía que va y que informa a esta, y de esta a esta, sino que hay interacciones constantes, también las milésimas de segundo se reducen. Aprender a leer requiere toda una vida y ese es un proceso tan enormemente iluminador que yo creo que es lo que está dando lugar, o nos lo permite, el saber cómo funciona el cerebro, sobre todo los estudios más recientes de magnetoelectroencefalografía. ¿Hay alguna edad?, esa es la pregunta, ¿hay alguna edad óptima para poder enseñar a leer? Óptima en el sentido de que el niño pueda aprender como yo digo que se puede aprender bien, que es con alegría. Que le dé gusto, que diga: «¡Guau, qué interesante!». Esa edad gira en torno a los seis o siete años, que se ha podido comprobar que, efectivamente, están los circuitos maduros. Lo que no invalida, evidentemente también, para darnos cuenta que hay niños que pueden aprender a leer a los tres o a los cuatro años. Hay muchos ejemplos, como por ejemplo, qué diría yo, muy constatado el hijo de Carl Sagan, tenía dos años y medio, y descubrieron los padres que aprendió prácticamente solo a leer y podía leer. O como puede ser… ¿cómo te diría? John Stuart Mill. El de la libertad.

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En fin, me refería a que esta persona igualmente, sí, en este caso muy sometido por la dictadura férrea de su padre, aprendió muy pronto, prácticamente a los tres años ya leía fluido su inglés. Y a los siete años ya había leído el griego clásico, varias obras. Es decir, estos casos existen, como sin duda existe que pueda haber un niño que pueda leer perfectamente a partir de los nueve años y no a los seis o siete. De hecho, Finlandia, como sabemos todos, pues ha homogeneizado esa edad alrededor de los siete años para que todos los niños puedan aprender fácil, rápido y con esa alegría que significa, insisto, la mejor manera de aprender. En todo lo que estamos hablando relativo al tiempo en que es óptimo para un niño aprender a leer y que esa lectura la presida, fundamentalmente, esa alegría que yo os he dicho de darte cuenta y mirarlos y ver que están diciendo: «¡Demonios, qué interesante es esto!», sí, evidentemente, hay niños que tienen pereza en esa atencionalidad, que hay una dificultad, o una falta de emoción, o motivación, para poder engancharse a esta… a pesar de que los circuitos que se encuentren en el área de Wernicke se encuentren maduros. Y esto tiene que ver con otras partes del cerebro, fundamentalmente. Hombre, depende, depende, porque es multifactorial.

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Mirad, para aprender a leer o a cualquier otra cosa tenemos que partir de la idea de que somos seres, los humanos fundamentalmente, individuales en cuanto a nuestra conformación biológica y mental. Somos seres diferentes, cada uno, en todo, cualquier cosa que toques. Somos universos nunca repetidos. Tener eso en cuenta, es en lo que tenemos que transformar la escuela, en darnos cuenta que la homogenización no es buena. Hay que individualizar a la hora, particularmente, de lo que es aprender y memorizar. Y cuando se ve en unas escuelas que hay, que se llaman escuelas democráticas, donde los estudiantes no están por edades, ni siquiera por edades juntos en la escuela, ni por edades que tengan dos o tres años de diferencia, sino muchos más años, donde aprenden a leer por ellos mismos. Nadie les enseña a leer y aprenden a leer cuando ven en la interacción con los demás niños, mayores, etcétera, que es el momento en que algo les dice que eso es interesante y comienzan a aprender, y preguntan a los compañeros. Por supuesto que estas escuelas democráticas tienen instructores que si se les llama, o un niño los requiere, están allí, pero normalmente se quiere ir a la idea de que sea al propio niño el que emocionalmente exprese ese «willing», esa, perdón, por la «inglesada», esa querencia por aprender a leer.

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Pues bien, hay niños que eso parece que lo tienen apagado. No es fácil el diagnóstico. Si eso está apagado más allá de los seis, siete, ocho años, es evidente que hay algún problema que con las nuevas tecnologías de magnetoresonancia, imagen de resonancia magnética, pues se pueden, relativamente, atacar y resolver. Uno de ellos es la atención, la capacidad de prestar atención, porque la atención es lo que deviene de si algo es interesante y si esa atención se evoca, puedes aprender y memorizar. Si esa atención no se evoca, no se puede aprender y memorizar. Lo interesante refiere a la emoción. Para prestar atención a algo tienes que decir: «¡Guau!», ese «guau» atencional es lo que te hace que un niño aprenda. Por lo tanto, el que no tenga ningún interés ni motivación es un trasfondo que hay que averiguar en el cerebro del niño porque completo, completo es muy raro. Pero, insisto, puede tener que ver con la memoria ejecutiva. Puede tener que ver con el sistema límbico. Puede tener que ver con las áreas de asociación cerebrales. Puede tener que ver con muchísimas cosas.

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Si el niño es en todo un espectro de, digamos, signos cognitivos, normal, si se me permite la palabra, hay que esperar y tener paciencia a que ese niño evoque ese no querer aprender a leer y psicológicamente investigar qué es lo que hay detrás. Lo que hoy empezamos a saber es que, efectivamente, a través de toda la información que os he ido diciendo relativo a la visión, las áreas visuales y que entran al área visual formadora de las palabras, la corteza inferotemporal, a partir de ahí la información entra al sistema límbico emocional, que es fundamentalmente en este contexto, para abreviar, la amígdala. Cada palabra que entra ahí entra aséptica de ningún significado emocional. Es cuando entra en la amígdala y las correspondientes otras áreas, que hay como un sellito que le hace bueno, malo, regular, estupendo, que evoca la propia palabra. Y eso es lo que da el significado a cuando tú lees, que no solo lees, digo lo conceptual, lo semántico, en el contexto de lo que significa y lo puedes imaginar, sino ese otro añadido que colorea emocionalmente y en una lectura te hace sonreír. En una lectura, tú solito, si te montas en un autobús y hay alguien muy inmerso en lo que lee, ves que puede sonreír, ves que incluso puede cambiar la cara. ¿Por qué? Porque está, evidentemente, experimentando una emoción. Y esa emoción es la que se evoca desde las letras, perdón, desde las palabras.

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El punto aquí importante es: ¿lo que evoca el individuo es exactamente lo que las palabras expresan escritas por el escritor correspondiente, sea una novela, sea un cuento, etcétera? Y la contestación aquí es: no. La palabra conlleva un tinte emocional que es modificado por el lector. Nosotros tenemos nuestro propio registro en áreas de ese sistema límbico, particularmente hipocampo y amígdala, que de alguna manera de lo que estamos leyendo, en cuanto al teñido emocional, hace un reflejo en lo que nosotros ha podido significar lo mismo que se describe en el libro y que lo ha descrito el autor. Pero lo que nosotros evocamos es el reflejo de eso en nuestros propios reflejos. El caballo montado por una bellísima amazona en medio de un campo abierto desde el que podía ver el mar. Eso evocado por el escritor es una cosa y en ti evoca otra, que es la conjunción de tu propia experiencia a lo largo de tu vida emocional. Y por eso yo digo tantas veces que es la emoción lo que hace que cada libro sea un libro diferente para cada lector.

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Los libros o el libro que escribe alguien no es algo único, son miles o millones de libros los que, cuando un lector lee, evoca. Por tanto, escribe cada lector, cada escritor, miles y miles de libros diferentes, siendo el escrito, y el de las palabras, y sus símbolos, el mismo. Eso es importante, importante y trascendente, porque cada ser humano crea tanto en lo sensorial, en lo que ve, en lo que toca, en lo que oye, en lo que gusta o en lo que olfatea, un mundo que no es repetido jamás por ningún otro ser humano. Lo mismo ocurre con las palabras escritas. Lo que ha escrito el escritor tiene un sentido que es renovado y evocado de nuevo de manera diferente, universal y única por el propio lector. Esa es la magia de la lectura. Leer para mí… desde el momento en que descubrí en mi segundo colegio esa alegría por darme cuenta de que podía leer, incluso como primer punto, fue el llevar propiamente a casa esa frase, de decir: «Mamá y papá», que dio lugar a los libros en Navidad, «ya sé leer, ya sé escribir. Papá y mamá, ya sé».

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Eso fue un salto emocional enorme. Es eso lo que ha hecho que después de tantos años dedicados en el laboratorio a encontrar cosas que de alguna manera han sido originales en el mundo, como mi trabajo en «Science» o «Nature», que han sido originales. No dejar eso, pero sí saltar a lo que ha sido esta última parte de mi vida, que ha sido escribir, para lo que he necesitado tantísimo leer. Cada libro ensayo de los que he escrito ha requerido en algunos cientos, si no miles, de trabajos científicos de otros autores. Es un disfrute, una alegría de aquella que decimos de los niños cuando aprenden a leer y escribir y tienen la edad correspondiente. Un descubrir un mundo nuevo. Y en eso estoy, en seguir descubriendo mundos que me impulsan, al escribir, al sentimiento de compartir. Cuando escribo lo que me preside y en algunos libros que se me ha dicho que son didácticos, es decir, que se entienden fácil, es esa lucha por compartir con los demás el mundo de lo que yo he aprendido en los laboratorios y en la ciencia, y lo que realmente nos lleva a lo que hoy pensamos que es la transformación de la cultura en el mundo occidental.

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La convergencia entre ciencias y humanidades, lo que nos lleva a entender que ya no es ciencia, por un lado, ni humanidades, que son opiniones, por otro, sino a conjuntar el método científico sólido con lo que se piensa, sea en filosofía, sea en psicología, sea en cualquier otra dimensión a esa unificación. Leer es fundamentalmente darle el sustrato a todo eso. De manera que puedo terminar diciendo que leer para mí es alegría, es sentirme bien, absorto, sentirme que a veces se me llama y no me entero porque pongo todo… no llego a la capacidad de tener esa fluidez que os he descrito de cientos de páginas en unas horas, en absoluto, ni remotamente. Pero sí es verdad que mi foco atencional cuando leo es de disfrute y eso es lo que me hace persistir. Eso es lo que ha tenido como valor desde que era niño para mí la lectura. Animo a que nos demos cuenta de ese valor, a los maestros que sé que lo tienen y, sobre todo, para terminar en este contexto, diciendo que cuando escribí ‘Neuroeducación. Solo se puede aprender aquello que se ama’, hice una dedicatoria que fue: «A los maestros, cuya labor tanto admiro». Y este nuevo libro ‘Neuroeducación y lectura. De la emoción a la comprensión de las palabras’, también lo he dedicado a los maestros y en este sentido he puesto algo así como: «A los maestros, que nos enseñaron a leer y que tanto hicieron por abrir las puertas a ese universo de un conocimiento y una emoción nueva».