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La Antártida, un continente para la paz y la ciencia

Javier Cacho

La Antártida, un continente para la paz y la ciencia

Javier Cacho

Físico, científico y escritor


Creando oportunidades

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“El descubrimiento del agujero en la capa de ozono nos hizo, por primera vez, globales y ecologistas. Podríamos hablar de deforestación, de contaminación de tierra y mares, de plásticos… Estamos por un camino equivocado y claramente tenemos que rectificar”. Con este mensaje, el físico, científico y escritor Javier Cacho resume su experiencia como observador privilegiado de la naturaleza.

Javier Cacho inició su carrera científica especializándose en el estudio de la capa de ozono para la Comisión Nacional de Investigación Espacial en 1976. Posteriormente trabajó en el Laboratorio de Estudios de la Atmósfera del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). Su investigación sobre la destrucción del ozono en el territorio antártico comenzó en la Primera Expedición Científica Española a la Antártida en 1986, que continuó como colaborador de la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología en el Programa Antártico Español, Secretario del Comité Nacional de Investigación Antártica de España, delegado en el Scientific Committe on Antárctic Research y jefe de la base antártica española Juan Carlos I durante varias campañas.

A su labor científica suma una larga trayectoria divulgadora, como coordinador y editor de varias publicaciones especializadas en temas medioambientales, director de la Unidad de Cultura Científica del INTA y autor de libros como ‘Antártida: El agujero de ozono’, primer título en castellano sobre este tema. Su contacto con el continente helado le hizo investigar y profundizar en la llamada Edad Heroica de la Exploración Polar, etapa sobre la que ha publicado varios títulos, entre los que destacan ‘ Amundsen-Scott: duelo en la Antártida’, ‘Shackleton, el indomable’, ‘Nansen. Maestro de la exploración polar’ y ‘ Yo, el Fram’.


Transcripción

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Javier Cacho. Soy Javier Cacho. Soy físico, científico y escritor. Y creo que no voy a ser un buen ejemplo para vosotros, porque yo era… no diré un pésimo estudiante, pero sí bastante mediocre. Mi madre solía decir que me pasaba la vida en las nubes. Y es cierto. Recuerdo perfectamente cuando leí por primera vez el cómic de Tintín ‘Objetivo: la Luna’. Esa portada que tiene, que se le ve a Tintín con el capitán Haddock, mirando ese cohete que acaban de construir. Pues aquello me motivó. “Yo quiero hacer algo parecido”. Bueno, trabajé en un centro de investigación espacial, no llegué a la Luna como Tintín, pero bueno, más o menos me aproximé. Tampoco he sido capaz, de pequeño, de tener claro qué iba a ser de mayor. Ahora soy escritor, pero cuando tenía vuestra edad leía poquísimo. En el último año de bachillerato, don Emilio, mi profesor de Físicas, me dejó un libro, de Holton y Roller, que era ‘Fundamentos de la Física Moderna’. Un tocho así. Me lo leí entero, sorprendentemente, porque contaba no solamente los fundamentos de física, no hablaba solo de física, hablaba de la vida de los científicos, de qué es lo que hacían en su tiempo libre. Se centraba en la Europa de comienzo del siglo XX y cuando, sobre todo en Alemania, se gestó toda la física moderna. Y aquello me fascinó, tanto que dije: “Físico. Decidido”. Vale. Bueno, un desastre. Un desastre de carrera. Iba a clase por las tardes y me pasaba todas las mañanas con otro amigo que estaba igual de chiflado que yo, en la Biblioteca Nacional, leyendo libros de física, que nos los intercambiábamos.

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“Mira qué estupendo este capítulo, que habla de la electricidad electromagnética…” y ya está, yo me lo leía. Claro, eso era para nada lo que querían los profesores. Repetí primero. Dudé si debía seguir con Física o no seguir con Física y un día les planteé a mis padres: “Mirad, que he pensado que voy a hacer Geología”, que me gustaba mucho, la verdad sea dicha. Mirad, se miraron el uno al otro, no dijeron nada, pero como en las viñetas de los cómics, yo vi que ponía: “No vamos a sacar partido de este hijo”. Y dije: “Bueno, voy a intentar seguir con Física”. Bueno, logré pasar los tres primeros cursos de Física y entré en especialidad. Elegí Física de la Atmósfera. Nubes. Claro. Volví a lo que yo quería, ver nubes. Bueno, todo cambió. No lo vais a creer. Yo tampoco. Y mi padre, menos. No es que aprobase las asignaturas, es que sacaba matrículas en todas. Empecé a colaborar con la universidad y, sorprendentemente, antes de terminar la carrera ya tenía una oferta de trabajo en la Comisión Nacional de Investigación del Espacio. Nuevamente, el espacio, nuevamente, Tintín. Para estudiar… No para ir a la Luna, sino para estudiar, en este caso el ozono. Bueno, estuve bastantes años estudiando el ozono, hasta que apareció la masiva destrucción de ozono en la Antártida que todos conocemos como “agujero de ozono”. Y claro, yo era uno de los pocos, poquísimos; se podían contar con los dedos de la mano, menos de los dedos de la mano: cuatro. Había cuatro expertos en ozono en España en aquellos momentos y España, en ese momento, coincidió con que estaba preparando su primera expedición científica a la Antártida.

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Claro, y de los cuatro, el único loco para irse a la Antártida cuatro meses era yo, claro. Y efectivamente. Y ahí me fui, a la Antártida a estudiar el agujero de ozono. Y, ¿qué ocurrió? Pues dos cosas, que evidentemente cambiaron mi vida por completo. La primera, me enamoré de la Antártida. Totalmente, totalmente. Y la segunda, cuando regresé, me encontré con que la sociedad quería saber qué pasaba en la Antártida, qué estaba ocurriendo, qué era eso del agujero de ozono, por qué era peligroso, por qué teníamos que dejar de utilizar espráis y los CFC arriba y los CFC abajo… qué estábamos haciendo con el planeta. Y me encantó podérselo explicar. Me di cuenta, ya me había dado cuenta antes, de que lo que yo tengo es alma de divulgador. A mí lo que me gusta es aprender, por supuesto, eso es inherente. Lo llevamos en el DNA los seres humanos: aprender, conocer… pero luego contarlo. Volví a la Antártida dos veces, como científico a seguir estudiando el agujero de ozono. Una de las veces en invierno. Cuatro meses. Bueno, no todo era invierno, pasé parte de la primavera. Después, posteriormente comencé a trabajar en el Programa Antártico Español y volví a la Antártida de nuevo en tres ocasiones, en tres campañas, como jefe de la Base Antártica Española. Ya toda mi vida ha girado alrededor de la Antártida y los últimos años, pues he hecho una ilusión, que es escribir el libro sobre historia de la exploración polar. Claro, desde que fui a la Antártida quise saber quién había ido primero a la Antártida, que habían hecho allí, cómo habían vivido, cómo habían resistido esas temperaturas, ese aislamiento, todo eso quería saberlo. Y empecé a estudiar todo lo que llamamos “la edad heroica de la exploración polar”, que es un período comprendido entre 1900 y 1922. Y después empecé a escribirlo. Alguien me dijo: “Oye, que estas cosas que nos cuentas no las sabemos. La gente normal no las sabe. ¿Por qué no lo pones por escrito?”. Y efectivamente, fue lo que hice, ponerlo por escrito. Y llevo seis libros y lo que te rondaré. Y ahora estoy aquí dispuesto a que me preguntéis y contestaros lo mejor que pueda a vuestras preguntas.

La Antártida, un continente para la paz y la ciencia. Javier Cacho
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“Mi día a día en la Antártida se resume en: trabajar, trabajar, trabajar”

Javier Cacho

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Andrea. Hola, Javier, mi nombre es Andrea y me gustaría que nos contases un poco cómo era tu día a día en la Antártida y qué era lo que hacías cuando estabas trabajando allí. Muchas gracias.

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Javier Cacho. Pues mi día a día en la Antártida, Andrea, se resume en una palabra, o en una palabra triple: trabajar, trabajar, trabajar. Los datos que los científicos obtienen en la Antártida son fantásticos. A la Antártida va muy poca gente. Van muy pocos científicos, con lo cual cualquier dato de allí es valiosísimo. Si tú mides la temperatura en la sierra de Madrid, pues la han medido treinta mil personas, con lo cual ese dato vale para una climatología, pero poco valor tiene. En la Antártida, cualquier temperatura que midas, no la ha medido nadie antes, más o menos, con lo cual eso tiene un gran valor para la carrera científica de esa persona. Con lo cual, el científico está dispuesto a trabajar horas y horas y horas y horas. Yo recuerdo que, en una de las expediciones que hice a la Antártida como científico, dormía cuatro horas al día. Y como eso lo tengo muy claro, cuando he sido jefe de base obligaba, obligaba entre comillas, a los científicos a que descansasen. Es verdad, no querían descansar. Llegaba el sábado y el domingo y querían seguir trabajando. Y terminábamos de cenar y se iban a trabajar. Entonces, tuve que inventar truquitos para sacarles un poco de allí, porque tampoco era bueno. Tampoco era bueno. Era bueno que se despejara en un poco. Seguro que iba a ser mejor para su trabajo, porque lo sabía yo, porque lo había experimentado. Y, después de cenar, les decía: “Nos vamos a una pequeña excursión, una pequeña marcha de una hora”. Es que allí es de día, toda la noche es de día. Con lo cual, después de cenar nos íbamos a caminar por ahí y salían un poquito de su mundo. Y cuando llegaba un sábado, un domingo, a algunos tuve que obligarles diciendo: “No, no. Nos vamos de excursión a Punta Jana a ver pingüinos. “Es que tengo mucho trabajo”. Es igual. Hoy, vas a ver pingüinos, no has visto pingüinos en la vida. Estás en la Antártida, ¿qué vas a contar tú a tu familia, a tus amigos de dónde has estado? Hoy te vienes con nosotros a ver pingüinos.
Y le cogía de la oreja y nos íbamos. Y luego me lo agradecía. Y se pasa mal en la Antártida también. No sé qué idea tenéis vosotros de la Antártida. Los documentales siempre nos dan una idea tan idílica de la Antártida que todos nos sentimos muy atraídos. Se pasa mal. Por muchas razones. Primero, hay muchos peligros y eres consciente de ellos. Eres consciente de que si vas en la Zodiac y te caes de la Zodiac, si no llevas el traje de supervivencia bien cerrado y bien preparado, pues duras vivo tres o cuatro minutos. Te mueres de hipotermia, en el tiempo que tarda la Zodiac en volver a recogerte, la has cascado. Si vas por el glaciar y caes en una grieta, la has cascado. Estás trabajando con tractores, con soldadura, con vehículos pesados y te puede saltar una chispa en un ojo. Te puedes caer y romperte una pierna. Claro, igual nos puede pasar aquí en Madrid, diréis. Claro, en Madrid, en donde sea, pero con una diferencia: que aquí directamente llamas al 112 y te pase lo que te pase, te lo resuelven inmediatamente. Si tienes un infarto, pues no pasa nada, el 112 te lleva, te va dando asistencia mientras que vas al hospital. Pero ahí no hay 112. Si tienes una enfermedad grave, grave, una apendicitis, pues las probabilidades de que te lleven a operar a un lugar, si el tiempo es bueno y si es verano y cosas así… pues puede ser una semana. Te tienen que sacar en avión, en barco. Una logística complicadísima. Y eso lo tienes aquí. Lo tienes dentro. “Como me pase algo, aquí se ha terminado todo”. Y lo pasas mal por la gente que has dejado fuera, aquí.

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Porque no sabes qué les está pasando a ellos y porque los miedos aparecen y los temores. ¿Y si mi padre tiene un infarto? ¿Y si mi hija tiene un accidente de tráfico? Y eso lo tienes ahí delante, lo tienes dentro de ti. Tus miedos de que te pase algo y los miedos de que le pase algo a la gente que quieres y no poder estar con ellos. Eso es muy humano. Después se pasa mal también por la convivencia. Yo la primera vez, la segunda vez que fui a la Antártida, a una base argentina. Hacía mucho frío y un argentino me dijo: “Che, aquí el frío, no se pasa mal por el frío. Aquí se pasa mal por la convivencia”. Pues sí, claro. Estás viviendo en una base con diez personas, cada uno de su padre y de su madre, que os habéis conocido allí. Cada uno con su forma de ser, en tensión por el trabajo. Y esa tensión hace que surjan los problemas de convivencia entre la gente. Yo, como jefe de base, mi labor fundamental era la de ser padre prior. Estar pendiente de la gente. Ver si dos se enzarzaban o no se enzarzaban por cosas banales. Si uno estaba preocupado, si uno estaba alicaído… La convivencia es muy dura en la Antártida. Pero, pese a todo, merece la pena. Creo que no encontraréis a nadie que haya ido a la Antártida y que diga que no merece la pena.

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Gabriel. Hola, Javier, yo soy Gabriel y, bueno, estudiaste en los años ochenta el agujero de la capa de ozono y me gustaría saber qué te interesó de ello y cómo ha ido evolucionando.

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Javier Cacho. Entonces nadie hablaba del agujero de ozono y yo, no sé por qué, me pareció un gas fantástico, interesantísimo. Un gas que está en una concentración muy baja en la atmósfera pero que juega el papel fundamental de protegernos de la radiación ultravioleta peligrosa. Hay otros gases, cuya concentración en la atmósfera es más alta que el ozono, como la kriptonita. El kriptón, que a todos nos recuerda a Superman, el kriptón. Pues hay más kriptón en la atmósfera que ozono. Y, sin embargo, nadie habla de él. La Comisión Nacional de Investigación del Espacio trajo a España uno de los primeros equipos para medir el ozono atmosférico. En ese momento había cincuenta equipos distribuidos por todo el mundo y querían ponerlo en marcha. No tenían gente para ponerlo en marcha. Me presenté voluntario para ponerlo en marcha y, a partir de aquel momento, ya toda mi vida se centró, lógicamente, en el tema del ozono. Fue cuando… Pero pasé muchos años en que el ozono era un gas que lo estudiamos cuatro chalados, viendo el contenido, las concentraciones, la polución, la relación con otros compuestos de la atmósfera. Cuatro chalados en el planeta, nadie más. Hasta que, de repente, un chalado más chalado que todos, que había estado en la Antártida, un japonés, vio que ahí se destruía el ozono, dio la voz de alarma y ya. 1984, y ahí comenzó a rodar una pelota a toda velocidad.

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Los científicos ingleses dijeron: “Sí, a nosotros también nos sale, se está perdiendo el ozono en la Antártida”. Los americanos, que tienen una estación en el Polo Sur geográfico: “Sí, se está perdiendo en la zona de la Antártida”. Una cosa tremenda. Una destrucción masiva de ozono durante unos meses, en una extensión inmensa, porque la Antártida es inmensa y que no sabíamos, cada año, se vio que era cada vez más grande el agujero de ozono. Y dices: “Bueno, se saldrá de la Antártida, seguirá avanzando por Sudamérica, por el hemisferio sur…”. Y claro, si se perdía el ozono pasaban ese montón de cosas que todos sabemos: aumento de radiación ultravioleta, por tanto casos de cánceres, problemas oculares y grandes problemas, evidentemente para todos, pero también para el mundo animal, porque nosotros nos podíamos haber resuelto el tema, íbamos con paraguas o con sombrilla, ya no nos da la radiación ultravioleta, nos poníamos unas gafas de sol y resuelto, pero, claro, no íbamos a poner gafas de sol a dos millones de ovejas. Claro, los problemas que podíamos tener eran tremendos y el agujero de ozono nos hizo ecologistas a todos. Veíamos que había contaminación, en la ciudad: “Bueno, como hay muchos coches… Pero luego se va, se la lleva, cambia, llueve y desaparece”. “¿La contaminación que producimos los humanos? No es nada. Es una gota de agua en un océano”. Y de repente, los científicos descubrimos el agujero de ozono y los científicos descubrimos las causas. Y las causas eran esos gases. Los clorofluorocarburos. Uno de ellos se empleaba como propelente en los espráis, en los espráis del desodorante. Ese gas que emitías recorría todo el planeta, llegaba la Antártida, al lugar más limpio, y ahí provocaba la destrucción masiva de ozono. Nos hizo globales. Comprendimos que era un mundo interconectado y te decía el japonés, aquel loco, que en el ochenta y cuatro dijo que se pierde el ozono en la Antártida.
La NASA lo dijo en el 86. Empezaron a ir expediciones de científicos, yo entre ellas, aunque mi trabajo no fue importante, y los otros detectaron las causas y en el ochenta y siete, en tres años, se firmó el Protocolo de Montreal para prohibir la emisión de esos compuestos a la atmósfera. Un mundo que no era ecologista, que no se creía nada de lo que decíamos, que no se creían nuestras advertencias. En tres años cambiamos la mentalidad del planeta. Bueno, no mucho, porque ya veis que los problemas se mantienen. ¿Cuál era el problema de estos gases? Ya lo sabéis, que permanecen mucho tiempo en la atmósfera, la contaminación de las ciudades, la contaminación que llueve y se precipita al suelo. ¿Qué hace el viento? Se lo lleva y la disuelve. Estos gases permanecen, algunos, hasta cien años en la atmósfera. La lluvia no les precipita. Entran en contacto con hojas y es como… Con el mundo vegetal, o rocas, que es como se elimina la contaminación, y estos gases tampoco lo hacían. Y en esos cien años, ochenta años que tenían, llegaban a la Antártida y, poquito a poquito, a partir del año 2000, se comenzó a ver una recuperación en el ozono de la Antártida. Cada vez había menos agujero de ozono. A partir del año 2000. Estamos hablando del 1985, quince años después empecé a notar lo que decíamos los científicos: “En el año 2000 ya empezará a mejorar”. Si este programa lo hubiésemos grabado hace dos años, yo hubiese dicho: “Es la primera gran victoria medioambiental que hemos logrado. Estamos terminando con el agujero de ozono”. Por desgracia, en los últimos dos años esa recuperación del agujero de ozono ha parado y no sabemos por qué. Pero nos ha cambiado la mentalidad. Y yo creo que todos somos mucho más receptivos a proteger más este entorno en el que vivimos.

17:58
Chico 1. Hola, Javier. Tú has pisado la nieve de la Antártida y también has visto el deshielo. ¿Qué cambios has observado en ese tiempo?

18:06
Javier Cacho. A los científicos no nos gustan mucho las informaciones subjetivas. Mi opinión de qué he observado en la Antártida a un científico no le gusta. Necesitamos datos contrastables. Te voy a decir lo que he visto en la Antártida, sin lugar a dudas, pero claro, los científicos buscan medidas, repetir la medida muchos años en el mismo sitio. Eso es lo que importa. Ese estudio es lo que importa, no que llegues a un sitio y digas: “Pues me parece que hay menos nieve que el año pasado”, o: “Me parece que hay más nieve que el año pasado”. Bueno, pero con esa salvedad de poner en su lugar al método científico, te diré que sí. Yo, en la Antártida, en la zona donde estábamos, es una zona periférica de la Antártida, el extremo de la península antártica. Es un lugar donde siempre se ha hablado de que las alteraciones climáticas se iban a notar, los cambios climáticos se iban a notar antes que en otras partes de la Antártida. Ahí se nota. Yo recuerdo un año, de ir a la Antártida, habían pasado cinco años desde la vez anterior que había ido. Digo: “Vámonos a la cueva de hielo”. Había un glaciar que terminaba allí, en la bahía, y había una cueva de hielo preciosa, para hacerse unas fotos, con unos azules espectaculares. Digo: “Venga, vámonos a la cueva de hielo” y me dicen: “Ya no hay cueva de hielo”. “¿Cómo?”. Efectivamente, fuimos al glaciar y el glaciar había retrocedido cincuenta metros, ya no había una cueva de hielo. También ves en la bahía, ves: “Allí, antes, el glaciar terminaba en el agua de la bahía y ahora hay rocas”. Las rocas no las ha puesto nadie. Es que el hielo ha retrocedido. Sí, se nota, incluso pese a esta apreciación tan subjetiva de la que yo no me fío, pues, pese a todo, sí. He recorrido Groenlandia, he visto partes de Groenlandia y, efectivamente, se nota lo mismo o más. O más. Recuerdo una vez que fui con un compañero que había estado en esa zona quince años antes y estuvimos haciendo las mismas fotos que había hecho quince años antes y era evidente el retroceso del glaciar. Evidente.

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Incluso lo ves físicamente, ves las montañas peladas, en la zona con los glaciares, cuando pasan lo arrasan todo y ves que efectivamente, es zona que… Cómo ha arrasado y todavía no ha dado tiempo al mundo vegetal a colonizarlo. Luego, verdaderamente, está retrocediendo. Las cosas están mal, especialmente en el Ártico. Más que en la Antártida, la Antártida es muy grande, extraordinariamente grande. Bueno, ya sabéis la diferencia. La Antártida es un continente y en el centro del continente tenemos una capa de tres kilómetros de hielo bajo nuestros pies y, en algunos lugares, hasta casi cinco kilómetros de hielo bajo nuestros pies. El Ártico, no, el Ártico es un mar congelado y, como mar congelado, un metro, dos metros o como mucho, tres metros de hielo. Y el hielo, cuando llega el verano, se funde la mitad, o una parte importante. El Ártico tiene una mayor sensibilidad al cambio climático que cualquier otra región del planeta. Los efectos del cambio climático se multiplican por tres en la zona del Ártico. En cuarenta años, se han perdido dos millones de kilómetros cuadrados de hielo ártico, de ese mar congelado, dos millones de kilómetros cuadrados. España tiene quinientos mil kilómetros cuadrados de superficie. O sea, una superficie de cuatro veces España en cuarenta años. Y en los últimos veinticinco años o veinte años, se ha perdido un tercio del volumen del hielo ártico. Estamos perdiendo el espesor del hielo. Antes, en el Ártico había hielo. Hielo viejo, que llaman los glaciólogos, que tenía en una capa de hielo desde tres, cuatro y cinco metros de espesor, que cuando llegaba el verano se descongelaba un poquito, pero no del todo. Todo eso lo estamos perdiendo. Está disminuyendo el volumen de hielo y haciendo un hielo mucho más frágil.
Cuando llega el verano le da el sol, se funde y, cuando se funde, el albedo hace la reflectividad de la radiación solar sea mucho más baja y, por lo tanto, lo absorbe el agua del mar. Calienta el agua del mar y funde el hielo de los alrededores. En el Ártico es tremenda la situación, en la Antártida, no tanto. En la gran tarta de la Antártida, en la gran zona, las dos terceras partes de la Antártida, esa es muy estable. Creemos que no va a pasar nada y no nos atrevemos casi a pensar cómo puede evolucionar, porque no tenemos experiencia pasada. De cómo ha sido antes, hace cien años, hace doscientos años, hace quinientos años, hace medio millón de años. No tenemos experiencia pasada. En cualquier caso, como este planeta es muy curioso, cuando el hielo desaparece en el Ártico, el hielo aparece en la Antártida. Tenemos ahí unos cambios extraños que pasan de un año a otro, de un periodo a otro periodo. Está complicada la cosa. Yo creo que tenemos que hacer algo más por cuidar este planeta.

La Antártida, un continente para la paz y la ciencia. Javier Cacho
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“La Antártida es un continente para la paz y la ciencia: desmilitarizado y sin fronteras”

Javier Cacho

23:08
Paula. Hola, Javier, soy Paula y he leído que tienes una isla en la Antártida con tu nombre. ¿Nos podrías contar un poco más sobre esa historia?

23:15
Javier Cacho. Bueno, Paula, lo de mi isla es una larga historia. Que me gustaría enmarcarla un poquito, porque si no, no se entiende. Me gustaría enmarcarla dentro de la Antártida, de un continente para la paz y para la ciencia, donde no hay fronteras. Desmilitarizado. Y donde los países cooperan, realmente. Os podría contar anécdotas de cooperación entre países sorprendentes. Yo estuve en la Antártida, la última vez, hace dos años. Un poquitín antes de la pandemia. Me habían invitado los científicos búlgaros a estar en su base y fuimos a la Antártida desde Puntarenas, en un avión portugués, que llevaba científicos portugueses. Y fui yo y todos mis compañeros búlgaros. Un avión portugués. Llegamos al aeropuerto de la base de Rey Jorge y allí nos esperaba un barco chileno, que me llevó a la base búlgara. Después de pasar mes y medio en la base búlgara, un barco español, el Hespérides, nos llevó de vuelta a la isla de Rey Jorge, donde nos esperaba un avión… ¿Dije portugués al principio? Lo dije mal. Brasileño. El primero fue brasileño y el segundo fue portugués. No pagué nada. Ni yo, ni ningún programa antártico pagamos. Es cooperación. “Necesito llevar a cinco investigadores a tal isla. ¿Quién puede?”, “Tengo un avión en el que voy a llevar a investigadores a mi base. Me sobran 30 plazas. Si alguien las quiere, que se venga”. Que sea investigador, que ya os veo. Que alguno está pensando en marcharse.

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Y ese es el ambiente que hay la Antártida. Cooperación entre naciones y solidaridad entre personas. Primero, eso. Segundo, la Antártida es muy grande. Es como treinta veces España y en verano hay sesenta bases. Sesenta bases en treinta veces España. O sea que es como si tienes una base en Valencia y la siguiente base la tienes en Vigo. O sea, que no te ves mucho, porque entre medias todo son hielo y glaciares. Hay algunos sitios donde las bases están más próximas, sin lugar a dudas. Y nosotros hemos tenido la suerte de que nuestra base en la isla Livingston, una de nuestras bases antárticas, la de Juan Carlos I, de la que yo fui jefe de base. Pues esta, en esa isla, los búlgaros, el Programa Antártico Búlgaro, puso otra base muy cerca de la nuestra. Bueno, Livingston es una isla como Mallorca. Pues bueno, tuvimos suerte y la pusieron al lado, a cinco o seis kilómetros. Y tuvimos mala suerte, porque hay un glaciar entre medias. Luego, no podemos ir a visitarles cuando queremos. Tenemos que dar una vuelta gigantesca por el glaciar, que es peligrosa. O tenemos que ir en Zodiac cuando el tiempo lo permite. Entonces, tenemos la suerte, nosotros, de tener a alguien con quien ayudarnos, a quien tener cerca. Entonces, España es un país de grandes recursos, Bulgaria es un país de menos recursos. El Programa Antártico Búlgaro, cuando comenzó, tenía muy poquitos recursos y España le ayudó muchísimo. Nuevamente, iban en barcos españoles, los españoles les llevábamos el material… Eso en plan de países y de organizaciones. Y después os hablaba de la solidaridad entre las personas. Yo era jefe de la base española e hice todo lo posible por ayudar a los compañeros científicos de la base búlgara.

26:55

En ese día a día en el que ellos muchas veces lo estaban pasando muy mal. Muy mal. Y tuvimos también reciprocidad. Y yo sabía que si teníamos un problema podíamos contar con ellos. Esos problemas que yo os decía, que allí no tienes al 112, no tienes a emergencias a quien llamar, con lo cual, te viene muy bien tener a alguien que te pueda ayudar. Primero eso, que te da mucha tranquilidad. Y, luego, tenían médico. Y con el médico me ocurrió una cosa fantástica. Fantástica. Fue un día que teníamos una emergencia médica en nuestra base. Llamé y digo: “Oye, tenemos esto. Nos pasa esto. Vamos a ir a buscar al médico vuestro. ¿Os importa?”, “No, os estamos esperando en la playa”. Vale, entonces teníamos que ir en Zodiac, que era el sistema más rápido. Llegamos a la playa y el experto en Zodiac me dijo: “Oye, que el mar está muy mal, pero muy mal, muy mal”. Y yo, imperial, le dije: “Ya lo sé, pero tenemos que ir”. Qué bien sonó, ¿verdad? De Madrid. Yo no sabía nada, evidentemente, del mar. Nos metimos en la Zodiac y bueno, el ir a la base búlgara fue, efectivamente, muy peligroso. Teníamos una franja, había mucho hielo, la marea lo estaba trayendo hacia nosotros, no podíamos pasar con la Zodiac por el hielo, nos estaba arrinconando sobre sobre unos acantilados, unas rocas y, bueno, nos costó mucho llegar. La verdad es que nos costó mucho llegar. Y tenía razón mi compañero, era muy peligroso. Pero bueno, hay veces que las cosas las haces porque las haces. Y llegué allí, llegamos a la base, nos estaban esperando. Recuerdo perfectamente al médico búlgaro, con un traje, preparado, con agua hasta la cintura. Llegó la Zodiac. Nos pusimos al lado. Había otros compañeros búlgaros para ayudarnos con el movimiento de la Zodiac.
Es que lo estoy viendo, y estoy viendo mirar al médico y decirle: “El mar está muy mal, nos vamos a jugar la vida”. Y se encogió de hombros y dijo: “Soy médico”. Efectivamente, volvimos. Y volvimos un poco apurados, o bastante apurados, pero volvimos. O sea que esa ayuda es recíproca. Y en ese contexto de reciprocidad, pues de repente, decidieron poner un nombre a mi isla. No porque yo sea un gran científico, no porque yo haya descubierto la isla, sino porque quisieron. Es una isla que no tenía nombre, pequeñita. Es una isla muy pequeñita. No es como el mar de Amundsen o la costa de Scott o el glaciar Shackleton. Es Isla Cacho, es una cosa pequeñita, pero le han puesto mi nombre. Y entonces, claro, lógicamente ahí no vale poner nombres quien quiera. Lo solicitas, lo presentas a la máxima autoridad antártica, que es quien decide si procede o no procede. Entonces, entre las causas que pusieron estaban mi trayectoria de científico en la Antártida, mi labor de divulgación de la Antártida. Es verdad, he hablado mucho. Pero, sobre todo, lo que a mí me gusta más es: “Por el apoyo que ha hecho el Programa Antártico Búlgaro” y gracias a eso tengo una isla en la Antártida, por tratar de ser buena persona. O sea, que merece la pena tratar de ser buena persona, porque a veces, no sé si siempre, pero a veces la vida te lo recompensa.

30:46
Kilian. Hola, Javier, me llamo Kilian. Para ti, ¿qué características tenían que tener los exploradores para sobrevivir en la Antártida? Muchas gracias.

30:54
Javier Cacho. Pues la primera característica la he tomado de Shackleton, a Shackleton una vez le preguntaron: “¿Qué busca usted en sus hombres? ¿Cómo elige sus hombres?”. Y dijo: “Elijo optimistas”. Decía que para él lo importante era elegir gente optimista, porque decía: “El optimista lo puede todo”. El optimista, aunque haya muchas dificultades, sigue adelante, aunque la cosa esté muy mal, es optimista, está convencido de que va a poder salir. Luego, la primera, sin lugar a dudas, es el optimismo. Y me parece bien mantenerla ahí. La siguiente. Bueno, yo no la pondría por orden de importancia. Optimismo. Las podemos poner al mismo nivel, cuatro. Optimismo. Perfecto. Profesionalidad. Hay que prepararse. Hay que prepararse muy bien para ser explorador, para cualquier cosa en la vida, hay que prepararse muy bien. ¿Por qué ganó Amundsen en esa carrera con Scott? Porque era un profesional que se había preparado toda su vida para lo que quería ser: ser explorador polar. Y Scott era un capitán de la marina mercante que se había preparado para ser capitán de la Marina mercante y con un poco de suerte, llegar a Almirante.
Claro, el otro no, se había preparado como explorador. Profesionalidad. Prepararse, prepararse, prepararse. La tercera: entusiasmo, claro que sí. El entusiasta, según la Real Academia de la Lengua, es la persona que está tocada por un don divino, más o menos, por un dios. Viene de una palabra griega, que es eso, te han tocado con una pasión, meter el corazón en lo que se hace. Y la cuarta, humanidad. Ser capaz de pensar primero en la vida de los que van contigo, en tu propia vida, y en la vida de los que van contigo. Mira, Shackleton, segunda vez que intenté llegar al Polo Sur se quedó a ciento y pico kilómetros, después de haber hecho mil trescientos y pico, se quedó a unos ciento y pico kilómetros. Y retrocedió porque no tenía comida suficiente y si hubiese seguido, una semana más para seguir y una semana más para volver y, luego, dos meses más, no habría tenido comida para la vuelta, y habría muerto alguno de sus compañeros. Decidió dar marcha atrás. En montañismo pasa igual. Lo difícil es volver, cuando ves que no lo puedes conseguir. No emperrarte ahí, sino volver, por salvar la vida de tus compañeros. Ser humano. Nansen lo dijo también muy claro: “El polo no vale una vida”. Hemos dicho optimismo, hemos dicho profesionalidad, hemos dicho entusiasmo y hemos dicho humanidad, ser humanos. Yo creo que vale para todo. Vale para los exploradores polares, vale para los ingenieros, para los médicos, vale para ser ama de casa. Valen para todos nosotros, esas cuatro cualidades. A lo mejor podemos pensar y sacar alguna más, pero bueno, yo creo que con esos cuatro puntos cardinales nos puede servir.

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Leiva. Hola, soy Leiva. ¿Nos podrías contar la historia de los exploradores que compitieron por llegar primero al Polo Sur, por favor?

34:09
Javier Cacho. Es una carrera sorprendente. Sorprendente, porque Scott preparó su expedición hacia el Polo Sur. Y Amundsen estaba preparando una expedición hacia el Polo Norte y, de repente, llegó a alguien al Polo Norte antes que él. O dijo que había llegado al Polo Norte antes que él y dijo: “¿Para qué voy ir yo al Polo Norte? Ya han llegado. Voy a buscar el Polo Sur, que es un gran trofeo, que no ha llegado todavía nadie”. Y entonces cambió sus planes para irse al Polo Sur. Y coincidieron los dos. Llegaron a la Antártida separados por dos semanas. Acamparon… Os he dicho que la Antártida era muy grande. Treinta veces España. Pues los dos la empezaron por la costa valenciana, por el mismo sitio. Podían haber empezado uno por aquí y el otro por el otro extremo de la Antártida. No, los dos empezaron por el mismo sitio y prácticamente a la misma distancia. A la misma distancia del polo, uno que el otro. Prácticamente a la misma distancia. O sea, que tenemos el momento ideal para la competición. Claro, después ahí cambian las cosas. Y tenemos que fijarnos. Amundsen, noruego, un profesional de la exploración, que había hecho el Paso del Noroeste, que había convivido con los inuit, con los esquimales, que había aprendido de ellos. Aprender de un pueblo que estaba en la Edad de Piedra, eso no lo hacían los ingleses, ni nosotros. Él dijo: “Son mis maestros del frío”. Y en esa expedición aprendió de ellos muchas cosas. A muchas cosas, que no vienen al caso, pero quizás la más importante es que los trineos, tienen que ser perros los que tiren de los trineos. ¿Cómo iban vestidos los esquimales, los inuit? De pieles.

36:00

Venía de Noruega, la cuna del esquí. Amundsen tenía esquíes y con esas tres cosas formó un equipo: trineos tirados por perros, hombres vestidos de pieles, esquíes y grandes esquiadores. Eligió a todos esquiadores, que fuesen con él. Uno, incluso un campeón nacional. Scott: los británicos. Estamos en la potencia hegemónica del momento. Estamos en 1910. ¿Cuál era su cultura? La cultura del motor. Y llevaron trineos motorizados. Llevaba tejidos, la lana, lana inglesa, dijeron: “Esto es la mejor lana que hay. Somos nosotros los mejores”. Y con eso iniciaron una competición. Más que una competición entre Amundsen y Scott, más que una competición entre un equipo noruego y un equipo británico, era una competición de culturas. No lo sabían, ellos. Una competición de culturas. Amundsen representaba la cultura de los antepasados, de las técnicas ancestrales para moverse en el hielo y Scott representaba a la nueva cultura. Los perros no le gustaban y decidió llevar caballos, que había llevado Shackleton antes, y decidió tirar, que los hombres tirasen de los caballos y los trineos y todas estas cosas. Y ahí compitieron, ahí compitieron los dos. Y fue muy duro para los dos. Evidentemente, para los dos equipos fue durísimo y ya sabéis el resultado. El resultado fue que ganó Amundsen. Llegó al Polo y dejó allí una tienda para certificar, diríamos, que había llegado al Polo. Dejó una carta para el capitán Scott y después, un mes después, un mes y unos días después, llegaron los británicos. Claro. ¿Qué pasó con los ingleses?
Pues fijaros, el cinco de diciembre, los ingleses llegaron al glaciar Vernon. Miraron. No hay pisadas. No hay noruegos. “Vamos a ser los primeros en llegar al Polo”. Y un día antes de llegar al Polo, se encuentran una bandera de señalización de la ruta de los noruegos. Durísimo. No, no, habéis puesto cara, pero no os podéis imaginar lo que era eso. Y tuvieron que llegar y tuvieron que volver. Tuvieron que volver. Y la vuelta se les da muy mal, por muchas razones que no vienen al caso. El tiempo en la Antártida cambió rápidamente, bajó la temperatura, porque no se sabía cómo va la temperatura. Amundsen regresó rápidamente. Todavía le pilló buen tiempo. Ellos iban con un mes y pico de retraso. Se les fue complicando, murió una de las cinco personas, de las cuatro personas que acompañaban a Scott. Murió, tuvo un derrame cerebral, no se sabe muy bien. Luego tuvo una caída y murió. Y siguieron avanzando. Bajaron mucho las temperaturas. Después, llevaban mucho tiempo, la comida; no estaban aportando el número de calorías al organismo que estaban perdiendo y entonces, como no aportaban lo suficiente, pues el cuerpo saca las cosas de las reservas. Claro, estaban cada vez más cansados, cada vez avanzaban menos, cada vez avanzaban más lentos. Y otro de los compañeros de Scott empezó a tener problemas de congelaciones. No podía casi caminar, no podía empujar el trineo, con lo cual se había convertido en una carga para ellos. Y en un momento determinado, una mañana les dice: “Voy a salir fuera. Puede que tarde un poco en volver”. Y no volvió. Ellos sabían, cuando le vieron salir, que se había inmolado para darles una oportunidad, porque iban más lentos por su culpa.

39:50

Bueno, siguieron avanzando y cuando estaban a dieciséis kilómetros de un depósito de comida que tenían, la comida la vas dejando según subes y como nadie te la quita, tampoco hay animales que te la quitan, a la vuelta la vas recogiendo. Cuando estaban a dieciséis kilómetros de un depósito de comida, les pilló una tempestad que duró bastantes días. Se estima que duró siete días y en ese momento llevaban, me parece recordar, que era comida para tres días y combustible para dos. El combustible es importante porque es con lo que calientas la comida y cuando pasó ese tiempo y la tormenta siguió fuera, pues era evidente que no podían llegar. ¿Por qué recordamos a Scott? Pues recordamos a Scott porque la pluma es más afilada que la espada. Los exploradores polares suelen ser muy malos escritores. O eres explorador o eres escritor. Scott sabía escribir y escribió estupendamente. Y esos momentos, ese enfrentarse a la muerte, los puso por escrito. Y escribió unas cartas preciosas. Si conseguís recordarlas, hay una carta en que está muriendo con dos de sus compañeros, con Wilson, el médico de la expedición, que era su amigo íntimo, y escribe una carta a su mujer, a la mujer de Wilson y le dice lo que está pasando y le dice: “No me ha reprochado el haberme metido en este embrollo”. Son palabras suyas. Le dice: “No te preocupes, porque en sus ojos brilla un azul de esperanza. Se siente sereno por la seguridad de que forma parte de un plan divino”. Wilson era muy religioso. Scott era ateo. Y le escribe eso a la mujer. A la madre de Bowers, que no estaba casado, le escribe también unas cartas preciosas. Y escribe en una carta en la que da cuentas al pueblo británico, él es consciente, él venía porque el pueblo británico le había financiado la expedición. Se sentía responsable con el pueblo británico.
Entonces escribe una carta al pueblo británico, en que le cuenta las razones del fracaso de la expedición y termina diciendo: “Si hubiéramos vivido… Si hubiéramos vivido, hubiese escrito una historia del valor y coraje de mis compañeros que hubiese conmovido el corazón de los británicos. Tendrán que ser estas tristes notas garabateadas y nuestros cuerpos sin vida quienes la cuenten”. La carta, los expertos en grafología, dicen que está escrita a trocitos. Claro. Sacaba las manos del saco de dormir para escribir un poquito. Se le congelaban y las metía dentro. Y termina: “Es una pena, pero creo que ya no puedo escribir más”. Y su última frase es: “Por el amor de Dios, cuidad de los nuestros”. De su familia. Es esa la larga historia de esa carrera entre estos dos. Que ha logrado que, uno ganó, otro perdió, los dos alcanzaron la gloria y los dos han quedado inmortalizados, incluso en la Antártida. La estación, que los americanos pusieron en 1956 en el mismo Polo Sur geográfico, se llama Estación Amundsen Scott.

La Antártida, un continente para la paz y la ciencia. Javier Cacho
43:13
Mujer 1. Hola, Javier. He visto en las noticias que se ha descubierto el barco en el que naufragó Shackleton. ¿Qué podrías decirnos de ese barco? ¿Por qué naufragó?

43:21
Javier Cacho. La naturaleza tiene su ritmo y por mucho que creemos que la conocemos, es ella quien toma sus propias decisiones. Y en aquellos momentos se conocía muchísimo menos la climatología de la región y tuvo muy mala suerte, porque el barco quedó atrapado por los hielos cuando le faltaba un día de navegación para llegar a la costa donde hubiese comenzado su expedición. Un día de navegación, como mucho dos, y el barco quedó atrapado por los hielos. En un primer momento, no se preocuparon mucho. A nosotros nos impresiona, un barco atrapado por los hielos, nos impresiona, pero los exploradores polares de estas regiones, te atrapa el hielo, esperas un poco, a ver si los vientos, las corrientes, mueven los hielos y tú puedes salir. Pero el viento y las corrientes no movieron los hielos y se quedó atrapado. Y cuando llevaba ya mes y medio atrapado, ya estaba claro que iba a quedarse atrapado para siempre. Pero siguió teniendo mala suerte porque, fijaos, en aquellos tiempos se habían quedado en ese mar, en el mar de Weddell, se habían quedado tres barcos atrapados por los hielos. Uno, el Antartic, otro el Scotia y otro, el Deutschland, porque en los hielos cuando se mueven tiene una fuerza ciclópea, es que se están moviendo placas de miles de kilómetros cuadrados, que ejercen unas presiones tremendas. No había barco que resistiese esas presiones. El Endurance no se liberó al mes, no se liberó a los dos meses… A los nueve meses, cuando llegó la primavera y el mar comenzó a abrirse, llegó lo peor.
Los hielos se movieron y le aplastaron, le estrujaron, le destrozaron. Y, entonces, Shackleton tiene que decir a sus hombres: “Abandonad el barco”. ¿A dónde? ¿A la capa de hielo de mar congelado? ¿Se quedan ahí? Si la situación era mala antes, imaginaos entonces esto. Vamos a centrar un poquito. Estamos hablando de 1915. Ya existía la radio. Os acordáis del Titanic, que se hundió unos años antes. Sí existía la radio, la radiotelegrafía, el morse. Si existía, para dar mensajes. Pero solamente iba en barcos muy grandes, y Shackleton no llevaba ese barco, con lo cual no pudo transmitir nunca: “Nos han atrapado los hielos”. No tenía a quién llamar, de salvarse, se tenían que salvar por ellos mismos. Además, Europa estaba en guerra, estaba en la Primera Guerra Mundial, si está en la Primera Guerra Mundial va a ir a preocuparse por veintiocho chalados que se han ido a conquistar la Antártida, cuando están muriendo cien mil soldados al día en las trincheras. Nadie iba a ir a buscarlos, porque nadie sabía ni siquiera dónde estaban. El barco, los hielos, las corrientes marinas, aunque está congelado, todo es hielo, las va moviendo. El barco se iba desplazando, se iba alejando de la Antártida. Hasta que llegó ese momento trágico en que los hielos lo aplastan y lo hunden. Entonces Shackleton manda salir a sus hombres, quedarse en el hielo. Si antes estaban difíciles, pues ahora muchísimo más, porque el primer lugar civilizado estaba…

46:52

Y les reúne, como líder, como líder les reúne y les dice: “Muchachos”. Les explica la situación. Dura de explicar. Les explica la situación. Y después dice: “Pero tengo un plan. Si me seguís, de esta salimos”. Y terminó con una frase que a mí me parece inmortal. “Muchachos, volvemos a casa”. Y mantuvo a sus hombres con moral de que se iban a salvar. Estuvieron en el hielo, durmiendo, en tiendas de campaña. Antes dormían en el camarote, con su estufa de carbón. Pero estaban durmiendo sobre hielo. Y debajo del hielo, debajo de metro y medio de hielo, estaba el mar. Y el hielo a veces se rompía. Y se les terminó la comida y tuvieron que cazar focas y pingüinos. Y tuvieron que cocinar, antes tenían una cocina, el barco tenía su cocina. Tuvieron que cocinar en el campo, en el aire, allí, cocinando con grasa de foca. Y calentándose con grasa de foca. Bueno, es una historia preciosa. Cuando los hielos se movieron hacia el norte, en el hemisferio sur, hacia zonas más cálidas, se fueron derritiendo los hielos. Y llegó un momento en donde ya los hielos se hicieron más pequeñitos y tuvieron que subirse a los botes. Los botes salvavidas, se los habían subido, los llevaban con ellos y tuvieron que subirse a los botes y remar durante varios días hasta llegar a isla Elefante. E isla Elefante no es nada, es una isla perdida, no hay nadie ahí. Tampoco va a ir nadie a buscarlos, allí. Y, entonces, sus hombres, que llevaban nueve meses con el barco atrapado, cinco meses después durmiendo sobre el hielo, hay muchos que se hunden. Bien, es verdad. Habían cambiado. Ya podían saltar. Estaban sobre tierra, sobre roca.
Pero muchos dicen: “¿Para qué sigue luchando?”. ¿Veis por qué quería que su gente fuese optimista como él? A las pocas horas de llegar, cuando los médicos le dicen: “Tenemos a varios que físicamente están bien, pero psicológicamente se han ido ya. No quieren vivir. No quieren vivir, se nos mueren”. Los reúne otra vez: “Chicos, tengo un plan. Voy a ir a Georgia del Sur”. 1500 kilómetros, por uno de los peores mares del mundo. A una estación ballenera, a buscar ayuda. En un barco que medía seis metros de eslora. Con eso se atreve a ese mar. Bueno, la historia continúa. Consigue llegar. Luego tiene que ir a por sus hombres. Fracasa en el primer intento. Fracasa en el segundo intento. Fracasa en el tercer intento. Y en el cuarto intento ya consigue llegar a por ellos. Entre medias ha pasado mayo, junio, julio y casi agosto, han pasado cuatro meses. Y cuando llega, por fin, a sus hombres, se encuentra con que no había muerto ninguno. Les había dado la esperanza, de que el jefe había dicho que volvería. Por eso es el líder. Por eso todos lo queremos copiar como líder. Y a Shackleton se le estudia ahora en las escuelas de negocio, para enseñar a ejecutivos a comportarse como él. El mar de Wedder tiene tres mil metros de profundidad y bueno, tres mil metros, se hundió el barco ahí. Pero entonces, este año, coincidiendo con el centenario de la muerte de Shackleton, que está enterrado en Georgia del Sur, precisamente. Pues en esa isla, en esa isla a la que él fue con ese barquito a pedir ayuda, pues decidieron intentar, no recuperar el barco, sino localizar el barco.

50:56

Y entonces, se alquiló un rompehielos y se hizo una expedición fantástica con grandes científicos, con grandes técnicos, con los mejores medios de la actualidad, con grandes estudios previos para ver, efectivamente, dónde… Que no entro en detalle, pero es apasionante cómo fijaron dónde creían que estaba el barco. Bueno, y empezaron a buscar el barco y por fin lo encontraron. Y son esas imágenes que habéis visto vosotros. A vosotros no os habrán emocionado, a mí sí. A mí sí. Ver el nombre de Endurance en el espejo de popa. Endurance. El nombre del barco, a mí me emocionó. Y ver el timón, la rueda del timón que habían manejado Shackleton y Wild y Worsley. A mí me emocionó el verlo en tan buen estado de conservación. Y se conserva tan bien porque no hay gusanos. Debido a las bajas temperaturas del agua, no hay gusanos que se coman la madera, con lo cual está impecable. Además, está dentro de los sesenta grados, está por encima de los sesenta grados de latitud sur, que está dentro del Tratado Antártico y está considerado patrimonio. No se puede tocar nada del barco.

La Antártida, un continente para la paz y la ciencia. Javier Cacho
52:05
Pablo. ¿Qué tal, Javier? Mi nombre es Pablo y hoy nos has hablado de varios exploradores, pero entre ellos destaca uno y en tus trabajos también lo has mencionado como el mejor explorador. Hablo de Nansen. Querría saber por qué, cuál es el motivo de tenerlo en ese nivel.

52:23
Javier Cacho. En mi escritorio tengo una foto de Nansen, que mucha gente me dice: “¿Es tu abuelo?” Pues no, no es mi abuelo. Pues es que yo le llamo “el maestro de los exploradores” y así lo consideraban todos. Cuando Scott prepara sus expediciones, Nansen es anterior, iba a consultarle a Nansen. Cuando Shackleton prepara sus expediciones, va a consultarle a Nansen. Todos los exploradores, cuando preparaban una expedición, iban a consultar a Nansen, a ver qué opinaba de la expedición. Y si Nansen les daba el visto bueno, decían: “Muy bien, eso va a salir. Eso puede salir”. Pues ya iban. Salían tan contentos, diciendo: “Bueno, pues la expedición nos puede salir”. Es el maestro de expedición polar. Es el primero que utiliza esquíes. La primera vez que se utilizan esquíes en la exploración polar, que es en el cruce de Groenlandia, lo hizo Nansen. Es una persona que utiliza el método científico siempre, que todas las cosas las piensa treinta veces, como científico, entonces crea un trineo que se ha estado usando hasta hace cuarenta años. El trineo Nansen. Nadie lo mejoró, en casi un siglo. El trineo Nansen. Crea una cocina, no un camping gas, una cocina para aprovechar toda la energía del calor, todo el calor que desprende. Claro, es importante, porque cuanto menos… Si utilizas todo el calor, no tienes que llevar más petróleo. El petróleo significa llevarlo a cuestas. Es muy importante la economía energética. Y utilizo una cocina que se utilizaba hasta muy poco tiempo. Y, después, porque fue una persona implicada socialmente.

54:01

Cuando termina su vida de explorador, que coincide con el que estalla la Primera Guerra Mundial. Noruega, se quedó neutral en la guerra. Él fue partidario de que Noruega permaneciese neutral. Pues cuando Europa quedó devastada por la guerra, es un momento en el que nace la Sociedad de Naciones, que es el embrión de las Naciones Unidas. Surge la Sociedad de Naciones y mandan a Nansen como representante noruego, allí. Entonces, ahí se encuentran los problemas del momento. El problema del momento es que hay medio millón de prisioneros alemanes en Rusia, aparte de prisioneros rusos en Alemania. Que se está acercando el invierno y que no hay comida para nadie y menos para prisioneros, con lo cual se imaginaban que en invierno iban a morir cantidad. Y le encargan a él, dicen: “Alguien se tiene que encargar de hacer el intercambio de prisioneros, de traer a toda esa gente a salvo”. Y eligen a Nansen, por sus buenas relaciones, por su carácter ejecutivo, por sus idiomas, por el prestigio que tiene. Lo eligen Alto Comisionado de Naciones Unidas. En ese periodo, estamos hablando de tres o cuatro años, estalla una hambruna tremenda en la Unión Soviética, que ya era comunista, la Unión Soviética, está en una hambruna tremenda. Y él pelea para que los países capitalistas den dinero, den comida, manden comida al pueblo ruso. Claro, no había aviones, la comida se enviaba en trenes. Entonces, todavía en un periodo muy virulento en la Unión Soviética, había muchas bandas de extremistas, más de izquierdas, todavía quedaban restos del ejército zarista, había mucho bandido, en grandes bandas, y entonces se temían: “Ningún tren con comida va a llegar a su destino, que es Siberia, lo van a robar entre medias”.

55:51

Y cuando Nansen les dice esto a las autoridades soviéticas, dice: “No, ya lo hemos pensado, se va a resolver. Cuando los vagones pasen por la aduana, vamos a poner un nombre pintado. Nansen. No se preocupe, va a llegar”. No se perdió ningún vagón. Nadie robó los vagones que ponían esa palabra mágica, “Nansen”. Y cuando, poco después, ya se hunde por completo el gobierno zarista y aparece en Europa un millón de expatriados rusos que no pueden volver a su tierra, que a veces tenían dinero, pero otras veces… En Europa no podían hacer nada. Entonces, le encargan nuevamente al Alto Comisariado para resolver el problema. Y crea el pasaporte Nansen. Los papeles, no tenían papeles y como no tenían papeles, no podían hacer nada. No podían comprar una casa, porque no tenían papeles, ¿a quién vendo la casa? No podían casarles, porque no sabían a quién estaban casando. No podían cambiar, evidentemente, de país, aunque tuviesen familia en el país de al lado, no podían cambiar de país. Entonces, él dice: “Esto se resuelve dándoles papeles”, dándoles un pasaporte. Que la Sociedad de Naciones decidió que se llamase, no Pasaporte ONU, no pasaporte humanitario, que se llamase “pasaporte Nansen”. Porque Nansen era una palabra mágica. Pues ese es el Nansen que tengo yo en mi mesa, porque Nansen es algo más que un explorador polar. Es el explorador polar que quiso, como todos nosotros, cambiar el mundo.

57:31
David. Hola, Javier, me llamo David y me gustaría conocer qué fue lo más importante que aprendiste de la Antártida.

57:38
Javier Cacho. Quizá lo primero es respetar la naturaleza, querer la naturaleza. Y ese respeto y cariño es también por todos los seres vivos que pueblan la naturaleza. Todos. El mundo animal y el mundo vegetal. Estamos haciendo muchos desmanes. Podríamos hablar de deforestación, podríamos hablar de contaminación de tierra y mares, podríamos hablar de los plásticos, podemos hablar de muchas cosas. Estamos por un camino equivocado, claramente, tenemos que rectificar. Después, la segunda sería “tratar”, conjugar el verbo “tratar”. Tratamos de hacer las cosas, salen o no salen. Porque es una disposición interior de ánimo fantástica, porque si no te sale, no te frustras. ¿Qué más cosas he aprendido de la Antártida? Pues he aprendido a que, para sobrevivir en la Antártida, para sobrevivir en el mundo, hace falta la colaboración entre nosotros, la cooperación. Los pingüinos emperadores. Sabéis que son los únicos pingüinos que se quedan en invierno a vivir en la Antártida. Los demás son más listos y se van. Ellos se quedan allí. Y se quedan con temperaturas de sesenta grados bajo cero, con vientos huracanados de ciento y pico kilómetros por hora. Allí se quedan, a pie firme, literalmente. ¿Cómo soportan esas temperaturas y esos vientos? Cooperando. Se juntan todos y se ponen de culo al viento, de tal manera que el viento les da en la espalda. En montoncitos, hacen un montón así. Pero claro, los que están detrás, en el centro, están muy calentitos, pero al que le está dando en el lomito no están tan calientes. Entonces, se van cambiando continuamente, se pasan moviendo, de tal manera que los que han pasado frío pasan a sotavento, con lo cual están más calentitos, y una nueva fila pasa un rato de frío. Colaborar. ¿Qué más he aprendido de la Antártida? A tener esperanza. La Antártida era un continente de nadie hasta que, de repente, como en la década de los cuarenta, treinta, cuarenta y cincuenta, ciertos países quisieron dividirla. Como estábamos dividiendo África. Como dividimos África. Como dividimos todo, entre países. Y otros países reivindicaban esto y otros países querían esta zona y otros países querían otra. Bueno, tuvo lugar un gran programa geofísico internacional, donde se juntaron once naciones, en la Antártida, para hacer investigación juntas. Y de ahí salió una idea. “Vamos a cambiar la situación” y en ese mundo, estamos hablando del año 57, 58, 59, en plena Guerra Fría. Sí, a vosotros a lo mejor lo de la Guerra Fría os pilla muy lejos, pero preguntad a vuestros padres por la Guerra Fría. A finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta estábamos a punto de que alguien apretase el botón rojo y estallase una guerra nuclear que terminase con el planeta. Era un peligro real.

01:00:41

Pues en ese momento, en el peor momento de la historia del mundo, surgió el Tratado Antártico, que, como os decía, no hay fronteras en la Antártida. Los países que tenían reivindicaciones territoriales las congelan y dicen: “No vamos a hablar más de eso”. Los países que se incorporan al Tratado Antártico renuncian a hacer reclamaciones territoriales en la Antártida. No hay fronteras. Es un continente para la paz y para la ciencia. Yo en la Antártida he visto que el espíritu de colaboración, de solidaridad, es más fuerte que el instinto de supervivencia. La supervivencia te dice: “Yo no me arriesgo por ese”. Y allí no dices nada, me arriesgo directamente. Es otro ser humano, es como yo, de mi misma especie, es que eso es muy grande. Somos miembros de mi especie, cualquiera merece el respeto, el cariño y mi vida, mi esfuerzo, por él. Bien. ¿Y qué más? Una última cosa. Una última cosa. No me lo enseñó la Antártida. Me lo enseñó Nansen, ese explorador que, como ya habéis visto, admiro. Como explorador y, sobre todo, como persona. La vida no tiene sentido si no es un servicio a los demás. Ojalá os sirva de utilidad para vuestra vida.