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Las mujeres en la historia de los libros: un paisaje borrado

Irene Vallejo

Las mujeres en la historia de los libros: un paisaje borrado

Irene Vallejo

· Escritora

Los ojos curiosos de una pequeña Irene Vallejo, se cerraban al anochecer imaginando el canto de las sirenas que describía Homero. Mientras su padre leía ‘La Odisea’ a los pies de la cama, modelaba -sin saberlo- a una mitómana, enamorada de las historias y de los libros de la Antigüedad. Vallejo estudió Filología Clásica para poder leer aquellos poemas épicos en su lengua original. Hoy, doctorada en las universidades de Zaragoza y Florencia, reembolsa lo que le ha dado la cultura clásica a través de una impecable labor divulgativa.

Su última obra, ‘El infinito en un junco’, es un ensayo sobre treinta siglos de libros, narrado como si de una historia de aventuras se tratase. Vallejo - libre de corsés- no duda en introducirnos en la Biblioteca de Alejandría o en la Hispania del siglo IV de la mano de Tarantino, Mozart o Pollock. “Es mi pequeño homenaje a todas las personas que han hecho posibles, que han protegido y han salvado los libros”, afirma. La obra va camino de ser traducida a una treintena de idiomas y le ha valido varios reconocimientos como el prestigioso Premio Ojo Crítico o el Premio Los Libreros Recomiendan. Su narrativa es tan hipnótica y seductora como aquel canto de las sirenas homéricas.

“Salvamos los libros porque los libros nos salvan a nosotros”, sostiene Irene Vallejo, quien sufrió acoso escolar siendo niña y admite haberse refugiado en las historias de Jack London o Michael Ende. "En aquellos libros yo descubría que había muchos mundos dentro del mundo y muchas aventuras y posibilidades de futuro", reconoce. Hoy, es ella quien traza esos caminos de tinta. La aventura continúa.


Creando oportunidades

Irene Vallejo

Los ojos curiosos de una pequeña Irene Vallejo, se cerraban al anochecer imaginando el canto de las sirenas que describía Homero. Mientras su padre leía ‘La Odisea’ a los pies de la cama, modelaba -sin saberlo- a una mitómana, enamorada de las historias y de los libros de la Antigüedad. Vallejo estudió Filología Clásica para poder leer aquellos poemas épicos en su lengua original. Hoy, doctorada en las universidades de Zaragoza y Florencia, reembolsa lo que le ha dado la cultura clásica a través de una impecable labor divulgativa.

Su última obra, ‘El infinito en un junco’, es un ensayo sobre treinta siglos de libros, narrado como si de una historia de aventuras se tratase. Vallejo - libre de corsés- no duda en introducirnos en la Biblioteca de Alejandría o en la Hispania del siglo IV de la mano de Tarantino, Mozart o Pollock. “Es mi pequeño homenaje a todas las personas que han hecho posibles, que han protegido y han salvado los libros”, afirma. La obra va camino de ser traducida a una treintena de idiomas y le ha valido varios reconocimientos como el prestigioso Premio Ojo Crítico o el Premio Los Libreros Recomiendan. Su narrativa es tan hipnótica y seductora como aquel canto de las sirenas homéricas.

“Salvamos los libros porque los libros nos salvan a nosotros”, sostiene Irene Vallejo, quien sufrió acoso escolar siendo niña y admite haberse refugiado en las historias de Jack London o Michael Ende. "En aquellos libros yo descubría que había muchos mundos dentro del mundo y muchas aventuras y posibilidades de futuro", reconoce. Hoy, es ella quien traza esos caminos de tinta. La aventura continúa.


Creando Oportunidades

Transcripción

00:03
Irene Vallejo. Me llamo Irene Vallejo, soy escritora. Me apasionan las mejores historias y las mejores ideas de la humanidad, esas a las que llamamos clásicas y que han llegado a nosotros gracias a ese maravilloso invento que son los libros. Me apasiona lo que el presente puede aprender del pasado, me apasiona lo que nuestros antepasados pueden enseñarnos. Creo que gracias a los libros, gracias a los clásicos, la vida de todos los siglos pasados ensancha la nuestra propia y el conocimiento de muchos siglos, de muchos milenios, se funde con el nuestro. Por eso he escrito ‘El infinito en un junco’, que es mi pequeño homenaje a todas las personas que han hecho posibles, que han protegido y han salvado los libros. Yo vengo de una familia donde todo el mundo ama los libros y son grandes lectores, por una rama y por la otra. Yo creo que las letras de nuestro ADN se deben de juntar unas con otras para formar historias. Los libros estaban en mi casa antes de que yo llegara, reproduciéndose, multiplicándose y amenazando con echar, expulsar, a mis padres. Y tuve la inmensa suerte de que desde que era una niña me llevaban a las bibliotecas, a las librerías… y yo era muy feliz en esos lugares, ¿no?, en esos reinos de papeles amontonados donde yo escalaba por las pilas de libros, donde los libreros estaban como centinelas, contemplando ese amor por los libros que nos llevaba a todos nosotros allí.

01:51
Irene Vallejo. Yo escuchaba las conversaciones de mis padres con los libreros, y hasta tal punto me gustaban que creía que hablar, que tener conversaciones era uno de los grandes objetivos de la vida adulta. Y la verdad es que los recuerdo como momentos muy felices. Pero el momento más especial, todos los días, era cuando me contaban cuentos antes de dormir. Y se me ha quedado especialmente grabado un día, una noche, en la que mi padre empezó a contarme la historia de un tal Ulises, un navegante que se lanzó a las aguas para buscar el camino de regreso a su casa, a su hogar, con su mujer Penélope, con su hijo Telémaco. Y esa historia me deslumbró hasta tal punto que me volví una mitómana empedernida y, entonces, me parecía que el mar Mediterráneo, donde sucedían todas esas historias, tenía que ser un lugar ficticio e imaginario, como el país de Nunca Jamás. Y cuando me enteré de que realmente existía y además que estaba aquí cerca, es como si me hubieran dicho que había un autobús que me llevaba directa al país de las maravillas. Y yo inmediatamente quise que me llevaran a conocer a las sirenas que no existen, o quizá sí, porque cuentan los marinos que en las noches de tormenta el viento silba en los acantilados, y esa es, quizá, la estrofa del peligro de la que nos hablaba Homero. Y yo me enamoré de Homero.

03:29
Irene Vallejo. De hecho, estudié Filología Clásica porque quería leer a Homero en su propia lengua. Y creo que todo lo que nos ha enseñado el Mediterráneo, todo lo que surgió en las orillas del Mediterráneo, tiene ahora absoluta vigencia, ¿no?, ese deseo de explorar el mundo, de conocer. Allí nació la filosofía de la mano de la ciencia. Y yo creo que ese es el camino, porque cuando la ciencia y las humanidades caminan de la mano, caminan juntas, es cuando construimos lo mejor de lo que somos capaces. Y eso es algo que sigue vivo, sigue siendo igual de necesario ahora, como en los tiempos de Homero. ¿Qué le debemos a los libros? Pues los libros han sido nuestro mayor hallazgo en la lucha contra el olvido y contra la destrucción, porque todo acabaría convirtiéndose en nada si no construyéramos diques, murallas, para contener al olvido. Y es maravilloso pensar cómo los diques, las murallas que hemos construido, están hechas de materiales tan frágiles como árboles, como juncos, como cortezas, como piel, como seda, como harapos, como la luz en nuestros ordenadores y en nuestras tabletas de hoy. Y es maravilloso que esas frágiles murallas hayan sido capaces de contener la destrucción. Y gracias a los libros, nuestras mejores ideas han viajado a lo largo del tiempo. Y es que esta es la forma en la que hemos conseguido guardar el recuerdo de las mejores ideas, de los mejores hallazgos, de las historias más emocionantes de nuestros antepasados que si no, se hubieran perdido para siempre. Y me parece fantástico pensar que somos la única especie animal que es capaz de escuchar las voces del pasado, precisamente gracias a los libros.

05:35
Irene Vallejo. Y los libros han cambiado a lo largo de la historia porque los hemos hecho de materiales muy distintos. Se abren, se cierran, tienen un tacto distinto… Según los momentos de la historia han tenido diferentes amenazas que han puesto en peligro su subsistencia. Han crujido, han sonado, han tenido un tacto diferente, pero lo que es indudable es que han sido uno de nuestros mejores inventos. Todo habría desaparecido, cada generación habría tenido que empezar de nuevo si no hubiera sido por estos vehículos que nos han permitido mantenernos siempre en contacto con lo que pensaban, con lo que soñaban, con lo que sentían personas en otros lugares del mundo y en otras épocas de la historia. Y esta comunicación nos ha hecho vivir una vida infinitamente más rica. Hay que tener en cuenta que lo más fácil hubiera sido que todo nuestro conocimiento hubiera desaparecido en épocas de guerras, de saqueos, de epidemias, en el hundimiento de los imperios… Es algo tan frágil, la palabra, el pensamiento… si nos paramos a pensarlo, pero gracias a los libros esa pérdida, esa extinción, no ha sucedido. Y siempre, siempre, incluso en las épocas más duras, ha habido personas, suficiente número de gente, que ha sido capaz de salvar los libros, de preservarlos, de esconderlos, de copiarlos, de multiplicarlos, sobre todo en los tiempos en los que eran libros manuscritos antes de la imprenta y cada uno era muy frágil y muy difícil, muy duro, de reproducir palabra por palabra, línea por línea.

07:22
Irene Vallejo. Y a mí me asombra que en todas las épocas haya habido el suficiente número de gente embarcada en esta aventura de salvar nuestras mejores palabras, nuestras mejores ideas, nuestras emociones y nuestro conocimiento, y así conservar este legado para el futuro. Esto es, al final, tener en cuenta los derechos del porvenir. Creo que es muy importante insistir en que salvamos los libros porque los libros nos salvan a nosotros. Y en todas las épocas hay testimonios de gente que en momentos especialmente difíciles de su vida han encontrado refugio en la lectura, desde gente que tenía que afrontar un periodo de duelo, una situación de reconstrucción personal, un momento particularmente duro de su vida o de su biografía. Y esas historias también han quedado en los libros, ¿no?, ha quedado constancia en los libros de todas esas personas que empezaron a amar la literatura gracias a la ayuda, al apoyo, al salvavidas que significó la lectura para ellos en algún momento. Pero es que incluso en las grandes catástrofes, en las grandes crisis colectivas como, por ejemplo, los campos de concentración nazis, el gulag… Hay testimonios de personas que hicieron lo posible por esconder libros corriendo un inmenso peligro, que los cambiaron por comida o por cigarrillos, porque preferían la lectura al alimento, porque sentían que les salvaba la vida.

09:13
Irene Vallejo. O si no tenían libros, personas que fueron capaces de fabricarlos con los materiales más rudimentarios para tener algo parecido a la lectura, ¿no?, a la posesión de los libros a los que estaban acostumbrados antes de entrar en el campo. Y a mí me parece que si en esos momentos en los que ya solo importa la supervivencia, todavía hay personas que se esfuerzan por tener libros junto a ellos, por recordar lo que han leído, por poseerlos, o por fabricarlos, o por pensarlos, o por soñarlos, es porque los libros son muy importantes, porque los libros forman parte de la salud del mundo. Y bueno, yo también tengo mi pequeña historia, un recuerdo de un momento terrible en el que los libros me ayudaron a salir adelante. Cuando yo estaba en el colegio sufrí esa experiencia, el acoso. Y la recuerdo, la recuerdo con absoluta claridad. Primero porque faltaba la palabra, entonces no lo llamábamos acoso, ni siquiera teníamos un término que explicase claramente en qué consistía esa situación o que diera la medida de su gravedad. Yo recuerdo que decía a los mayores: «En el colegio se ríen de mí», «En el colegio me pegan», y todos le quitaban importancia, «Bueno, son cosas de niños. Esto también me sucedió a mí, nos ha pasado a todos». Y sin embargo, yo sabía que no, que lo que a mí me estaba sucediendo no les pasaba a todos. El grupo me había dejado fuera, no tenía la protección de nadie, no había ninguna persona que se pusiera de mi parte, me habían dejado sola, aislada.

11:07
Irene Vallejo. Y yo recuerdo ese dolor, esa sensación profunda de exclusión, ¿no?, esa unanimidad por la que a nadie parecía importarle los insultos, las humillaciones y a pesar de todo lo que recuerdo, por encima de todo, es el dolor de aquella ley del silencio, porque entre los niños lo peor que podías ser era un chivato. Era incluso peor chivarse a los mayores que pegar o ser cruel con un compañero. Y esa era la norma, no podías hablar a los adultos de lo que estaba sucediendo, no podías llamar a los mayores para que intervinieran y pusieran fin a la situación. Yo entonces me lo creí, acepté que la única forma de dignidad que me quedaba era apretar los dientes, que no me vieran llorar y soportarlo todo. Incluso llegué a mentir. Llegué a decir que los rasguños que me veían al llegar a casa me los hacía yo misma. Llegué a decir que había perdido las cosas que me quitaban y me escondían. Todo por pensar que si me resistía, si evitaba ser una chivata, al menos tendría una brizna de respeto por parte de mis compañeros. Y, pasados los años, comprendí el profundo error de haber aceptado esa ley del silencio. Y yo creo que haber sido escritora ha sido precisamente una tardía rebelión contra ese silencio, porque si he aprendido algo es que aquello que nos dicen que no debemos contar es precisamente lo que hace falta decir.

12:55
Irene Vallejo. Y buscando entre mis papeles de aquellos años he encontrado un relato que escribí, un relato en el que estaba buscando las palabras con las que contar lo que me pasaba, intentar explicármelo a mí misma y a los demás, y curar las heridas. Es una historia en la que yo me imagino a mí misma como un explorador que llega a una isla desconocida y allí se encuentra con unos salvajes que la obligan a comerse unos alimentos repugnantes y asquerosos. Y era la forma en la que yo estaba fabulando sobre lo que me sucedía en aquel momento, cómo llegaban aquellos que me acosaban y escupían en mi bocadillo y me obligaban a comérmelo. Y mediante esa historia, mediante esa trama en la que yo convertía en relato, convertía en aventura, convertía en ficción y desafío lo que me estaba sucediendo, encontraba los medios para fortalecerme y soportar la realidad. Y creo que es muy importante también cómo la escritura nos ayuda a expresarnos. Y cómo la creatividad tiene la enorme energía de liberar la pena y de ayudarnos a encontrar los caminos por los que buscar el consuelo. Y por eso creo que ese momento, ese episodio de mi vida, ha sido esencial para convertirme en escritora. Y yo, como escritora, ahora busco siempre esos espacios de silencio, dar voz a quien no la tiene o a quien no se atreve a hablar. Y creo que en ese episodio yo me convertí, de alguna manera, en la escritora que soy ahora.

14:51
Irene Vallejo. Pero si desde este momento, desde el presente, pudiera hablar con mi yo de entonces, con aquella niña de ocho, nueve, diez años que sufría el acoso, le diría: «Todo va a mejorar, verás, el mundo es mucho más grande que el patio del colegio, encontrarás personas que te comprendan, con las que identificarte, que aprecien tu creatividad, tu sensibilidad». Pero por supuesto, en aquel entonces me era imposible comunicarme con la persona que soy ahora. Y sin embargo, esa voz, esa voz de ánimo, esa voz de esperanza, yo la escuché, y la escuché en los libros, porque por aquel entonces me fascinaban Michael Ende, Robert Louis Stevenson, Jack London, Joseph Conrad… Y en aquellos libros yo descubría que había muchos mundos dentro del mundo y muchas aventuras y muchas posibilidades de futuro. Yo salí de la espiral de la obsesión y además descubrí algo que fue esencial para mí en aquel momento, y es que yo podía almacenar historias de aventuras, de belleza, dentro de mí, en mi habitación interior, y guardarlas allí para cuando granizaba fuera. Y ese hallazgo yo creo que me salvó. Los libros me ayudaron a mantener viva la esperanza y por eso estoy profundamente agradecida a lo que los libros hicieron por mí, que es lo que han hecho por muchísima gente a lo largo de los siglos y creo que siguen haciendo todavía: dar esperanza, ensanchar los horizontes y prometernos que, al final, habrá gente que nos escucha y que nos comprende, como nos escuchan y nos comprenden los autores de los libros.

16:45
Irene Vallejo. Los libros han sido los compañeros inseparables de la educación desde los primeros momentos de la historia, el emblema de los profesores y de la enseñanza. De hecho, cuando el aprendizaje empezó a extenderse fue, precisamente, la necesidad de enseñar a leer y a escribir lo que provocó ese desarrollo, esa expansión. Porque cuando aprendemos a leer, en realidad se abren todas las puertas para nosotros, ¿no?, todos los libros eran posibilidades de conocimiento y de descubrimiento. Y yo creo que a lo largo de la historia hay una simbiosis permanente entre la educación y los libros. Por otro lado, los libros que se utilizan en las clases, en las aulas, en la educación, son los que tienen más posibilidades de sobrevivir a lo largo del tiempo, y pasan a formar parte de la memoria sentimental de los alumnos cuando sean adultos. Y de hecho, los cuadernos que escriben los niños en el colegio son sus primeros libros, los primeros libros que ellos crean y escriben. A mí me gustaría recuperar una figura que me parece importantísima y está bastante olvidada, que es la de Quintiliano, el primer catedrático de la historia nacido en Calagurris, la actual Calahorra, en La Rioja, y que escribió en la época del Imperio Romano un tratado de pedagogía que fue muy novedoso y muy audaz en muchos aspectos. Por ejemplo, en su libro él abogaba por acabar con los castigos físicos a los niños, tratar al que aprende como una persona con absoluta dignidad. Él pretendía que todos los estudiantes aprendieran a través del entusiasmo y del amor, y creo que esas son intuiciones que todavía hoy tienen absoluta vigencia.

18:45
Irene Vallejo. Bueno, pues Quintiliano proponía en su libro que cuando los niños aprendieran a escribir y a leer, hicieran las letras en forma de pasteles, o de bollos, o de bizcochos, para que luego se las comieran y las letras formaran parte de ellos, ¿no?, entraran en su cuerpo. Y eso me recuerda una anécdota que cuenta Alberto Manguel en su ‘Historia de la lectura’, hablando de un antiguo rito de los judíos que cuando los niños aprendían a leer se celebraba una pequeña fiesta en la que se cubría una pizarra con letras escritas con una capa de miel y, entonces, los niños lamían esa miel y de esa manera las letras pasaban a formar parte de su cuerpo. Porque cuando un niño aprende a leer está dando un paso enorme, se está convirtiendo en otra persona con unas posibilidades infinitas. Y creo que son bonitos esos rituales con los que antiguamente se celebraba el paso a esa nueva etapa, el estar más cerca de una vida adulta. En los primeros tiempos de la escritura, aprender a leer, aprender a trazar las letras, era el privilegio de unos pocos, de los escribas, que tenían que dedicar largos años a un aprendizaje muy difícil, mientras que la mayor parte de la población, incluso los gobernantes, eran analfabetos. Por tanto, la historia de los libros, de la escritura y de la lectura, es la historia de un privilegio que se va expandiendo, que se va democratizando a lo largo de 30 siglos. Me parece importante destacar que cada vez ha podido llegar a más gente, que ahora, en este momento, hemos llegado prácticamente a la alfabetización total de la población y eso ha sido un triunfo sin precedentes y una gran gesta donde los libros han estado junto a nosotros.

20:50
Irene Vallejo. Y, bueno, yo quería destacar, por ejemplo, el caso de los grafitis, que se puede ver como un síntoma de esa apropiación, porque ha sido la primera vez en la historia que un grupo marginal ha convertido en arte el trazado de las letras, la caligrafía, y eso significa que lo han utilizado como una forma de expresarse, de explorar su propia identidad y de hacer arte, y eso yo lo veo como la prueba definitiva de que la escritura ya no tiene límites, ya no tiene fronteras, nos pertenece a todos, y creo que ese logro tenemos que celebrarlo profundamente, ¿no?, porque al final lo que la escritura, lo que los libros, lo que las historias hacen por nosotros, es dar sentido a la experiencia y todo lo que da sentido a la experiencia, lo que nos salva, no puede desaparecer. Tenemos que luchar por mantenerlo entre nosotros porque es importantísimo y sobre todo, tenemos que luchar porque siga siendo de todos y cada uno. Hay un relato de Borges titulado ‘La biblioteca de Babel’, que a mí me parece casi una profecía del mundo de internet. Él habla de un universo que está construido por salas hexagonales y por escaleras en espiral donde se contienen todos los libros del mundo.

22:21
Irene Vallejo. Es más, todas las combinaciones posibles existentes de las letras, de todos los alfabetos. Y es un mundo fantasmal, inquietante, ¿no?, habitado por unos personajes bibliotecarios, paseantes que, rodeados por esa catarata infinita, ese alud de libros, buscan y buscan algún libro que puedan al menos comprender o entender, que esté escrito en su idioma, que puedan descifrar y no lo encuentran. Porque esa es la gran paradoja de la biblioteca de Babel, que la gente que la puebla no lee apenas. Son como seres perdidos en un universo desbordado por las letras, por la escritura, por la información. Y bueno, yo creo que tiene algo de intuición de lo que ha sido la magnitud enorme, el laberinto de internet, donde todavía hoy corremos el riesgo de perdernos y seguimos necesitando guías. Necesitamos, pues maestros, necesitamos escritores, seguimos necesitando los libros que nos explican cuáles son las rutas y los caminos para abrirnos paso en medio de esa enorme acumulación de información y datos que, a veces, puede resultar asfixiante. Y bueno, yo quiero imaginarme que, en realidad, internet es como una emanación etérea de lo que fue la Biblioteca de Alejandría en el antiguo Egipto, aquel proyecto de reunir todo el saber existente, todos los conocimientos, todos los relatos en un solo lugar, pues ha tenido ahora su continuación en internet. Y yo me puedo imaginar que la emoción con la que un griego desembarcaría en el puerto de Alejandría y se internaría en la biblioteca y, de repente, sentiría que algo milagroso estaba pasando porque estaba en el lugar donde había más conocimiento junto, más posibilidades de saber.

24:36
Irene Vallejo. Y eso se parece a lo que yo experimenté la primera vez que navegué por internet. Y esa comparación no es tampoco casual, porque de hecho, Berners-Lee, que fue el científico que diseñó los conceptos esenciales en los que se basó internet, lo hizo tomando como modelo los espacios ágiles y diáfanos que son las bibliotecas, donde la información circula de una manera fluida e incluso, pues los localizadores de las páginas están basados en las signaturas de los libros. Los protocolos de hipertexto están basados en las fichas con las que pedimos a los bibliotecarios que nos encuentren un libro. Es decir, que internet sigue el modelo de una biblioteca. Es como la gran biblioteca que tenemos la suerte de disfrutar en nuestros días. Pero, eso sí, insistiendo en lo afortunados que somos de tener ese acceso al conocimiento, yo también quiero insistir en que en nuestro mundo contemporáneo sigue siendo tan importante como siempre leer los viejos libros de papel que han estado con nosotros durante milenios y que nos ofrecen cosas que ahora no podemos conseguir cuando estamos en contacto con las pantallas. La concentración, la calma, el sosiego. Creo que todos estos son actos de resistencia en un mundo que está colonizado por las pantallas, por la velocidad y por la inmediatez. Y creo que la lectura de los libros, la lectura de los libros, nos ofrece esa posibilidad de reflexionar, de centrarnos, de quedarnos al margen de las notificaciones que nos llegan, de la publicidad, de todas las distracciones con las que nos bombardean muchas veces en nuestros dispositivos electrónicos. Y por eso insisto en que en el mundo que vivimos tenemos la suerte de contar con las tecnologías, pero seguir teniendo a nuestro lado los viejos libros, y en cada uno de ellos encontramos un refugio distinto y unas posibilidades diferentes.

26:57
Irene Vallejo. Creo que no debemos pensar que compiten, sino que amplían nuestro horizonte, nuestras posibilidades de conocimiento y que en los libros, en los viejos libros de papel, seguiremos encontrando ese sosiego, esa atención que ahora es uno de los objetos más deseados, una de las mercancías más codiciadas por las que se está librando una verdadera batalla y donde el pensamiento, la lentitud, la reflexión, todavía tienen un refugio imperecedero. Mientras escribía ‘El infinito en un junco’, uno de los aspectos de la investigación que más me ha sorprendido y que más apasionante ha resultado, ha sido la búsqueda de los restos, de las huellas, de las mujeres en la historia de los libros y de la lectura. Yo sabía que iba a encontrar un paisaje de ausencias, las mujeres lo han tenido siempre mucho más difícil, mucho más difícil, sobre todo, para dedicarse profesionalmente a la literatura, porque no podían ocupar el espacio público, no podían tener una profesión en el exterior de sus hogares, y eso las limitó. Pero para mí ha sido una sorpresa descubrir que a pesar de todos esos obstáculos, de esas imposibilidades, ¿no?, de la obligación de quedarse dentro de las paredes de su casa y no poder salir al mundo a tener las experiencias que plasmar en los relatos, en los libros, sin embargo, ellas han estado muy presentes, mucho más de lo que creemos. Ocurre que muchas veces la posteridad es avara en el reconocimiento a lo que han hecho las mujeres.

28:46
Irene Vallejo. Y sucede también que, como ha sucedido en los hogares, pues muchas veces no ha dejado huella o solo ha dejado huella en los familiares, en las personas que las han escuchado y que las han conocido. Pero me parece muy importante insistir en que incluso mujeres analfabetas han sido a lo largo de la historia grandes narradoras, han sido las que conservaban las memorias familiares, las historias del pasado, de los abuelos, de los bisabuelos, de todos esos relatos que componen la vida de una familia. Creo que las mujeres han sido un eslabón importantísimo en la educación y en la transmisión de conocimientos. Y además, mi intuición durante el ensayo fue que, quizá, las primeras narradoras de historias, las más antiguas, fueran las mujeres mientras cosían, porque me llama la atención que haya tantos términos en común entre los textos y los textiles, que hablemos constantemente del nudo de una historia, del desenlace de la narración, del hilo del relato, de bordar un discurso, de urdir una trama… Y así son infinitos los términos en los que relacionamos coser y narrar.

30:15
Irene Vallejo. Y bueno, mi impresión, mi teoría, mi hipótesis, es que las mujeres fueron las narradoras por antonomasia en los primeros momentos de la oralidad y al mismo tiempo que cosían, se contaban cuentos, se contaban sus emociones, se contaban sus historias, y por eso utilizaban las metáforas de la costura, del telar, de lo que tenían entre sus manos en ese momento, porque esas son tareas específicamente femeninas. Así que hay allí toda una historia borrada, que es muy difícil de rastrear y sobre la aportación intelectual de las mujeres como maestras, como narradoras, como enseñantes de sus propios hijos. De hecho, en el mundo romano, pues los hombres preferían que las mujeres se educasen porque eran conscientes de que ellas iban a enseñar a hablar a los niños durante los primeros años de su vida, y como querían que los niños de su familia fueran los futuros líderes políticos, los oradores, los abogados, tenían interés en que aprendieran a hablar gracias a mujeres que estuvieran formadas, y que tuvieran conocimientos y que hubieran leído. Pero no interesaba la educación de las mujeres por sí mismas, sino solo como una herramienta instrumental para enseñar a otros. Y sin embargo, aunque esta es la situación, me importa mucho destacar que las mujeres siempre se han rebelado contra esas limitaciones, contra las voces que las hacían callar, ya desde ‘La Odisea’, y han creado mucho más de lo que yo esperaba. Y me parece fascinante, por ejemplo, un hecho bastante desconocido, que el primer texto de la historia, el más antiguo conocido con nombre propio, es decir, no anónimo, lo firma una mujer, una sacerdotisa acadia que vivió hace aproximadamente 4.300 años y que se llama Enheduanna.

32:23
Irene Vallejo. Esta Enheduanna escribió antes que Homero, antes que el autor del ‘Poema de Gilgamesh’, y nos cuenta en sus himnos, porque ella escribía poesía religiosa, como la primera experiencia creativa relatada por una autora en primera persona. Y la metáfora que ella utiliza tiene mucho que ver con la experiencia de las mujeres, porque ella dice que cuando escribe recibe la visita de la diosa Inanna, que se apodera de ella, que entra en su cuerpo y que después de esa posesión ella da a luz las palabras, es el parto del poema. Y esa imagen, esa imagen de crear como una forma de procrear, es profundamente femenina y es muy emocionante. E incluso en sociedades tan misóginas como fue la de los griegos en la antigüedad, pues tenemos personajes como Safo, la poeta, o como Aspasia, que fue, según dice el propio Sócrates, su maestra, que se casó con Pericles, el líder de la joven democracia ateniense. Y cuentan muchas fuentes que ella le escribía los discursos. Y esos discursos que, a través de la obra del historiador Tucídides, han llegado hasta nuestros días, han inspirado discursos de Kennedy y Obama. Es decir, que en nuestro mundo contemporáneo todavía se sigue escuchando la voz de aquella Aspasia que se ha convertido casi en un fantasma o en una imagen borrosa de la antigüedad.

34:01
Irene Vallejo. Y hay otras mujeres, hay poetas de las que solo nos han quedado añicos de versos, pero recordamos sus nombres y se puede hacer una pequeña nómina de todas las mujeres borradas o troceadas. Y me gusta insistir en que hubo mujeres filósofas en la Academia, en las escuelas helenísticas, mujeres que se dedicaron a pensar, mujeres que contaron su historia, sus emociones, sus sentimientos, que indagaron, que buscaron, que investigaron y que hicieron todo lo posible por dejar huellas. Y creo que rescatar toda esa herencia es muy importante también por las niñas que hoy están estudiando, que hoy están aprendiendo y que serán las creadoras de mañana, que sepan que hay detrás toda una historia, que hay unas predecesoras y que el papel de las mujeres como intelectuales, aunque haya sido silenciado y haya quedado en la sombra, es importantísimo, y ahora estamos intentando rescatarlo para que nunca más vuelva a caer en el olvido.

35:07
Irene Vallejo. En nuestros tiempos tecnológicos y modernos, muchas veces corremos el riesgo de mirar con superioridad al pasado y no ser conscientes de que todo ese bagaje de ideas, de conocimientos, de sensaciones, de emociones, de investigaciones, están en la base de todo lo que somos y de todo lo que hemos llegado a ser. Y por eso creo que es importantísimo reconocer el papel nutritivo, ¿no?, la función inspiradora que tienen los pensamientos y las ideas del pasado para nosotros, para interpretar el mundo de hoy, para tener una experiencia más nítida y más luminosa de lo que estamos viviendo, y también para preguntarnos por el mundo que queremos construir para mañana. Y allí estarán siempre a nuestro lado, las voces del pasado, los clásicos. Y es curioso cómo algunos clásicos que parecían olvidados, emergen de pronto como guías para el mundo contemporáneo. Un ejemplo especialmente llamativo es el de Baltasar Gracián, que en los años noventa se convirtió en un libro de cabecera con su ‘Arte de la prudencia’ para la gente que se dedica a los negocios. Los clásicos siempre están emergiendo de nuevo, nunca han terminado de decir lo que tienen que decir, es la cita de Italo Calvino en su famosísimo libro ‘Por qué leer los clásicos’.

36:45
Irene Vallejo. Y yo creo que precisamente en los momentos de crisis, de dificultades, cuando tenemos que reinventarnos el futuro, cuando tenemos que pensar y reflexionar a fondo cómo vamos a seguir viviendo a partir de ahora, todas esas voces de los libros, todos esos pensamientos, todos esos experimentos y esas vivencias, son nuestro faro y nuestra guía y nos pueden ayudar a tomar mejores decisiones y a que el porvenir se parezca más a lo que queremos vivir. Tendemos a pensar que todo lo vivimos nosotros por primera vez, que todo lo estrenamos. Cuando tenemos un hijo, cuando nos enamoramos, nos llena de tal manera, lo estrenamos por primera vez en nuestras vidas y sentimos como si fuera la primera vez que sucede. Olvidamos que la humanidad lleva milenios y siglos viviendo y experimentando esas mismas emociones. Y, precisamente con la pandemia, creo que hemos olvidado que las enfermedades, los contagios, han formado parte de la experiencia de la humanidad durante muchos siglos, y hemos olvidado quizá la lección más importante: que somos frágiles. Y esa fragilidad no deberíamos entenderla como una fuente de inseguridad, sino precisamente como una llamada a colaborar.

38:22
Irene Vallejo. Lo que ha hecho que nuestra especie sea la que ha conseguido tan grandes logros no es la fortaleza, la rapidez, no son los rasgos físicos en los que muchos animales son superiores a nosotros, no. La clave ha sido que hemos sido capaces de unirnos y de estar unos junto a otros, ponernos de acuerdo en los objetivos que queremos conseguir, y ayudarnos, y trabajar codo con codo. Creo que eso es lo que hace grande a la humanidad y creo que los libros nos han ayudado, precisamente, a definir cuáles son esos caminos, cuáles son esas rutas hacia el porvenir, porque sí, somos frágiles, frágiles nosotros, frágiles nuestras ideas, frágiles nuestros pensamientos, frágiles nuestras historias… y es maravilloso, roza lo milagroso que hayamos sido capaces de salvar toda esa belleza milenaria, todas esas ideas, y que las sigamos teniendo con nosotros. Y ese salvamento no es algo que haya sucedido azarosamente, es el resultado de mucha gente que se ha comprometido, que ha protegido los libros, que no ha soportado la idea de un futuro en el que esas palabras, esos versos, esos sentimientos o esas emociones faltasen o quedasen borradas.

39:50
Irene Vallejo. Y toda esa gente, que han sido en su mayoría anónimos, desde los esclavos, los copistas, los inventores, los libreros, los bibliotecarios, los viajeros, los monjes y las monjas… hasta nosotros, hasta hoy, donde la aventura continúa y todavía los maestros en los colegios, en los institutos, los profesores, en las universidades, los editores, la gente que se reúne una tarde a hablar sobre un libro en un club de lectura, alguien que regala un libro a un niño o se lo cuenta antes de dormir y lo inicia en la maravilla de la lectura, todas esas personas que no se conocen forman parte de una gran cadena que está salvando todo lo más valioso de nuestro pasado y lo está llevando hacia un futuro que cada vez será mejor gracias a toda esa acumulación de ideas, de conocimiento, gracias a que cada vez estaremos más preparados, y gracias a que cada vez estaremos más unidos porque también los libros hacen caer las fronteras.