“Hacer buenas fotos es fácil, lo difícil es narrar una buena historia”

Gervasio Sánchez

· Fotógrafo y periodista

“En Sarajevo he visto morir a chicos atravesando un puente, batido por francotiradores, para ir al instituto. Y pienso a veces, ¿la dignidad no será morir por estudiar en plena guerra?” El fotoperiodista Gervasio Sánchez se especializó en conflictos armados para dar testimonio de lo que sucede en las guerras y sobre todo, las posguerras, donde ha fotografiado lo mejor y peor del ser humano. Dignidad, libertad y humanidad que se abren paso entre los escombros, como un haz de luz en la biblioteca de Sarajevo. Dicen que en sus fotografías hay “más vida que muerte”, a pesar de haber radiografiado los principales conflictos del siglo XX, desde los Balcanes a América Latina y África. Y eso, a pesar de que nunca estudió fotografía ni aprendió a revelar. Su escuela fue la calle y sus maestros, grandes fotógrafos como Salgado, Natchwey, Peress, Scianna y Abbas. Gervasio Sánchez es enviado especial por la paz de la UNESCO desde 1998 y uno de los reporteros españoles más reconocidos a nivel nacional e internacional, con galardones como el Premio Nacional de Fotografía, Premio Ortega y Gasset y dos veces el Premio Rey de España de Periodismo, entre otros. Su trabajo fotográfico se reúne en libros y exposiciones como ‘Vidas Minadas’, ‘Sarajevo’, ‘Sierra Leona: Guerra y Paz’ o ‘Desaparecidos: víctimas del olvido’. "No se trata de levantar una cámara y disparar. Es narrar. Hacer fotos es muy fácil hoy día; lo difícil es narrar una buena historia", concluye.


Creando oportunidades

Gervasio Sánchez

“En Sarajevo he visto morir a chicos atravesando un puente, batido por francotiradores, para ir al instituto. Y pienso a veces, ¿la dignidad no será morir por estudiar en plena guerra?” El fotoperiodista Gervasio Sánchez se especializó en conflictos armados para dar testimonio de lo que sucede en las guerras y sobre todo, las posguerras, donde ha fotografiado lo mejor y peor del ser humano. Dignidad, libertad y humanidad que se abren paso entre los escombros, como un haz de luz en la biblioteca de Sarajevo. Dicen que en sus fotografías hay “más vida que muerte”, a pesar de haber radiografiado los principales conflictos del siglo XX, desde los Balcanes a América Latina y África. Y eso, a pesar de que nunca estudió fotografía ni aprendió a revelar. Su escuela fue la calle y sus maestros, grandes fotógrafos como Salgado, Natchwey, Peress, Scianna y Abbas. Gervasio Sánchez es enviado especial por la paz de la UNESCO desde 1998 y uno de los reporteros españoles más reconocidos a nivel nacional e internacional, con galardones como el Premio Nacional de Fotografía, Premio Ortega y Gasset y dos veces el Premio Rey de España de Periodismo, entre otros. Su trabajo fotográfico se reúne en libros y exposiciones como ‘Vidas Minadas’, ‘Sarajevo’, ‘Sierra Leona: Guerra y Paz’ o ‘Desaparecidos: víctimas del olvido’. "No se trata de levantar una cámara y disparar. Es narrar. Hacer fotos es muy fácil hoy día; lo difícil es narrar una buena historia", concluye.


Creando Oportunidades

Transcripción

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Gervasio Sánchez. En pleno conflicto. He visto a la gente a actuar de una manera increíblemente digna. Niños que salían por las mañanas de casas sin luz, sin agua, sin calefacción, que se jugaban morir por estudiar. Y vi morir a chicos y chicas de 14 y 15 años atravesando un puente que era batido por francotiradores. Y pienso, a veces, ¿la dignidad no será morir por estudiar en plena guerra?

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Me llamo Gervasio Sánchez. Soy fotógrafo y periodista especializado en conflictos armados. La verdad es que soy periodista porque cuando era un niño, muy niño, menor de nueve años, empecé a coleccionar sellos. Hice una colección de sellos bastante amplia. Sobre todo a partir de los 11 años, que mi abuelo era el cartero de un pequeño pueblo de Tarragona, Hospitalet del infante, y yo era su ayudante. Me encantaba quedarme con los sellos de las personas que estaban en las urbanizaciones donde había muchos extranjeros. De hecho, incluso, a veces, los arrancaba directamente de las cartas. Sé que es ilegal, pero lo hacía. Y me llevó al periodismo creer que los periodistas hacían lo que yo quería hacer cuando era pequeño, que era viajar. Primero viajé, mentalmente, a los países de mis sellos, y, posteriormente, quería viajar físicamente, y pensé que los periodistas o los pilotos de aviones hacían eso, viajar. A los 14 años, 15 años, empecé en el instituto y era el único estudiante que llevaba un periódico debajo del brazo, que compraba yo religiosamente. Me acuerdo que costaba 4,5 pesetas de la época, ¿no? Mis amigos del instituto me recuerdan, con los que me sigo reuniendo ahora una vez o un par de veces al año, me recuerdan que era el único que tenía claro lo que quería hacer: Periodismo. Cuando llegué a la universidad, también mis compañeros con los que empecé a tener relaciones al principio, las primeras semanas de la universidad, yo hice Periodismo en la Autónoma de Barcelona, recuerdan que era el único que tenía claro lo que quería hacer. Quería hacer conflictos armados.

02:43

Ustedes pueden pensar que quizás me gustaban los conflictos armados porque me gusta la guerra. Pues no. La verdad es que yo la guerra la conozco muy bien, y os puedo asegurar, les puedo asegurar que es lo peor que le puede pasar a un ser humano, vivir una guerra. Las guerras no acaban cuando dice Wikipedia. A veces, cuando tengo estudiantes delante de la ESO o de bachillerato, siempre les digo: «Si yo os pusiera la pregunta: ¿cuándo acabó la guerra de Bosnia?, y respondierais que la guerra de Bosnia acabó el 14 de diciembre de 1995 porque se firmó el Acuerdo de Dayton, os suspendería». Y vosotros vendríais a quejaros de que eso dice Wikipedia, y os diría: «Las guerras no acaban cuando dice Wikipedia. Las guerras se acaban cuando las consecuencias se superan». ¿Y cuándo se superan las consecuencias de una guerra? A veces, años después. A veces, décadas después. A veces, nunca.

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Como les decía, cuando llegué a la universidad, tenía muy claro que quería hacer conflictos, quería documentar los grandes dramas que ocurren en el mundo. Era un poco soñador ¿no?, pensaba que mis trabajos iban a cambiar el mundo, iban a mejorar el mundo. El periodismo iba a permitir que la población, que los ciudadanos, que ustedes fueran más sensibles al dolor ajeno, que fueran menos pasivos de lo que son habitualmente. Y, al final, con el paso de los años y las décadas, he visto que por muy bien que hagas tu trabajo, casi nada cambia nunca, muy rara vez cambia. Hemos visto a los periodistas que, como yo, que trabajamos en los Balcanes, como yo, que empezamos en América Latina en los años 80, los Balcanes fue mi universidad, donde yo me hice adulto periodísticamente hablando. Yo también estuve en Ruanda en el 94. Estuve en Somalia, en Sudán. He estado en Afganistán, en Irak, en Timor Oriental, en el Congo, en Angola, en Liberia, en Sierra Leona… He estado en tantos conflictos armados… Con el paso de los años, he visto que siempre ocurre lo mismo. Setenta años de la Declaración Universal, setenta años desde que Naciones Unidas reguló la palabra genocidio. Desde hace 60 años el genocidio es un crimen de la humanidad. Declaraciones pomposas de las mismas personas que luego se dedican a financiar las armas. Políticos que toman decisiones pisoteando los derechos de gente que ni siquiera sabe por qué muere o por qué sufre una guerra. Políticos que traicionan sus principios. Empresarios que saben muy bien por qué ocurre una guerra en lugares alejados por miles de kilómetros, y qué negocios hay que hacer para que sean más rentables. Todo esto ocurre todos los días.

“¿La dignidad no será morir por estudiar en plena guerra?”. Gervasio Sánchez
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“Periodismo es pasión y compromiso; reivindicar lo que ocurre más allá de nuestras fronteras físicas y anímicas”

Gervasio Sánchez

05:37

Yo estoy a punto de cumplir 60 años. Me he hecho mayor, estoy envejeciendo, y me cuesta trabajo entender cómo es posible que vivamos en un mundo tan brutalmente injusto. En el que los periodistas vemos pasar las historias por nuestro lado y, muy pocas veces, somos capaces de darnos cuenta con antelación de lo que ocurre. Nos meten goles continuamente. Para mí el periodismo es pasión y compromiso, la importancia de reivindicar lo que ocurre más allá de nuestras fronteras físicas y anímicas, la importancia de colocarnos en el lugar de otros y de otras para entender el sufrimiento humano. Siempre digo que el periodismo debe ser el arma que genera el debate, ¿no? Los periodistas debemos ser los vigilantes del poder político y del poder económico. Hace unos días, estaba mirando cómo ha ido evolucionando el mercado de las armas en este mundo en que vivimos, y cómo ha ido evolucionando el mercado de las víctimas, que es paralelo. Mercado de armas que crece de manera brutal, mercado de refugiados y desplazados que crece cada año. En el 2015, cuando se produjo el momento más efervescente de la crisis de refugiados, éramos cincuenta y siete millones de desplazados y refugiados en el mundo. Este año vamos a acabar por encima de sesenta y cinco millones. En tres años, ocho millones más de refugiados. Datos oficiales del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados.

07:30

Cuando yo tenía la edad de los más jóvenes de aquí, soñaba con cambiar todo esto. Yo había conocido Yugoslavia en 1981, cuando era un estudiante de Periodismo. Estaban mejor incluso preparados para hacer la transición entre el comunismo a la yugoslava y el capitalismo, que nosotros de la autarquía franquista o del franquismo a la democracia. De repente, todo esto estalló en mil pedazos. Si a mí, en el 81, alguien me hubiera dicho que Yugoslavia hoy día serían siete países, después de cinco guerras, centenares de miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos, decenas de miles de mujeres y niñas violadas y, sobre todo, lo peor de todo, después de estas cifras brutales, un deterioro económico que hace que el país o los países, salvo la costa adriática, por motivos obvios turísticos, haya retrocedido 30 años, no lo hubiera creído. Cuando todo se desmorona, cuando las leyes dejan de funcionar, los seres humanos actuamos de una manera brutal. A los más jóvenes, deciros que el único camino que hoy día hay para los que, quizás, queráis ser periodistas o personas bien informadas o buenos fotógrafos o buenos camarógrafos o buenos médicos o buenas médicas, la única manera de enfrentarse a la propaganda, al utilitarismo político, muchas veces, a la forma que tienen los políticos de custodiar nuestro voto como si fueran los dueños, es profundizando, leyendo, utilizando los armatostes estos que tenemos en los bolsillos, los móviles, para mejorar la perspectiva del mundo. Cuando os encontréis a alguien en la cola del pan o en el cine o en el autobús, al lado en el instituto o en la universidad, de una cultura, de una educación, de una vestimenta, de una religión distinta, en vez de caer en la tentación de cerrarse en banda, preguntarle a la persona: «¿De dónde vienes, chico? ¿De dónde vienes, chica? Señor, señora». E intentar ponerse en el lugar de esa persona. ¿Qué haría yo si mi país estuviera en guerra? ¿Qué haría yo si mis hijos o mis padres o mis hermanos o mis abuelos estuvieran en peligro de muerte por culpa de la guerra? Seguramente, comprenderíamos mejor y con más facilidad por qué la gente intenta llegar a un mundo mejor. Algo que hemos hecho todos los pueblos del mundo.

10:14

Mi profesión, posiblemente, es la profesión más interesante que puede uno ejercer. No se es periodista solamente porque escribas bien o que hagas buenas fotos o des bien en la radio o la televisión. Se es periodista cuando se tiene interés por lo que pasa en el mundo, cuando se quiere profundizar en el mundo, cuando se quiere mejorar la visión del mundo que tiene uno. No solamente porque quiera viajar como yo quería cuando era pequeño, aunque he viajado mucho en mi vida. Yo soy un periodista veinticuatro horas al día. Duermo como periodista, sueño como periodista, me levanto como periodista y me acuesto como periodista. A veces, me canso, también, como periodista. Y, a veces, me rebelaría contra muchas cosas que ocurren. De hecho, me rebelo muy a menudo. Escribo, a veces, cosas… incluso artículos que pueden llamarse «panfleto», pero en el mejor sentido del término. Incendiarios contra lo que ocurre a mi alrededor. Pero sigo creyendo en el periodismo y sigo creyendo en el periodismo porque la mayor parte de mis amigos murieron ejerciendo el periodismo con mayúsculas, fueron capaces de sacrificarse para ir a lugares remotos e intentar contar a ciudadanos como ustedes lo que ocurría en zonas oscuras. Mi amigo Juantxu Rodríguez murió en Panamá en 1989. Un joven fotógrafo, llamado Jordi Pujol, murió con 23 años en Sarajevo: el primer periodista de cualquier nacionalidad muerto en Sarajevo. Mi amigo Luis Valtueña, que quería ser fotógrafo, pero no conseguía vender su fotografía lo suficiente y acabó siendo… trabajando con Médicos del Mundo, fue asesinado en el Congo. Mi amigo Miguel Gil murió en una emboscada con 33 años en Sierra Leona. El peor día de mi vida, porque me tocó el triste trabajo de tener que identificarlo en la morgue. Identificar a un amigo, casi un hermano, fue muy duro. Y, además, es muy duro cuando sabes que quizás el muerto podrías haber sido tú, porque yo no iba con él de milagro. En el 2001 asesinaron a Julio Fuentes en Afganistán. En el 2003, en apenas 24 horas, murieron dos periodistas en Irak, Julio Anguita Parrado y José Couso. En el 2004 murió Ricardo Ortega en Haití. Podría hablar de decenas más que han muerto ejerciendo el periodismo. Periodistas anónimos, extranjeros… que trabajan en zonas oscuras, o periodistas locales que trabajan en lugares muy dolorosos, también, cubriendo sus propios conflictos armados. Son auténticos héroes que luchan por mejorar la percepción de los ciudadanos de lo que ocurre. Espero que ahora podamos dialogar y que ustedes puedan hacer preguntas difíciles de responder pero no fáciles de olvidar.

13:21
Javier. Hola, Gervasio. Me llamo Javier, soy maestro de Primaria y muy aficionado a la fotografía. Tú, como profesor de fotoperiodismo, ¿qué características crees que debiera tener un buen periodista o un buen fotógrafo? Y, por otro lado, ¿qué consejos darías a los más jóvenes que quieran dedicarse a este oficio?

Gervasio Sánchez. Bueno, la característica principal es tener curiosidad por lo que pasa en el mundo, sobre todo, si quieres hacer una especialidad como la que yo he hecho. Aunque para mí, el hecho de ser periodista de conflicto o trabajar en el extranjero no tiene nada de distinto a lo que sería un buen periodista trabajando al lado de su casa. De hecho, para mí el gran periodista es aquel que sabe detectar las buenas historias, simplemente, atravesando una calle de su casa. Si no eres capaz de olfatear una buena historia alrededor de ti, es imposible que la vayas a encontrar en la India o en China o en cualquier país, porque ni conoces las culturas ni los idiomas locales ni tienes el tiempo suficiente. De hecho, cuando yo critico el periodismo español, muchas veces, lo hago porque ocurren cosas a nuestro rededor que los periodistas no nos enteramos. Hay que ser muy curioso, hay que, verdaderamente, tener capacidad autocrítica. Ser, también, crítico con lo que ocurre a tu alrededor. Ser lo más independiente posible, ocupes el puesto que ocupes. Tener, también, un poquito de mala leche a la hora de analizar lo que ocurre a tu alrededor. No quedarte en la superficialidad de las historias, rascar todas las capas que tienen los temas, cualquier tema delante de ti hasta llegar a lo fundamental. Creo que son básicos. Da igual que seas un periodista literario, que un fotógrafo, que un camarógrafo o que un periodista de Radio Televisión. Al final, lo que tienes que intentar por todos los medios es contar una historia mejor que los demás y contarla también de otra forma, no caer en la reiteración. A veces, a mí me viene gente joven para preguntarme: «¿Cómo harías una historia como esta?». Siempre digo: «Buscad todos los temas sobre ese tema, todos los trabajos buenos que se han hecho sobre ese tema, miradlos todos, y luego seguid un camino distinto. No hagáis refritos, porque va a ser muy difícil que con vuestro talento o vuestras limitaciones, incluso, podáis mejorar lo que está hecho. Pero si buscáis otra forma de contar las cosas, es más fácil que, luego, lo podáis publicar, venderlos a un medio, si ese es vuestro interés, o incluso arrastrar a gente para que luego se preocupe por todo ello». Para mí esas son las historias que creo que son básicas.

16:23

Las mejores preguntas que he recibido en mi vida no me lo ha hecho público adulto, siento tener que decirlo nada más empezar este debate, me las han hecho niños, niños de corta edad, 11 o 12 años. Todavía recuerdo la primera vez que yo fui a hacer una conferencia a un colegio con niños de 11 años y 12 años. Y les conté… No les engañé nunca, les conté con claridad qué era el cerco de Sarajevo. Salieron preguntas increíbles. Los chavales lo vivían como muy emocionados, y nunca he recibido preguntas más inteligentes que aquellas, ¿no? Con lo cual, me gusta mucho, por todos los medios, ir a institutos, a colegios. A veces, quizá los chicos de 11 y 12 años son demasiado pequeños, pero a partir de los 13, a partir de tercero de la ESO, es una edad magnífica para escuchar a alguien que te puede contar cosas de manera distinta a como tú las ves normalmente. Me gusta hacer muchas conferencias, hago muchas conferencias con diferentes instituciones, me gusta hacer muchas visitas guiadas a mis exposiciones con gente joven. Me pongo mucho en el lugar de los maestros que necesitan, muchas veces, abrir senderos de debate entre los jóvenes. Y son muy interesantes las imágenes, porque esos niños que tú tienes en primaria, han aprendido a leer imágenes antes que palabras. Cuando un niño empieza a leer o a escribir que la m con la a es «ma», y dos «ma» son «mamá», o dos «pa» son «papá», está harto de leer imágenes. Su retina, su mente, su capacidad de entendimiento está totalmente conectada al mundo de la imagen. Con lo cual, si utilizas imágenes, es más fácil envolverlos, llevarlos al lugar que tú quieres llevarlos, arrastrarles a tener mejores percepciones de lo que pasa en el mundo que peores. A decirles: «Hay que mirar el mundo con el ángulo abierto, no con el ángulo cerrado. Y evitar por todos los medios que nos manipulen, aunque tengáis 13 años. Intentar crecer con la fuerza de ser conscientes, de que sois autocríticos y que tenéis derecho a tener información, porque una sociedad con buena información es menos manipulable».

18:41

Hola, Gervasio. Has comentado tu faceta como profesor, y quería saber qué personas han sido tus grandes maestros.

Gervasio Sánchez. Bueno, no sé si alguno lo sabe, pero yo nunca hice un curso de fotografía. De hecho, no sé revelar. Y, de hecho, el revelado me interesa cero. Me revela el mejor copista que hay en el mundo, que se llama Juan Manuel Castro Prieto, y todavía está esperando que algún día yo entre en el laboratorio a ver cómo hace una copia mía. Me interesa cero. Nunca he retocado. Me interesa cero el retoque. Pero, evidentemente, cuando tengo que retocar mis fotos, se las pido al mejor retocador, que sigue siendo el taller de Castro Prieto y, sobre todo David, que es su brazo derecho. Es decir, yo nunca hice un curso de fotografía. Mi hijo empezó a hacer fotografías con tres años, y yo empecé a hacer fotografías con 20 años. En mi casa, mi padre tenía una cámara fotográfica, que no se la dejaba a los niños porque, si se caía al suelo, se rompía, era un objeto valioso. Y creo que tengo hechas como cinco o seis fotografías en mi vida, típicas fotografías que mi padre me daba la cámara y me decía: «Dispara». Pero nunca… Ni siquiera recuerdo momentos. He visto las fotos después. La tuve que hacer yo porque mi padre estaba en la cámara… mi padre estaba en la imagen, y yo era el mayor, con lo cual, tenía más confianza en mí que en los pequeños.

20:10

Insisto, nunca he hecho… nunca. Todo lo que sé de fotografía lo he aprendido sobre la marcha y, sobre todo, cometiendo muchos, muchos errores. Los fotógrafos que creen o piensan que esto es un camino corto tienen todos los números para estrellarse. De hecho, yo soy enemigo declarado de dar premios a menores de 30 años. A los menores de 30 años hay que becarlos y obligarles a hacer un trabajo mejor que el que haya enseñado siempre. Viajé a América Latina y allí aprendí el oficio viendo fotografiar a los mejores fotógrafos del mundo. Mi escuela ha sido la calle y verlos a ellos. A veces, incluso dejaba de fotografiar para ver cómo fotografiaba Salgado, James Nachtwey, Gilles Peress, Scianna, Abbas. Y gracias a admirarlos y dejar de fotografiar, he aprendido. Luego, también, he aprendido, a veces, cuando me han hecho críticas duras, a reconocerlas, ser autocrítico. Todavía recuerdo una vez un fotógrafo de los que acabo de nombrar que me dijo, cuando yo tenía 31 años prácticamente, quedaban unos meses, que por el camino que iba, no iba a ninguna parte. Que eso se lo digan a alguien de 15 años, 16 años, 18 años, 20 años, pues todavía, aunque sea duro, es factible. Pero que te lo digan con 31 años, cuando yo le estaba enseñando las fotografías mejores que había publicado en mi vida, que habían sido portadas de medios españoles y de medios extranjeros, y al mismo tiempo, en ese momento me decía: «Por aquí no vas a ninguna parte. Tienes que buscar tu forma de contar las cosas». Y, de hecho, me dio ese consejo y me dio un segundo consejo: «Pásate al blanco y negro». Y me pasé al blanco y negro. Y busqué mi forma de contar las cosas que, al principio, eso de «mi forma de contar las cosas» me parecía chino, no lo entendía. ¿Qué es eso de contar cosas?, es hacer fotos. No, no. No es hacer fotos. Es que no es levantar una cámara y disparar. Es narrar. Hacer fotos es muy fácil hoy día. Las cámaras actuales son bastante mejores que las que yo utilizaba y, en algunos casos, utilizo todavía, porque sigo trabajando en analógico en algunos temas. Son, hoy día, muy buenas, muy precisas. Hacer buenas fotos es bastante fácil. Lo difícil es narrar una buena historia. Por eso, a veces, hay que dedicar más tiempo a narrar o a buscar cómo narrar una historia que a preocuparse por la técnica. Creo que es esto lo que para mí es muy importante. Entonces, he aprendido viendo a los mejores. Y, casi siempre, los mejores son los más humildes.

22:55
Aurora. Hola, Gervasio. Soy Aurora, soy profesora. Quería saber cómo puede influir el trabajo fotográfico cómo puede ayudar a los niños a comprender mejor nuestra historia.

Gervasio Sánchez. Bueno, yo no estoy de acuerdo con esa idea de que una imagen vale más que mil palabras ni mucho menos. A veces, hay pocas palabras que valen más que mil imágenes. Pero, si quieres hacer un trabajo efectivo sobre cualquier tema, utiliza la imagen. La imagen fija o la imagen en movimiento ayuda a entender mejor el mundo en que viven, al ritmo que quieren ellos. Incentivarlos para profundizar en temas a través, sobre todo, de imágenes y testimonios en directo. Testimonios de gente que se explica con decencia, que no engaña, que no manipula, que se ve claramente en su mirada la frescura de lo que cuenta, que no está intentando contar una historia de mentiras. Entonces, yo creo que ese es el camino.

24:04

Los fotoperiodistas sois testigos de guerras y de conflictos. Pero, a pesar de vuestras imágenes, estos conflictos no cesan. ¿Te has preguntado alguna vez si sirve para algo tu trabajo?

Gervasio Sánchez. Me lo he preguntado miles de veces y, últimamente, casi todos los días me lo pregunto. Creo que el mundo en que vivimos es un mundo en el que personas con mucho poder son capaces de manipular a muchas personas sin poder, personas como nosotros, muy fácil. Crear enemigos ficticios. Crear, en cada momento histórico, una serie de situaciones, de incertidumbres, que hacen que los ciudadanos, muchas veces, nos volvamos más conservadores mentalmente, que nos intentemos encerrar a nosotros mismos. Y creo que esto se hace con mucha facilidad, cada vez más, es increíble. En un mundo de nuevas tecnologías donde parece ser que todo es más fácil, a veces, es como más fácil, también, manipular. Y sería lógico si el público estuviera menos informado, pero es ilógico cuando, supuestamente, el público está mejor informado. Algo pasa, algo ocurre. Quizás lo que estamos sufriendo es un tsunami de información desmesurada. Creemos tener capacidad para custodiar, en cada momento, una verdad que no existe o nuestra verdad. Y muy pocas veces entramos a intentar buscar cómo cambian las cosas. Yo que vengo de cubrir conflictos extremadamente duros y he vivido situaciones muy arbitrarias en el mundo en que vivimos, recuerdo qué ocurrió en los 90 cuando todo saltó en mil pedazos en los Balcanes. Políticos de Alemania, de Inglaterra, de Francia, de España, de Italia, en el tiempo que tienen que tomar decisiones para evitar el calvario de los Balcanes, para evitar muertos. Pero, cuando una clase política, unos dirigentes europeos no toman decisiones, actúan pasivamente, el caldo de muertos es mayor, la violencia es mayor. Siempre ha ocurrido. Y esto ocurría en los Balcanes, ocurría en Ruanda, ocurría en otros conflictos brutales donde ha habido auténticas carnicerías. Creo que es importante reflexionar qué pasa en el mundo, qué ocurre en el mundo, qué podemos hacer los fotógrafos, los periodistas, los profesores, los filósofos, los psicólogos, para mejorar lo que está ocurriendo, para tener una mejor percepción del mundo en que vivimos.

“¿La dignidad no será morir por estudiar en plena guerra?”. Gervasio Sánchez
26:48
Pablo. Hola, Gervasio. Me llamo Pablo. Lo primero, darte las gracias por todo tu trabajo y por todo lo que nos estás enseñando hoy. Luego, quiero preguntarte sobre una de tus fotos más icónicas de la guerra de Bosnia que es la que muestra la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo. ¿Qué sentiste aquella vez, y qué siente una persona como tú al ver que una foto así ha servido, no para terminar la guerra, pero por lo menos para mostrar a todo el mundo la dureza de la guerra?

Gervasio Sánchez. Yo nunca busqué que un día me encontraría con un haz luz atravesando la Biblioteca de Sarajevo, ni mucho menos. De hecho, cuando hablo de esa imagen, siempre hay debates. ¿Esto qué es, arte? Porque esta fotografía está en algunos museos. ¿Es fotografía simple y dura, es fotoperiodismo, es fotografía documental, es fotografía de guerra, era una guerra aquello, o qué exactamente? Yo siempre digo que, en realidad, esta fotografía es un churro. Y os lo voy a contar. Dos semanas antes de tomar esta imagen, yo estaba en el centro de Bosnia, en un momento muy duro, donde en cada pueblo había una fuerza militar distinta, con lo cual atravesar las fronteras permanentes era extremadamente peligroso. Estaba viajando con uno de mis mejores amigos, Alfonso Armada, en aquel tiempo, corresponsal especial del diario EL PAÍS. Estábamos en el centro de Bosnia, recuerdo que habíamos cargado el coche de gasolina porque al día siguiente íbamos a hacer un viaje complicado. Yo estaba bajando mi chaleco antibalas, cuando una persona me encañonó, me puso un fusil de asalto al cuello, me dijo: «Dame las llaves o te pego un tiro». Y vi que mi compañero también estaba siendo encañonado por otra persona. Yo le entregué mis llaves del coche, no conseguí bajar mis cámaras y el coche salió zumbando. Cinco días después, recuperamos el coche, después de un gran lío que hubo en la zona, y estaba mi bolsa de fotos. La mitad de las camas habían desaparecido para siempre, y mi fotómetro manual estaba roto. Dos semanas después, un domingo por la mañana, que estábamos a punto de entrevistar al jefe del ejército bosnio en Sarajevo, a las diez de la mañana. Me acuerdo perfectamente que era un domingo a las diez de la mañana de principios de julio del 93. Yo le dije a Alfonso: «Mira, me voy a dar una vuelta por el centro y te espero a las diez menos cinco delante de la puerta del cuartel general de los bosnios», «Vale, vale». Y me fui andando, tranquilamente, me paré aquí, me paré allá, una mañana tranquila dentro lo que cabe. No estaban bombardeando. Y, de repente, entré en la biblioteca. Posiblemente, era la 30 o 40 vez que yo entraba en esa biblioteca. De hecho, me gustaba mucho entrar en la biblioteca porque cuando bombardeaban la zona, era el lugar más seguro. Es una imprudencia ir por las calles cuando están castigando con morteros o artillería pesada, batiendo con proyectiles de gran calibre una zona. Y, a veces, incluso entraba allí, me sentaba encima de las piedras y me ponía a escribir el inicio de una crónica para luego dictarla o, simplemente, para reflexionar un poco sobre lo que estaba viviendo ese día o días anteriores en la ciudad. Entonces, entré a ver el interior y vi que había una luz fantástica, como nunca había visto. Levanté la cámara y empecé a hacer fotos, pero al mismo tiempo, me di cuenta de que algo fallaba, pero no sabía qué exactamente. Entonces, como iba justo de tiempo, salí a la calle, vi que había unas personas recogiendo agua, levanté la cámara para echar unas fotos y ahí fue cuando me di cuenta de que estaba cargando película de 400 ASA. Pero con el ASA, que en aquel tiempo se hacía manual, a 100. Entonces pensé: «Jo, las fotos que he hecho dentro que eran muy buenas de luz… La exposición está errada». Y corrí como un loco, entre la biblioteca, y cataclac, encontré el haz de luz entrando. Es como una visión. Cuando ves estas cosas en medio de una tragedia como es una guerra, todo gris, y de repente ver esa luz tan intensa, me dejó sorprendido. De hecho, hice cinco o seis disparos con analógico, e hice también un par de disparos en color con diapositiva. Yo nunca he sido capaz de entender si una foto es buena, una foto es regular o es mala hasta que no la veo, y, en aquellos tiempos, no se podía mirar la máquina porque no existía el visor. Y, un mes y medio después, porque tardé un tiempo en volver a casa, revelé y, al final, vi que tenía una foto importante. Recuerdo que esta foto se publicó por primera vez acompañando al “Cuaderno de Sarajevo” de Juan Goytisolo, que lo publicó en el diario EL PAÍS y una veintena de diarios de todo el mundo, y provocó una gran sorpresa. El propio Juan Goytisolo hablaba de “memoricidio”, y analizaba lo que había pasado con la biblioteca como un acto de “memoricidio”, de destruir la memoria. Porque, ¿qué era la Biblioteca de Sarajevo? Era el lugar donde se conectaban todos los puentes de convivencia entre las diferentes culturas, entre las diferentes religiones. Entonces: “memoricidio”. Esa fotografía es un claro ejemplo de “memoricidio”. Cuando se empiezan a destruir los puentes de convivencia, los que quieren acabar con la convivencia destruyen la esencia de la vida, que es la cultura. Antes que matar a los ciudadanos físicamente, matan los puentes de conexión, la cultura. Y ese… en esa biblioteca estaba almacenada la cultura balcánica, la cultura bosnia.

33:07
Rosa. Hola, Gervasio. Soy Rosa Martínez, actualmente, estudiante de fotografía. Y quería preguntarte: tu fotografía ha sido utilizada como material educativo en aulas y en debates con charlas para mostrar los desastres de la guerra, ¿tú crees que si se estudiara más material fotográfico como el que haces tú se concienciaría a los niños de los peligros de la venta de armas?

Gervasio Sánchez. Yo simplemente creo que los niños deben crecer con un espíritu crítico, y hay que enseñarles, desde muy pequeños, a decir basta, a decir no. Pero no a la guerra cuando está de moda, no a la guerra del 2003 contra Irak, que salimos todos a gritar “No a la guerra” contra Irak, sino también a la guerra de Ruanda, a la que no salió nadie. No a la guerra de Yemen, en la que no ha salido nadie. No a la guerra de Bosnia, en la que han salido muy pocas personas. Sea un niño, un adolescente, un joven o un adulto, creo que es importante buscar formas de hacer entender que un mundo menos violento es un mundo mejor. Vivimos bajo el palio de la violencia desde, al menos, diez mil años con pruebas antropológicas. En enero del 2016, una antropóloga forense argentina de la universidad de Cambridge descubrió pruebas clarividentes de una masacre ocurrida en el lago Turkana, en Kenia, hace diez mil años. Y con toda la tristeza del mundo, les diré que, dentro de mil años y mil quinientos años, dos mil años, seguiremos en guerra, porque la guerra es un gran negocio. Cuando yo le pregunto a ciudadanos de cualquier país del mundo, y lo he hecho muchas veces: «¿Por qué está tu país en guerra?», todavía estoy esperando que alguien me conteste, y llevo 35 años trabajando en zona de guerra. La inmensa mayoría de la gente que sufre la guerra, que sufre amputaciones por culpa de la guerra, muere en la guerra o es desplazada para siempre por la guerra, no tiene ni idea de por qué su país está en guerra. En cambio, cada vez que suena el pitido inicial de un conflicto armado, hay personas a miles de kilómetros haciendo negocios, negocios impresionantes con la guerra. Lo importante es enseñarle a estos niños que los que se matan en el campo de batalla no son los únicos culpables, que, incluso, son menos culpables que los que incitan a la violencia, dirigen la guerra y hacen negocios con las guerras.

35:55

Hola, Gervasio. Soy fotógrafa y, en tus fotografías, se puede ver quizá más vida que muerte y, quizá, esperanza. A mí me gustaría que me contaras, un poco, cómo piensas a la hora de hacer esas fotografías, ¿cómo lo planificas?

Gervasio Sánchez. Tienes razón. Yo, un día, paseando por la ciudad de Sarajevo, en el año 92, decidí, de una manera totalmente fortuita, que, a partir de ese momento, iba a fotografiar vivos, no muertos. Que los muertos son el menor problema de una guerra. Los muertos se entierran, dejan de molestar. Tú puedes llorar a tu padre o a tu hermano o a tu abuelo o a tu esposo o a tu esposa, pero dejan de molestar. ¿Qué pasa con los vivos? ¿Qué pasa con la gente que queda herida, en una silla de ruedas, sin piernas, que sufren el estrés postraumático? Personas, como yo he visto en Sarajevo, que durante cuatro años han salido de sus casas ni al portal por el terror que le provocaba la guerra. ¿Qué pasa con personas que hoy día, en 2018, hay una evidencia cuando hablas con ellos de que han sufrido estrés postraumático y han quedado totalmente destrozados por una guerra que coincidió con su infancia? Entonces, yo empecé a fotografiar vivos, personas sobrevivientes que intentaban mantener la dignidad en medio del desastre de la guerra, en medio del olvido. Entonces, al final, he buscado esta forma de apostar por la vida en medio del desastre.

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De hecho, estoy muy contento porque, en los últimos años, uno de los mejores comisarios de arte contemporáneo que hay, no en España, sino en el mundo, que es Gerardo Mosqueda, me propuso hacer una nueva exposición, hace unos tres años, a la que llamamos “Vida”. Y me dijo claramente: «Es que en tus fotos hay más vida que muerte». Siempre la vida antes que la muerte. Y por eso he intentado buscar historias que huyeran del «bang bang». Tengo amigos fotógrafos a los que quiero muchísimo que están obsesionados con el «bang bang». Yo he vivido mucho «bang bang», y tengo fotografías extremadamente duras sobre el «bang bang». Yo he visto matar a gente delante de mí. Es decir, he visto cómo los mataban y lo he fotografiado. Lo que hay que contar son… narrar qué significa que con ocho años yo, Mónica Ardiles, me haya quedado ciega porque, cuando volvía del colegio, me salí del sendero, y al salirme del sendero tropecé, activé una mina, y esa explosionó y me dejó ciega. ¿Qué me pasa a mí cuando yo, Sofia Elface Fumo, me dirijo con mi hermana pequeña, María, que tiene ocho años y me acompaña porque mi mamá me ha ordenado que vaya a buscar leña para cenar? Y yo, que tengo once años, Sofía, activo una mina, me deja sin piernas y mata a mi hermana. Yo quiero saber qué pasa con estas personas. Para mí son los verdaderos héroes de la guerra, cuyas historias cuentan más sobre la guerra que todos los alegatos, las conmemoraciones, celebraciones, etcétera, que se suelen hacer cada fecha determinada en el calendario de fechas extraordinarias que tenemos. Entonces, por eso, para mí es muy importante documentar la vida antes que la muerte. Incluso cuando documentas historias sobre desaparecidos. Yo he hecho un trabajo muy largo sobre desaparecidos. De hecho, sigo trabajando sobre desaparecidos en España. Estás hablando de la vida. Eso es lo que hay que documentar. Y creo que este ha sido el camino que yo he elegido y creo que ahí no me he equivocado.

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Darío. Hola, Gervasio. Me llamo Darío, soy estudiante de fotografía. Iñaki Gabilondo dijo sobre tu fotografía de la pequeña Nalena que si el horror se pudiera fotografiar, probablemente, fuese la imagen del horror. ¿Crees que la fotografía documental puede servir de advertencia de que una guerra puede estallar en Europa si no aprendemos de nuestra historia y nuestros errores? Gracias.

Gervasio Sánchez. La fotografía documental, como decía Eugene Smith, podría ser la lumbre o la luz que nos permitiese no volver a cometer el mismo error, no dos veces que lo hemos cometido en Europa, sino muchas veces más. O sea, estamos en el continente que inventó lo peor que ha hecho el ser humano: totalitarismos, genocidio, fascismo, nazismo, esclavitud, la hemos inventado aquí. O sea, que aquí no podemos dar lecciones a nadie. Por suerte, a partir del 45 y después de dos guerras mundiales seguidas el mismo siglo, nos pusimos de acuerdo para no matarnos entre nosotros. La fotografía debería servir para alumbrar, para mejorar la percepción del mundo de los ciudadanos. La fotografía hecha con dignidad, la fotografía hecha con sacrificio muchas veces, la fotografía hecha con actitud de mostrar el mundo oscuro que no conocemos directamente. Al final, es esto, ¿no? Es ir al sitio donde la mayor parte de la gente no puede ir para que todos ustedes conozcan lo que ha ocurrido. Por eso han muerto mis amigos. Si tú no te emocionas ante el dolor ajeno, tienes un problema serio. Si tú entras en una sala donde está habiendo cosas brutales que ha pasado en el mundo y no te emocionas, te recomiendo que te vayas al psicólogo o al psiquiatra, porque algo de ti no rula en tu interior. A mí lo que me importa es qué vas a hacer después de llorar. Pero quiero ver qué pasa, qué ocurre, y casi nunca pasa nada. Hicimos una cobertura fantástica en los Balcanes. La guerra de Bosnia ha sido la guerra mejor cubierta por la prensa, no española solamente, mundial. Los mejores periodistas del mundo estaban en Sarajevo y no sirvió para nada, no cambió nada. Todavía me tengo que encontrar, a veces, políticos de aquella época que me dicen con una verborrea cínica que no sabían lo que estaba pasando los Balcanes. Yo tengo que decirles: «Eso es mentira con mayúsculas, todas las letras de “mentira” con mayúscula. Sabíais desde el primer minuto lo que estaba pasando. No intervinisteis porque sois unos cobardes, actuasteis de manera cobarde, y os importó unas narices el sufrimiento ajeno».

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Robert Capa comentaba que una fotografía buena no es buena si no te has acercado lo suficiente. Quería preguntarte si esto sigue siendo válido y tu opinión en este aspecto.

Gervasio Sánchez. Bueno, yo creo que esa reflexión de Robert Capa ha sido siempre malinterpretada. O sea, Robert Capa, no solamente se refería a un acercamiento físico, sino a mantener la empatía con lo que fotografiabas. En el fondo, al final, es tratar a las víctimas, que son la única verdad incuestionable de una guerra, con el respeto que se merece. En medio de la barbarie de la guerra y del descontrol de la guerra y la manipulación de la guerra, yo lo que hago siempre es ponerme al lado de las víctimas, que para mí es la única verdad. Y, cuanto más cerca estoy de las víctimas, más cerca estoy de la verdad. Yo creo que Capa hizo un poco lo mismo. Él llego a España con una efervescencia ideológica muy importante, se consideraba anarquista, comunista. Llegó a España se puso del lado de la República y toda la guerra la cubrió del lado republicano. Salvo al principio, que hizo unas fotografías, algunas, muy cuestionadas, en las que cayó en la propaganda. A medida que la guerra se iba haciendo cada vez más brutal, porque esto pasa siempre con la guerra, al principio hay una efervescencia increíble entre los combatientes, salen a las calles a cantar, se van al frente cantando, todos quieren ser combatientes, y, a medida que van muriendo en combate, va bajando la intensidad del momento de vanagloriarse de ser un combatiente. Él vivió esos momentos, el momento efervescente y el momento en que el lado republicano se iba diluyendo y, de hecho, él quedó, también, muy atrapado y golpeado por la muerte de su pareja, Gerda Taro que, por cierto, era bastante mejor fotógrafa que él, desde mi punto de vista.

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Entonces, yo creo que Robert Capa quería estar en un camino en el que él se sintiera partícipe de lo que estaba ocurriendo y, de hecho, él salió de España como un refugiado más. Él era un apátrida. Él llegó a España como apátrida. Tuvo que dejar Hungría cuando llegaron los movimientos fascistas a principio de los 30. Llegó a Alemania, en el 33, con su pareja que era alemana. Se marcharon a Francia y en el 35 llegó a España y se quedó aquí durante la Guerra Civil. Era un apátrida. Cuando él sale como uno más, como un derrotado más, es un apátrida. Entonces, él sentía mucho esa necesidad de acercarse a las víctimas y, de hecho, sus fotos más importantes para mí son las fotos que hizo en la retaguardia. Y eso que estuvo en momentos muy duros, estuvo en la batalla de Teruel, estuvo en Caspe. Estuvo en momentos superduros de gran violencia, con temperaturas brutales. La batalla de Teruel, según uno de los mejores historiadores europeos, Beevor, fue peor que Stalingrado. Y él estuvo ahí. Y vivió momentos muy brutales de la guerra, pero él empatizaba con las víctimas. Cómo de repente tu vida queda hecha añicos por culpa de la guerra. Cómo tienes que cogerlo lo que tienes y te marchas. Eso pasaba en los 30, pasó en los 40 con toda Europa, con una parte importante del mundo, sigue pasando hoy día. Hace tres años estaba en las fronteras balcánicas viendo como entraban refugiados afganos, sirios, iraquíes, eritreos, somalíes, sudaneses… Venían en grandes grupos. A una media de siete mil y ocho mil personas pasaban las fronteras balcánicas, diariamente, durante el mes de noviembre del 2015. Todas estas personas venían con lo puesto. Los que tenían algo de dinero se les notaba en la forma de vestir, los relojes que llevaban, en los teléfonos que llevaban. Tenían algo de algo dinero porque habían pagado a las mafias, podían pagar las mafias, lo tenían un poquito mejor porque podían llegar más cómodamente a Europa. La Europa que ellos buscaba, Alemania, Austria. Pero los que venían sin nada, venían con una pequeña mochila donde habían metido toda su vida. El año pasado estuve dos semanas delante de la de las costas libias, con el Golfo Azzurro, de la organización Open Arms. Era increíble. Sacamos de pateras de plástico, de goma, 145 personas en una patera de 12 metros de eslora. Algunos con la carne quemada por culpa del carburante, que había que desnudar en el barco. Es decir, desnudarlos completamente, sin nada en los bolsillos, sin dinero, sin identificación, y volverles a dar una ropa, casi como si fuera el nuevo nacimiento de esas personas. Y entraban en el barco y llegaban a los puertos italianos como recién nacidos de la gran tragedia que es la guerra y la desolación, o la pobreza endémica. Entonces, yo creo que Capa tuvo muchas conexiones con esta forma de entender el mundo. Por eso yo me siento muy cercano de pensamiento a Capa. Y lo digo muy humildemente, su biógrafo Richard Whelan, que murió hace unos años, cuando yo le regalé mi primer libro, “El cerco de Sarajevo”, me dijo algo que me emocionó: «Eres igual que Capa. Si Capa estuviese hoy vivo, seguramente hubiera hecho las mismas fotos que tú has hecho».

“¿La dignidad no será morir por estudiar en plena guerra?”. Gervasio Sánchez
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“La fotografía documental, como decía Eugene Smith, podría ser la luz que nos permita no volver a cometer el mismo error”

Gervasio Sánchez

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Inma. Soy Inma Cubillo, y me interesa mucho la fotografía social. Cuando una guerra ya no es noticia, la mayoría de los medios se van, algunas organizaciones se quedan, y otros volvéis a contar lo que fue, lo que pasó y qué pasa con las personas que se quedaron, con la población. Entonces, por ejemplo, en conflictos como el de Sierra Leona, la historia de los niños soldado, ¿qué conseguimos con esas fotografías en su historia?

Gervasio Sánchez. Los rehabilitan los proyectos serios y en profundidad como el que realizó el misionero Chema Caballero, que vivía en Sierra Leona desde hacía muchos años, conocía las costumbres, los idiomas locales y muchas de las formas de relacionarse culturalmente, cuando le ordenaron ponerse al frente de este proyecto por el que pasaron 3.500 niños soldados, y que tuvo bastante éxito. Yo, al fin y al cabo, lo que hice fue documentarlo. Lo documenté fotográficamente, literariamente, escribí, incluso, un libro sobre este proyecto, “Salvar a los niños soldado”, publiqué un libro sobre Sierra Leona bastante grande, durante muchos años. Y me relacioné mucho con los niños, los vi evolucionar en positivo, vi cómo mejoraban, vi como niños que habían hecho atrocidades, habían violado, habían cortado brazos, habían matado, habían matado algunos de ellos a sus padres… No es igual ser niñas soldado que niños soldado. Si eres niña, es mucho peor tu vida, posiblemente, vas a morir de las violaciones. Por supuesto, te van a violar. Ahí había un niño cuya primera misión fue matar a su padre. Recuerdo que lo entrevisté con esta autosuficiencia que tenemos los occidentales: «¿Por qué no te negaste a disparar a tu padre?». Y él me dijo: «Si no hubiera disparado a mi padre, hubieran matado a mí y a mi padre». Y yo, autosuficiente de mí, le pregunté: «¿Y por qué sabías que te iban a matar?». Y él me respondió: «Porque al compañero que se negó a matar a su padre minutos antes, le pegué yo un tiro y luego tuve que matar a su padre». Entonces, estas cosas ocurren. Y esto es importante profundizar en estas historias. Ver, ese niño en qué queda, qué queda de ese niño, qué queda de su violencia, qué queda del abuso de haber sido utilizado como carne de cañón. De haber tenido la suerte de sobrevivir, porque muchos murieron. ¿Qué ocurre con ese niño? Y la mayor parte de estos niños acaban rehabilitados. Esta es la fuerza de un proyecto serio, como ocurrió en Sierra Leona.

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A mí me gustó continuarlo, primero porque me pareció una historia interesante, y segundo porque yo estaba en Sierra Leona. A partir de diciembre del 2000, volví a Sierra Leona para encontrar mi propia paz. Una de las razones por las que yo quiero volver a los sitios es para no quedarme con esa sensación de que lo importante es la guerra, cuando lo importante es la Paz. Y la paz siempre es imperfecta. Lo que es perfecto es la guerra. Entonces, intentemos acabar con la guerra perfecta, aunque sea a partir de una paz imperfecta. Intentemos documentar lo difícil que es la paz, lo difícil que es rehabilitar un país, lo difícil que es superar la violencia de un país, lo difícil que es que, años después o décadas después, no esté todavía inmerso en la conciencia colectiva la violencia que ha sufrido esa sociedad. Y, entonces, empezaremos a mejorar. Yo quiero ser testigo de todo esto por una razón, primero porque soy periodista y quiero documentar esos periodos oscuros que a nadie le interesa. Si tú vas a un periódico le dices: «Voy a hacer un trabajo sobre la rehabilitación de niños soldado que va a durar cinco años», se ríen de ti. Si vas a un periódico y le dices: «Voy a hacer una historia sobre cómo esa sociedad ha sido capaz de superar la violencia de aquellos tiempos o han llegado al perdón incluso entre sus ciudadanos», se van a raíz de ti, descaradamente se van a reír. «¿Qué es eso de hacer una historia de cinco años? Si lo que queremos es sacar el periódico mañana. Y ahora, en Internet dentro de un rato». Lo hago por estas razones, porque quiero documentar, y lo hago para salvarme a mí mismo. En el fondo, al final, a la conclusión que he llegado yo en mi vida profesional es que hago ese trabajo para salvaguardar mi propia conciencia. Para que alguien me pueda decir mañana que no pasó tal cosa o tal otra. Mi forma de ir… mi forma de superar la violencia que he vivido, de cargar una mochila de dolor y muerte que cargo, invisible para todos ustedes pero cuyo peso yo conozco, es regresar y regresar y regresar a los sitios que he vivido cuando se ha acabado, al menos, «bang bang», y construir historias, narrar historias que me sirvan para entender mejor lo que ha ocurrido allí.

53:52

Hola, Gervasio. Sabemos que eres el embajador de paz por la Unesco, sabemos que has cubierto conflictos durante toda tu vida. Muchos de nosotros, como docentes, trabajábamos en positivo con el conflicto, queremos sacar siempre un balance positivo del conflicto. Como buen periodista, yo te pediría un titular. Un titular para transmitir a los jóvenes sobre el valor de la paz.

Gervasio Sánchez. Bueno, creo que lo he ido diciendo a medida que hemos ido hablando. Creo que la paz se construye cuando somos capaces de impedir que nuestros gobernantes hagan negocios con la guerra y con la muerte. Entonces, a esos alumnos jóvenes les podamos dar un mundo mejor. Una forma de luchar por la paz es hacer campañas fuertes a través de los colegios, los institutos, enviando correos electrónicos a nuestras autoridades políticas y económicas, a los jueces a que investiguen quién se beneficia de la guerra, quién recibe comisiones para que no ocurra. Sacar la careta, hacer campañas fuertes a miles de estudiantes, mandando correos electrónicos, bombardeen. Ustedes, como maestros, intenten que sus alumnos se vuelvan activistas. Para que, alguna vez, nuestras eminencias, unos señores que piensan tanto y tan bien, se den cuenta de lo que significa un mundo en paz, si lo comparamos con un mundo en guerra. Yo creo que sería este el camino. En la guerra, no solamente es culpable el que mata, el que aprieta el gatillo. Es culpable el que atiza los sentimientos, el que jalea al que mata, el que aplaude al que mata, el que mira hacia otro lado, el que dice que no sabía. Hacerles ver, sobre todo, las contradicciones que produce, muchas veces, en los debates. En los debates del día a día, porque los niños se sientan ante el televisor y ven pasar imágenes descontextualizadas. Porque todo pasa a toda velocidad. Entonces, plantearse ejercicios que permitan entender por qué la población está cambiando a nuestro alrededor. Es un problema importante. En los últimos años, ocho millones de ciudadanos nuevos viniendo de fuera en Europa, ocho millones. Hay países europeos que tienen menos población, y esto hay que vivirlo por la riqueza que significa eso. No vivirlo como un asalto. Y son los niños los que entenderán mejor cuál es la diferencia entre sentir lo que ocurre como algo que enriquece, antes que sentir lo que ocurre como algo que nos asalta.

57:10

Hola, Gervasio. Después de haber sido testigo de todo lo que has sido testigo, de todo lo que has visto, ¿tienes fe en la humanidad como colectivo, y en el ser humano como individuo?

Gervasio Sánchez. Sigo creyendo que los seres humanos podemos ser mejores de lo que somos. Y lo sigo creyendo, sorprendentemente, porque lo he visto en plena guerra. La dignidad es un concepto intangible, pero la dignidad es algo que sabemos a qué nos referimos. Lo he visto en pleno conflicto. He visto a la gente actuar de una manera increíblemente digna. Mujeres, hombres, niños que salían por las mañanas de casa sin luz, sin agua, sin calefacción, durante años, y, sorprendentemente, iban bien vestidos, iban arreglados, se habían bañado aunque fuera con una botella de agua, que atravesaban una ciudad golpeada por una violencia increíble, que se jugaban morir por estudiar. Yo vivía, una parte de la guerra de Bosnia, viví delante de un instituto. Mi casa, una casa de una familia que me acogió, estaba delante de un instituto. Y vi morir a chicos y chicas de 14 y 15 años, atravesando un puente que era batido por francotiradores. Y pienso, a veces: ¿la dignidad no será morir por estudiar en plena guerra? ¿La dignidad no será custodiar a un vecino de la minoría que está bombardeando la ciudad y evitar que lo maten? Porque siempre hay ajustes de cuentas en cualquier guerra. ¿La dignidad no es ser capaz de decirle a una vecina, cuando los paramilitares están entrando en tu barrio: «que tu hija mayor de 14 años se venga a mi casa, que yo lo haré pasar por hija mía, si no, la van a violar? ¿Y que cuando los paramilitares entran en la casa de esa señora, solamente violen a la madre? ¿Y que el señor se juegue el cuello, si lo descubren, lo matan, por salvar una vida? Eso es el heroísmo, la dignidad, la fuerza de la razón, en medio del desastre de la guerra. La capacidad que tenemos los seres humanos de hacer o de vivir situaciones injustas de una manera no vergonzosa. Yo sigo creyendo, quizás, todavía, porque he visto a los seres humanos decidir no matar. Hay muy poca gente que prefiera morir antes que matar, pero los hay. Entonces, este tipo de personajes son, para mí, por los que vale la pena batirse en esta profesión. Hacer, creer que todavía sigue existiendo el modelo que dignifica al ser humano. El problema es qué haces cuando todo se desmorona. Y ahí aparecen las dificultades y, casi siempre, la cobardía. Por eso, la gente jalea al que mata porque tiene el arma, la gente mira hacia otro lado para evitar que pueda ser el siguiente, la gente intenta escabullirse de sus responsabilidades. Pero, de cuando en cuando, aparece, también, lo mejor del ser humano.