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De la mente infantil a la inteligencia artificial

Alison Gopnik

De la mente infantil a la inteligencia artificial

Alison Gopnik

· Psicóloga y filósofa

Observa la mente infantil con la misma fascinación que niños y niñas observan el mundo que les rodea. Alison Gopnik es un referente mundial de las ciencias cognitivas. En el laboratorio de aprendizaje y desarrollo cognitivo que dirige estudia lo que ocurre en el cerebro de los más pequeños cuando aprenden. La científica defiende el potencial infantil en disciplinas que van desde la Filosofía a la Inteligencia Artificial. “Los niños son una parte crucial y subestimada del pensamiento”, argumenta. Su trabajo tiene aplicaciones en el ‘deep learning’, ha ayudado a comprender cómo los adultos forman vínculos o a esclarecer en qué consiste la creatividad.

Alison Gopnik es profesora de Psicología y profesora afiliada de Filosofía en la Universidad de California en Berkeley. Licenciada en la Universidad McGill y doctorada en la Universidad de Oxford, es autora de más de un centenar de artículos y de media docena de libros, entre los que se encuentran: ‘El filósofo entre pañales’, ‘¿Padres jardineros o padres carpinteros?’ o ‘The Scientist in the Crib’.

Es, también, la científica detrás de la que se conoce como 'Teoría de la teoría', un análisis de la idea de que los niños aprenden de la misma forma en que lo hacen los científicos. “Necesitan tiempo para explorar y eso requiere cuidados”, asume Gopnik. Miembro de la Cognitive Science Society y de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, así como miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias, en 2021 ha sido galardonada con el Premio Carl Sagan a la popularización de la ciencia.


Creando oportunidades

Alison Gopnik

Observa la mente infantil con la misma fascinación que niños y niñas observan el mundo que les rodea. Alison Gopnik es un referente mundial de las ciencias cognitivas. En el laboratorio de aprendizaje y desarrollo cognitivo que dirige estudia lo que ocurre en el cerebro de los más pequeños cuando aprenden. La científica defiende el potencial infantil en disciplinas que van desde la Filosofía a la Inteligencia Artificial. “Los niños son una parte crucial y subestimada del pensamiento”, argumenta. Su trabajo tiene aplicaciones en el ‘deep learning’, ha ayudado a comprender cómo los adultos forman vínculos o a esclarecer en qué consiste la creatividad.

Alison Gopnik es profesora de Psicología y profesora afiliada de Filosofía en la Universidad de California en Berkeley. Licenciada en la Universidad McGill y doctorada en la Universidad de Oxford, es autora de más de un centenar de artículos y de media docena de libros, entre los que se encuentran: ‘El filósofo entre pañales’, ‘¿Padres jardineros o padres carpinteros?’ o ‘The Scientist in the Crib’.

Es, también, la científica detrás de la que se conoce como 'Teoría de la teoría', un análisis de la idea de que los niños aprenden de la misma forma en que lo hacen los científicos. “Necesitan tiempo para explorar y eso requiere cuidados”, asume Gopnik. Miembro de la Cognitive Science Society y de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, así como miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias, en 2021 ha sido galardonada con el Premio Carl Sagan a la popularización de la ciencia.


Creando Oportunidades

Transcripción

00:09
Zuberoa Marcos. Creo que has cambiado radicalmente nuestra manera de pensar en el cerebro de los bebés. Me entusiasma lo que vas a compartir hoy con nosotros. Pero siempre comienzo mis entrevistas de la misma forma, yendo al origen de todo. Tu pasión por los bebés y por intentar entenderlos, por intentar entender cómo van comprendiendo el mundo, el origen de todo esto está en tu propia infancia y educación, puesto que eres la mayor de seis hermanos, así que eras la hermana que debía ocuparse de sus hermanos y hermanas pequeños. Esa labor como cuidadora te condujo a esta investigación. Me gustaría que nos contaras esa historia un poco.

01:24
Alison Gopnik. Sí. Es interesante. Soy la mayor de seis hermanos, y tener cinco hermanos y hermanas pequeños te convierte, inevitablemente, en una especie de madre suplente. Fuimos seis niños en once años, así que siempre he estado rodeada de niños y de bebés. De hecho, tuve mi primer bebé a los veintitrés años. El otro día me di cuenta de que, a lo largo de mi vida, casi siempre he estado involucrada en el cuidado de alguien. Gracias a Dios, ahora tengo nietos. Pero también, desde que tengo memoria, me han interesado siempre las grandes preguntas filosóficas. Preguntas como: ¿cuál es la naturaleza del conocimiento? ¿Cómo podemos aprender tanto cuando lo único que recibimos del mundo son pequeñas alteraciones de aire en los oídos y fotones en la parte posterior de la retina? ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo podemos conocer y entender las cosas que sabemos del mundo? Y una cuestión interesante es que mi experiencia con niños, el hecho de que siempre me hayan parecido increíblemente fascinantes, interesantes e infravalorados en términos de profundidad y de lo que se puede aprender de ellos, y, por otro lado, mi interés en la filosofía, estaban en universos completamente distintos cuando empecé a estudiar. Era estudiante de Filosofía, esa fue mi primera carrera y sigo siendo parte del departamento de Filosofía de Berkeley. En varios sentidos importantes, siempre me he considerado más filósofa que psicóloga. Pero, en mis inicios, si hacías Filosofía y decías: “Mirad, creo que para responder a estas preguntas hay que prestar atención a los niños”, te miraban como si estuvieras loca. “¿Niños? ¿Qué tendrán que ver los niños con estas cuestiones tan profundas e importantes?”. Y a mí siempre me ha parecido que, sobre todo para responder a preguntas como: “¿Cómo es que podemos saber tanto sobre el mundo?”, observar a los niños pequeños, que son los que lo están haciendo, que están resolviendo ese problema tan profundo acerca de cómo aprender sobre el mundo que nos rodea, pues es justo lo que deberíamos hacer. Esas son las personas a las que deberíamos estudiar. Pero en la historia de la filosofía… Hice un breve análisis de la “Enciclopedia de filosofía” de 1967. Entre sus miles y miles de páginas, hay quizá diez referencias a los niños en todo el volumen. Podrías leer la historia completa de la filosofía y pensar que los seres humanos se reproducían por clonación asexual.

03:18

No sabrías que los niños eran una parte importante y profunda de nuestras vidas, tanto en relación con nuestra capacidad para aprender como en lo tocante a nuestras vidas morales y políticas. Han sido invisibles por razones obvias, y es que se los relaciona con las mujeres, y lo que hacen las mujeres siempre ha sido ignorado e infravalorado. Creo que eso ha sido particularmente cierto en la filosofía, una disciplina académica que aún a día de hoy sigue estando muy dominada por los hombres. Así que, muy pronto, cuando todavía era estudiante universitaria, tuve la visión de que podía coger a los niños, coger el conocimiento que había sobre ellos, y aplicarlo a las grandes preguntas. Tuve mucha suerte, porque, cuando daba mis primeros pasos, en los años 80, se estaba produciendo una enorme revolución en la psicología del desarrollo. Dejamos de pensar que los bebés y los niños eran irracionales, amorales, egocéntricos y estaban restringidos al aquí y ahora, y desarrollamos nuevos métodos para estudiar a los bebés y a los niños pequeños que cambiaron nuestra visión por completo. Descubrimos que tanto los bebés como los niños más pequeños saben más y aprenden más de lo que nunca habíamos imaginado. Y se debió en parte a que ahora podíamos empezar a hacer cosas como grabarlos en vídeo, estudiar lo que hacían, en vez de simplemente hacerles preguntas y escuchar sus respuestas. Y en el proceso, desarrollamos nuevas técnicas realmente extraordinarias que cambiaron lo que pensábamos de los niños. Así que se dio una combinación entre mi interés filosófico por el aprendizaje y por cómo podía la gente aprender tanto, mi convicción de que los niños eran la clave para responder a esa pregunta y tener nuevas formas de comprender lo que sucedía en las mentes de los niños. Siento que he sido muy afortunada en mi carrera por haber podido combinar estos aspectos de una manera que en el pasado hubiera sido más difícil. Había una razón por la que la gente no entendía ni pensaba tanto en los niños. En parte, porque no les prestaban mucha atención, pero también porque carecíamos de las herramientas científicas que necesitábamos para entender qué pasaba en las mentes de los niños y, después, en sus cerebros. Esos treinta años fueron una época muy emocionante en la comprensión de la infancia de una manera nueva y más profunda.

05:41
Zuberoa Marcos. De hecho, una idea que me pareció realmente fascinante, Alison, cuando leía sobre tu investigación, es que hoy te refieres a los niños no como adultos en formación, sino realmente como dos formas distintas, niños, bebés y adultos, de una misma especie, “Homo Sapiens”, ¿no?

06:02
Alison Gopnik. Sí. Algo que ha emergido de esto es pensar realmente en los niños de una manera distinta a como se hacía antes. Durante mucho tiempo, pensamos en los niños como si fueran adultos defectuosos. Eran adultos a los que les faltaba una pieza. O pensábamos en ellos en términos de: “¿Qué podemos hacer para que sean adultos?”. Y si lo piensas desde una perspectiva biológica, no tiene mucho sentido, ¿verdad? Si fuera tan genial ser adultos, podríamos directamente nacer siéndolo. Y, de hecho, hay otras especies animales que nacen con una forma casi idéntica a la que tienen de adultos. Uno de los aspectos más distintivos de los seres humanos es que tenemos un periodo de infancia muy largo, muy costoso, el doble de largo que el de nuestros parientes primates más parecidos. Para cuando un chimpancé tiene siete años, ya produce tanta comida como la que consume. E incluso en sociedades de cazadores y recolectores, los humanos no hacemos eso hasta los quince años. Incluso podemos ver en los registros fósiles que este periodo de indefensión e inmadurez se ha ido extendiendo. Además, y creo que esto es igual de importante, hemos ido proporcionando más y más cuidados. Uno de los resultados de esa larga infancia es que necesitamos que más gente se ocupe de esos niños. No solo tenemos madres biológicas, sino también padres y lo que los biólogos llaman “aloparientes”, otras personas involucradas en la crianza de los niños. Y mi figura favorita, las abuelas, que muy pocas otras especies tienen. Tenemos esos veinte años extra, entre los cincuenta y los setenta años, tras la menopausia, en el que las mujeres ya no son fértiles. Pero, de nuevo, en el curso de la historia, hemos ido llegando hasta los setenta años, por lo que tenemos un periodo extra. Y cada vez estoy más convencida de que no deberíamos entender la vida humana pensando que existe una cumbre en un varón filósofo de treinta y cinco años, reflexionando en su sillón, que esa es la cima de la racionalidad, pensamiento y cognición humana, y asumiendo que el resto es ir hacia eso o caer desde ahí. En vez de eso, deberíamos considerar a los humanos como poseedores de inteligencias distintas que corresponden a distintas edades. La inteligencia de un niño es muy distinta de la de un adulto, que a su vez es muy distinta de la inteligencia que necesita una persona anciana. Y, de hecho, es el equilibrio, los intercambios entre la manera en la que pensamos cuando somos niños, cuando somos adultos, cuando somos ancianos, es esa combinación de cosas la que brinda a la humanidad la capacidad de aprender tanto y entender tanto acerca del mundo que nos rodea.

08:36
Zuberoa Marcos. Tengo una pregunta sobre algo que has dicho, lo de que tenemos un periodo extendido de inmadurez. ¿Tiene eso alguna ventaja evolutiva? ¿Por qué tenemos, como has dicho, un periodo de tiempo tan largo en comparación al resto de animales?

08:57
Alison Gopnik. Sí. Una idea que me parece realmente importante a partir de la biología evolutiva es la del ciclo vital. ¿Qué es el ciclo vital? El ciclo vital es cómo la vida de un animal se desarrolla a lo largo del tiempo. ¿Cuánto dura su infancia? ¿Cuándo empiezan a reproducirse? ¿Cuántos bebés tienen? ¿Cuánto tiempo viven? Ese tipo de características de los animales son muy importantes para la evolución. A menudo, la evolución selecciona distintos tipos de ciclos vitales. Y si te fijas, hay una regla general increíble, y es que, si examinas una amplia gama de animales, no solo humanos ni únicamente primates, sino aves e incluso insectos, lo que vemos es una relación entre cuánto dura el periodo de la infancia y el tamaño del cerebro, lo flexible que eres, cuánto aprendes, cuánta información le transmite una generación a la siguiente. Así que parece haber una relación biológica profunda entre tener una infancia y ser antropomórfico, ser inteligente pero también flexible, ser capaz de aprender mucho, de adaptarse a muchos tipos de entornos distintos. Ambas cosas parecen ir de la mano en la evolución. Y podríamos preguntarnos: ¿por qué será eso? ¿Por qué vemos esta relación profunda y poderosa entre la infancia, los cuidados y la inteligencia? Y claro, es aún más impresionante, porque la infancia es costosa, costosa en términos de que los niños no producen gran cosa, pero también en el sentido de que debemos dedicar mucho esfuerzo a cuidar de ellos y a mantenerlos con vida. Y resulta que hasta sus cerebros son costosos. En el caso de un adulto, un ser humano adulto, alrededor de un 20 % de sus calorías van al cerebro, lo cual es impresionante. El cerebro utiliza mucha energía. Pero, en los niños de cuatro años, el 66 % de sus calorías van al cerebro, por lo que sus cerebros utilizan muchísima energía. Eso tiene que ocurrir por alguna razón. Tiene que haber algún valor adaptativo. Y lo que he estado pensando recientemente es que hay ciertas ideas del campo de la ciencia computacional que podrían servir para explicar por qué vemos esa relación entre una infancia larga, un cerebro grande, gran inteligencia y gran flexibilidad. Y la idea es esta: hay una tensión básica entre dos tipos de inteligencia que en informática se llama “explorar frente a explotar”. Supón que eres informática. No sabes nada de niños. Solo intentas diseñar un sistema que sea inteligente, que pueda salir al mundo y hacer las cosas que hacemos los seres humanos. Sucede que hay dos cosas muy diferentes que ese tipo de sistema debe hacer. Por un lado, aquello en lo que solemos pensar: tiene que ser efectivo, salir al mundo, explotar el entorno, tener objetivos y cumplirlos. Solemos asociar eso a ser inteligente, pero, para poder hacerlo, también tiene que considerar muchas posibilidades diferentes. Ese sistema debe dedicar tiempo a aprender cómo es el mundo que lo rodea y pensar en todos los distintos problemas que puede resolver, las distintas soluciones posibles, las distintas maneras en las que podría ser el mundo. Y esa es la parte de la exploración.

12:16

Y resulta que es técnicamente imposible desarrollar un sistema que sea realmente bueno en exploración y en explotación al mismo tiempo. Y si lo piensas un poco, muchas de las cosas que se consideran errores desde el punto de vista de la explotación, como hacer cosas aleatorias o de manera desconcentrada o prestando atención a todo lo que te rodea a la vez, esas cosas no ayudan si lo que quieres es actuar de manera efectiva. Pero son exactamente lo que necesitas si lo que quieres es explorar. En informática, suelen resolver este problema empezando por la exploración, por un periodo en el que no se debe hacer gran cosa. Solo debes mirar alrededor, ir entendiendo cosas y considerando las posibilidades. Y cuando te dices: “Vale, estos son los grandes parámetros de mi mundo”, entonces puedes centrarte más y decir: “Vale, ¿qué debo hacer ahora? ¿Qué debo hacer en esta situación particular?”. Puedes coger todo ese conocimiento que has adquirido durante el tiempo de exploración y ponerlo en práctica para explotar. Mi lema es que la infancia es la forma que tiene la evolución para resolver el intercambio exploración-explotación. Tenemos un periodo inicial en el que nuestras necesidades están cubiertas por los que nos cuidan. Eso significa, por cierto, que los cuidados, a los que no solemos prestar mucha atención, francamente, no valoramos mucho ni pagamos mucho a los que los prestan, son una parte totalmente crucial de lo que nos hace tan inteligentes y capaces de prosperar. Es tener ese periodo protegido durante el cual los cuidadores se ocupan de nosotros lo que nos da tiempo para explorar. Y, otra vez, parte de lo que me gusta de esto es que muchas características de los niños que todos reconocemos, que todos vemos, y que tradicionalmente hemos considerado déficits o defectos, resulta que en realidad son virtudes si lo que quieres hacer es explorar. Estar un poco locos, por ejemplo, hace poco tuve en casa a mis nietos, que tienen cinco, siete y nueve años, y recibir al de cinco años es siempre maravilloso. Cuando hablo con él, hablamos de todo, de todo lo que está pasando, exteriorizando un monólogo interior maravilloso y enormemente amplio. Y podrías pensar: “Bueno, no parece muy preparado para salir al mundo”, pero, definitivamente, es alguien que está explorando una amplia gama de posibilidades. Y eso se ve en los juegos simbólicos, en los juegos exploratorios que les hacen meterse en todas partes. Dedican mucho tiempo a hacer cosas que no parecen tener un beneficio inmediato, pero que son geniales desde el punto de vista del aprendizaje. Lo mismo se aplica a cosas como la atención o la función ejecutiva. Prestar atención a una sola cosa a la vez es muy importante si quieres actuar de manera efectiva. Pero si quieres aprender, te conviene más tener una mente abierta para estar en el mundo, recibes un montón de información, y los niños parecen ser más así. Incluso si nos fijamos en el cerebro, lo que vemos es que hay un periodo inicial en el que se forman muchas conexiones nuevas, en el que tenemos un cerebro mucho más plástico, como dicen los neurocientíficos, muy abierto a aprender. Y luego hay puntos de inflexión en estos cerebros: empiezan siendo muy buenos conectando cosas, pero no tanto haciéndolas, y hay un momento en que las conexiones que se han usado mucho se mantienen, se vuelven fuertes y eficaces, y aquellas que no, se cortan, desaparecen sin más. Así que tenemos un cerebro inicial que es muy bueno aprendiendo cosas nuevas, pero no tanto para ponerse el abrigo para ir al cole por la mañana. Y luego tenemos un cerebro posterior, una máquina ligera, potente y muy buena para hacer cosas, pero no tanto a la hora de adaptarse cuando cambia el entorno. Y se han ido haciendo cada vez más investigaciones que demuestran que esto es empíricamente cierto, que, la mayoría de las veces, los adultos realizan casi cualquier tarea mejor que los niños. Pero si es algo que involucra una amplia búsqueda creativa o cosas equivalentes, los niños suelen hacerlo mejor.

16:33
Zuberoa Marcos. Háblame de eso, porque me pareció fascinante cuando leí al respecto, el hecho de que, en ciertas circunstancias, los niños pueden superar a los adultos gracias a esa flexibilidad, a una mentalidad exploradora. Cuéntame algún ejemplo que hayas visto en tu investigación.

16:52
Alison Gopnik. Sí. Te cuento uno de los primeros casos que notamos. Habíamos hecho muchos experimentos para intentar ver si los niños podían comprender la estructura causal del mundo. Una idea que tuve y que se ha vuelto muy prominente en la psicología del desarrollo, a veces llamada la “teoría-teoría”, es concebir a los niños como pequeños científicos, como científicos que van por ahí intentando dar sentido al mundo que los rodea. Mi primer libro se llama «The Scientist in the Crib», «El científico en la cuna». Intentábamos averiguar cómo poner a prueba si los niños eran o no científicos. Lo que hicimos fue fabricar unas pequeñas máquinas que funcionaban de distintas maneras. Luego les dimos a algunas personas información sobre cómo funcionaban estas máquinas para ver si podían descubrir su estructura causal. Es casi exactamente lo que hacen los científicos. Cogen un montón de datos e intentan averiguar qué es lo que ocultan, cuál es la realidad subyacente a esos datos. Y eso hicimos en el experimento. Y fue uno de esos casos positivos de serendipia. Queríamos ver si los niños podían comprender grandes conceptos abstractos acerca de cierta clase de sistema, no solo qué botón lo ponía en marcha, sino: “¿Cómo funciona?”. “¿Funciona sobre el principio de que solo una cosa lo activa cada vez o en base a la combinación de varias acciones?”. Así que les dimos información sobre la máquina, y, en efecto, los niños lograron averiguar estas cuestiones abstractas acerca de su funcionamiento. Y nos dijimos: “Probemos con adultos”. Pues resulta que los adultos no son tan buenos para resolver ese problema. Y la razón es que parten de la suposición más obvia y familiar acerca de cómo funcionan las máquinas, y siguen la suposición que ya tienen de antes, incluso cuando los datos no encajan con esa suposición. Suponen, por ejemplo, que solo un bloque activará la máquina cada vez. E incluso si les das información que demuestra que eso no es cierto, siguen aferrándose a esa suposición. Y, de nuevo, si piensas en lo que es ser adulto, en la mayoría de los casos tiene sentido obedecer a lo que ya sabes. Tiene sentido no cambiar demasiado tu forma de pensar acerca de las cosas, sobre todo en lo relativo a ideas grandes y amplias. Pero cuando lo hacemos con niños, siguen la información. En cierto sentido, son mejores científicos que los adultos. Si les das información que diga que la máquina funciona de cierta manera, de la manera obvia, pues esa aplicarán. Pero si les das información que diga que la máquina funciona de manera inusual, pues aplicarán esa otra. Así que, cuando les damos información que dice que algo funciona de una manera más bien imprevista… Lo hicimos con máquinas y, en otro experimento, lo hicimos con personas, para que intentaran averiguar por qué la gente hace lo que hace. Bueno, pues a los niños más pequeños les va mejor ante lo improbable que a los más mayores. Y otros científicos y yo hemos realizado más experimentos recientemente que ofrecen un detalle adicional.

19:40

Lo que hacemos es tomar ideas provenientes de estudios muy muy antiguos acerca del aprendizaje por refuerzo. ¿Qué es el aprendizaje por refuerzo? He aquí un ejemplo: el resultado más antiguo y canónico de la psicología. Colocas a una rata en un laberinto. La rata se va por un camino y recibe una descarga eléctrica. Se va por el otro camino y no pasa nada. Pues nunca más volverá a ir por el camino que la electrocuta. Es un tipo de aprendizaje bastante sensato, fundacional. Pero si lo piensas bien, desde el punto de vista de la exploración, tiene una desventaja, y la desventaja es que, si nunca vuelves a ir por ese camino, nunca sabrás con seguridad si se produce una descarga la segunda vez. Quizá ya no hay descarga. Quizá esta vez haya una recompensa al final de ese camino. Y hay muchas pruebas que demuestran que lo que llamamos aprendizaje por evitación es lo que explica cosas como las fobias o los trastornos de ansiedad. Lo que sucede es que, por ejemplo, te subes una vez a un avión y lo pasas fatal, y entonces tienes tanto miedo que nunca más vuelves a subirte a uno, por lo que nunca descubres que, de hecho, la mayoría de las veces no pasa nada. Esa es la idea general. Bueno, resulta que, si te fijas en las ratas más jóvenes, en las adolescentes, el equivalente de la adolescencia en ratones y ratas, esas sí que prefieren ir por el camino que conduce a la descarga, pero solo lo harán si la madre está presente. ¿Qué es eso? Es una señal. La presencia de la madre es una señal que dice: “Vale, te estoy cuidando. Todavía eres un niño. Adelante, puedes probar cosas. Me aseguraré de que no te pase nada horrible”. Y eso permite a los animales jóvenes explorar más. Nim Tottenham, en Columbia, demostró eso mismo recientemente con niños de tres y cuatro años. Y en nuestro laboratorio hemos hecho experimentos similares, con los que demostramos que los niños están dispuestos a correr riesgos. No se electrocutan, pero preparamos algo con lo que ganan pegatinas o las pierden dependiendo de cómo resuelven una prueba de bloques. Así que les damos una motivación para averiguar cómo funcionan los bloques. Si lo resuelves bien, ganas pegatinas. Si cometes un error, pierdes pegatinas. El resultado es que los adultos son muy conservadores. No quieren perder pegatinas o su equivalente monetario, así que evitan intentar cosas que podrían, a la larga, acercarles mejor a entender lo que está pasando, pero que, en el corto plazo, son arriesgadas. Como las ratas que se niegan a recorrer el camino del laberinto que puede llevarlas a un resultado desagradable. Los niños están siempre dispuestos a asumir más riesgos en este tipo de circunstancias. Están dispuestos a sacrificar algo. “Vale, quizá la recompensa sea menor, quizá no gane tantas pegatinas, pero voy a aprender algo. Voy a obtener más información”. Y a la hora de asumir ese compromiso entre cuánta información puedes obtener, cuántos riesgos corres, cuánta recompensa obtienes, los niños son más propensos a buscar la información, tanto en nuestro laboratorio como en otros, que los adultos. Y es interesante. Hay un artículo de Emily Sumner, una estudiante de posdoctorado de mi laboratorio, pero que también trabaja en Irvine, que demuestra, por ejemplo, que, siempre y cuando todo sea igual, es decir, que sea una situación en la que todo es predecible, los adultos lo harán mejor. Pero si es una situación en la que las cosas cambian a mitad de camino… Por ejemplo, que quizá empieza con que el bloque rojo te reporta más pegatinas, pero, a la mitad de la prueba, cambia todo y es el bloque azul el que te da más pegatinas, los niños resuelven mejor esa situación. Como exploran más y asumen más riesgos, resuelven mejor las situaciones en las que las cosas cambian de forma inesperada. Así que los adultos están muy atascados en lo que ya saben, en las habilidades que ya poseen. Y sus soluciones funcionan si todo se mantiene más o menos igual a cuando ellos eran niños. Pero cuando hay un cambio, son los niños los que parecen hacerlo mejor.

De la mente infantil a la inteligencia artificial - Alison Gopnik, psicóloga y filósofa
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"Hay una relación profunda y poderosa entre la infancia, los cuidados y la inteligencia"

Alison Gopnik

23:37
Zuberoa Marcos. Es muy interesante todo esto que cuentas, porque, de hecho, estás diciendo que los niños están diseñados biológicamente.

23:45
Alison Gopnik. Algo interesante de nosotros en términos biológicos es que somos lo que los biólogos a veces llaman “primates neoténicos”, es decir, que aun de adultos, somos más infantiles que los adultos de muchas otras especies. Y creo que podemos señalar un montón de prácticas culturales e individuales que tenemos que realmente están diseñadas para devolvernos a ese estado de exploradores. Si piensas en ciertos tipos de meditación, por ejemplo, o ciertos tipos de trances místicos en los que podemos entrar, o en lo que pasa cuando vivimos un retiro espiritual o una experiencia de comunión con la naturaleza, todos esos casos son ejemplos en los que la inteligencia de la mente explotadora, la que dice: “tengo que terminar esto, debo hacer tal cosa, esto es lo siguiente que debo hacer”, se apaga. Siempre me ha parecido fascinante que, en la meditación, por ejemplo, solo quedándote sentada en un sitio sin moverte, te das cuenta de cuánto usas tu inteligencia simplemente para decirte: “Vale, debo hacer tal cosa, debo llegar a tal sitio”. Y creo que hay prácticas así, y hay pruebas neurocientíficas al respecto, que producen en cierta forma el efecto de reabrir la plasticidad, la capacidad de abrirse más a lo que está pasando en el mundo. Y creo que también lo hacemos socialmente. Así que tenemos personas como los científicos o los alquimistas o los artistas a los que les decimos: “Vale, tú puedes salir a explorar y te concederemos una subvención, por lo menos”. Es el equivalente a darles a los niños su bocadillo preferido para que sus cerebros puedan explorar a gusto. Seleccionamos a un grupo de gente de nuestra cultura y les decimos: “Vale, id a explorar y nos ocuparemos de vosotros y de vuestras necesidades diarias”. Suelo decir a menudo que no es que los niños sean pequeños científicos, sino que los científicos están siendo niños, y creo que eso encaja con lo que piensan los propios científicos. Pero la verdad es que, incluso en el caso de los científicos o artistas, o incluso cuando estamos en un retiro de meditación, los adultos necesitamos salir y tener recursos y objetivos y cumplirlos. El mundo no funcionaría muy bien si la vida estuviera regida por los niños de cuatro años.

25:58

Así que creo que, para los adultos, el truco es descubrir cómo ir cambiando entre un estado y otro. Para un científico, por ejemplo, creo que es una de las cosas más difíciles. De hecho, no es tan difícil ser un científico brillante y pensar ideas nuevas, lo difícil es averiguar cómo combinar eso con ser capaz de llevar esas ideas al mundo real. Creo que, en el caso de los adultos, lo que nos conviene intentar hacer es ir cambiando, ya sea como individuos o como sociedad, pensar en términos de exploración y luego ser capaces de implementar las cosas para poder explotarlas. Pero creo que una manera muy infravalorada que permite a los adultos hacer eso es pasar tiempo con los niños. Es uno de los aspectos maravillosos de ser cuidadores. Simultáneamente, implica mucho trabajo y esfuerzo, e intentas hacer cosas, pero también significa que puedes expandir la mente viendo lo que es estar con un niño. Solo yendo a la tienda de la esquina con un niño de dos años, de pronto te dices: “Nunca había visto lo que pasaba en estas dos manzanas”. Te das cuenta de golpe de que hay pájaros, aviones. Descubres que los camiones de bomberos son la cosa más emocionante y maravillosa del mundo. Y algo genial de estar con niños es que así podemos experimentar el mundo desde su amplísima perspectiva.

27:18
Zuberoa Marcos. A partir de todo lo que estás explicando sobre los nuevos conocimientos que hemos reunido observando cómo se comportan los niños y sus cerebros, ¿cuál es la mejor respuesta que tenemos hoy en día para esa pregunta?

27:33
Alison Gopnik . Bueno, lo cierto es que descubrimos cosas nuevas todos los días. Llevo treinta años trabajando en esto, y diría que, cada pocos meses, surge algo que me lleva a decir: “Nunca hubiera pensado que los niños podían hacer eso”. Se realizan descubrimientos asombrosos, tanto en términos de cuán brillantes son los niños, lo buenos que son a la hora de aprender, como también en cuanto a errores que cometen que uno no se esperaría. Lo genial es que ahora tenemos técnicas, incluyendo recientemente las técnicas de la neurociencia, para empezar a responder de verdad esa pregunta. Pero creo que el mensaje principal sería que los niños saben más y aprenden más de lo que nunca hubiéramos imaginado. Prácticamente cada nuevo descubrimiento sobre los niños se resume en que sus cerebros son más poderosos, aprenden más y entienden más. Te pongo un ejemplo. Muchas investigaciones demuestran que incluso los bebés y los niños pequeños hacen estadísticas. Observan probabilidades en el mundo. Estudian cuán probable es que sucedan las cosas. Y, de hecho, pueden realizar cálculos inconscientes e implícitos acerca de las probabilidades de que suceda algo. Creo que eso es algo que nadie hubiera predicho hace veinte o treinta años. El hecho de que los niños sean muy sofisticados con relación a los demás, que se interesen mucho por las mentes de los demás. Un reciente y hermoso estudio demuestra que ya empiezan a pensar en los grupos sociales, en cómo un grupo se relaciona con otro. En por qué una persona maltrata a otra. O en qué pasa cuando dos personas con distintos tipos de poder interactúan una con otra. Así que los niños intentan entender todo, y usan sus cerebros y mentes de formas increíblemente poderosas para poder llevar esto a cabo. Es interesante. Uno de los grandes temas en los que hemos trabajado últimamente es la colaboración con la gente que estudia la inteligencia artificial. Y algo con lo que nos topamos una y otra vez es que incluso los ordenadores más poderosos que conocemos, esos nuevos sistemas de una inteligencia artificial impresionante, están a años luz de cualquier niño de dos años a la hora de resolver problemas sencillos. Y es un buen ejercicio hablar con la gente que trabaja en inteligencia artificial y decirles: “Vale, esto es lo que hace un niño de dos años”, y ellos se quedan como: “Nuestras máquinas ni siquiera se acercan a eso”.

30:16
Zuberoa Marcos. Háblame más de eso, Alison. Es algo que me parece fascinante. ¿Por qué les cuesta tanto a las máquinas resolver problemas que para los niños son fáciles?

30:30
Alison Gopnik . Hay algo que a veces llaman “la paradoja de Moravec”. Es algo fascinante que surge a partir de la inteligencia artificial, y consiste en que muchas cosas que, como adultos, considerábamos que eran muy difíciles, que necesitaban una gran inteligencia, como jugar al go o al ajedrez, resultan ser cosas que no son fáciles, pero que los ordenadores pueden averiguar cómo hacer. Pero cosas como coger un vaso de agua y llevarlo al otro lado de la mesa sin derramar su contenido, que a nosotros nos parece algo muy sencillo, o, en caso de que tengas sed, pensar que hay agua en la nevera e ir hasta allí a buscarla, ese tipo de cosas tan básicas que cualquier niño de cuatro años puede hacer resultan ser muy complicadas para los sistemas de inteligencia artificial. Y esta es una manera de interpretarlo: lo que sucede con un sistema de inteligencia artificial es que le das montones de datos, a menudo millones y millones de ejemplos, y está bajo mucha supervisión. Algo que siempre digo es que las pobres inteligencias artificiales tienen madres que quieren mantener el control sobre todo y que siempre están encima diciendo cada vez: “Vale, esta vez tu puntuación ha mejorado. No, esta vez ha empeorado”, o “Sí, eso es un gato”, o “Eso es un perro”. Así que, con todos esos datos y toda esa supervisión, al final pueden hacer un buen trabajo. Pero si cambias el problema ligeramente, si haces a los perros un poco distintos o cambias las reglas del go o del ajedrez, entonces les cuesta bastante. Se desmoronan. Tienen que empezar de cero. Y si comparas eso con los niños, con muchos menos datos, solo con los datos que les brindan las personas de su círculo cercano, y con datos muy distintos a los que suministramos a las inteligencias artificiales, no solo pueden aprender, sino que son muy buenos generalizando. Son muy eficaces en coger lo aprendido y aplicarlo a situaciones muy diferentes para problemas distintos. Y, de hecho, parte de lo que hace que sea tan divertido estar con niños es que no generalizan igual que nosotros. Te doy un ejemplo encantador. Recientemente, una de mis estudiantes de posdoctorado nos contó que había llevado a su hijo de tres años al campus de Berkeley, que tiene un campanario, un reloj enorme. Y el niño miró la torre y dijo: “Hay un reloj muy arriba. ¿Por qué está tan arriba?”. Y dijo: “Será porque quieren asegurarse de que los estudiantes no lo rompan. Así que lo ponen muy arriba para que los estudiantes no puedan alcanzarlo y romperlo”. No es la asociación que haría un adulto. Nosotros no pensaríamos esa explicación. Es muy distinta, pero tiene sentido, ¿no? Es una buena explicación. Tiene sentido, sobre todo si eres un niño y has visto que ciertas cosas acaban en estantes altos para impedir que otros las rompan. Así que pones el reloj en lo alto de una torre para impedir que los estudiantes lo rompan. Y esa habilidad de coger unos pocos datos y formular a partir de ellos una generalización realmente creativa, que no aleatoria, sino una simplificación sensata, es lo que tanto le cuesta a la inteligencia artificial. Y empezamos a pensar que parte de la razón es que hay ciertos aspectos en la manera en la que aprenden los niños que son muy distintos de ese otro aprendizaje fuertemente supervisado que te lleva siempre a la respuesta correcta. Y creo que también es importante para fines educativos. Entonces, ¿qué es lo que hacen bien los niños? Bueno, pues una cosa que hacen es salir al mundo y probar cosas.

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Y las pobres inteligencias artificiales están atrapadas en sus ordenadores, recibiendo los datos que les damos. No pueden salir a explorar de verdad. Y uno de los aspectos más emocionantes de nuestra comprensión de los niños hoy en día se da simplemente viéndolos explorar, dándoles algunos juguetes y dejándolos por su cuenta. Actúan de formas bastante sistemáticas que les permiten obtener el máximo de información. Hemos hecho experimentos así en mi laboratorio. Otros han realizado experimentos que demuestran que están hambrientos de información. Son muy buenos a la hora de elegir con qué juguete van a aprender más, y deciden jugar con ese. Y más allá de eso, otra cosa que hacen los niños es jugar en general. Exploran, juegan con objetos, pero también hacen juegos de roles, en los que imaginan cosas que ni siquiera son reales. Y siempre ha sido intrigante: ¿por qué los niños dedican tanto tiempo a estas realidades alternativas que no son verdad? Ayer hablé de esto con uno de mis colegas informáticos. Hacer eso con un sistema informático, dejarle jugar, dejarle, en cierta forma, estar con su propia imaginación, generar diferentes tipos de objetivos, diferentes propósitos, le permite en realidad ser más robusto, le hace generalizar mejor. Así que si piensas en algo como intentar que un robot pueda de hecho funcionar… Y debo repetirlo para los que no conocen este ámbito. Que la gente que trabaja en robótica logre que un robot haga lo mismo con un vaso que sea un centímetro diferente de aquel con el que empezaron es muy muy difícil. Así que no estamos hablando de generalizar en el sentido de que tengan grandes ideas sobre campanarios, sino simplemente que generalicen lo bastante como para desplazar algo unos pocos centímetros o para resolver un problema que ha cambiado ligeramente. Eso es muy difícil. Y dejar a los robots jugar, dejarlos explorar, parece ser una de las cosas que podría ayudarlos a resolver estos problemas, a ser más robustos, más resistentes, a generalizar más. Así que explorar, jugar, incluso los juegos de roles. Y también, claro, los niños aprenden de la gente que los rodea. Y eso es muy importante.

De la mente infantil a la inteligencia artificial - Alison Gopnik, psicóloga y filósofa
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"Hay cosas básicas que cualquier niño puede hacer y resultan muy complicadas para la inteligencia artificial"

Alison Gopnik

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Hace años, en los años 80, cuando empezamos a trabajar en teoría de la mente, comenzamos a darnos cuenta de que lo más importante e interesante para los niños son las personas que los rodean, y aprenden mucho de ellas. Y cuando dices eso, como estamos tan atrapados en el modelo escolar, lo que los padres piensan es: “Ah, vale, eso significa que deberían ir al cole”, o los padres y la sociedad en general piensan: “Deberíamos hacer algo parecido a la escuela”. Pero los niños aprenden de los demás de formas mucho más sutiles de lo que sugiere el típico modelo escolar. Desde el momento en que nacen, por ejemplo, los bebés empiezan a imitar lo que ven hacer a otras personas, pero no imitan de un modo mecánico. Lo hacen de formas muy inteligentes. Esto lo hemos demostrado con una investigación en mi laboratorio. Por ejemplo, cuando imitan a alguien, tienen en cuenta lo que la persona está intentando hacer. Y una de las mayores tendencias en la robótica es intentar ver si un robot puede aprender a hacer cosas observando a personas expertas. Pero resulta que simplemente imitar lo que hace una persona, y no es muy difícil que un robot logre hacer eso, no te brinda esa robustez. La idea es lograr que un robot no solo imite, sino que comprenda algunas de las cosas que los niños sí captan, como: “¿Esta persona está haciendo esto a propósito? ¿Sabe esta persona más que yo? ¿Está haciendo esto para enseñarme?”. Para cuando los niños tienen tres o cuatro años, reaccionan de manera distinta en función de lo que creen que está haciendo la persona que les está mostrando algo. Esa es otra pieza que diferencia mucho a los niños de las inteligencias artificiales. Y, de nuevo, es una de esas cosas que nos llevan a decir: “Jo, sí que son buenos con esto”, pero no sabemos qué pasa en su cerebro que les permita ser tan buenos. Una de las conclusiones que están emergiendo de este trabajo es que los cuidados, las atenciones, la enseñanza, el aprendizaje, todas esas cosas están asociadas a ojos de los niños. A menudo solemos distinguir las habilidades blandas de las cognitivas o las habilidades cognitivas de las no cognitivas. Y, sobre todo en el caso de los niños pequeños, eso no tiene sentido. Su comprensión social, su manera de relacionarse con los demás, los cuidados que reciben, la manera en la que entienden el mundo, todos esos aspectos se mezclan entre sí. Y si queremos diseñar entornos que permitan a los niños aprender, debemos tener todas esas partes a la vez. No podemos separarlas como diciendo: “Vale, aquí está la parte de aprendizaje, que es diferente de la parte de cuidados”. Desde luego, en Estados Unidos, pero creo que en general, solemos distinguir entre la etapa preescolar y la guardería y estamos dispuestos a invertir en preescolar pero no tanto en el cuidado infantil. Pero desde la perspectiva neurocientífica o psicológica, eso no tiene ningún sentido. Es cuidando de los niños como aprenden sobre lo que les rodea. Aprenden porque están en una relación de cuidados.

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Zuberoa Marcos. Hay un debate acerca del hecho de que, en la actualidad, los niños están obviamente expuestos a la tecnología desde el primer día, desde que nacen. Es algo que es realmente parte de sus vidas. Y el debate es acerca de si esa tecnología ayuda en su aprendizaje y educación o los distrae. Como eres una persona que ha estudiado los cerebros de los niños en profundidad, me gustaría conocer tu opinión sobre el tema.

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Alison Gopnik. Sí. Uno de los aspectos que distinguen a los seres humanos y a su infancia desde que evolucionamos es que somos una especie que utiliza cosas. Una de nuestras grandes ventajas es que inventamos herramientas. Es interesante que tendemos a pensar que la tecnología es todo aquello que aparece después de nuestros veinte años, y que todo lo anterior era simplemente naturaleza, cosas que pasaban sin más. El día antes de que naciéramos era el Edén, y el día después del nacimiento de nuestros hijos es “Mad Max” para cualquier generación. Siempre nos parece que las cosas del pasado son naturales y las damos por hecho, y que los cambios actuales dan miedo y van a cambiarlo todo. Pero parte de la función de la infancia es que nos permite lidiar con un entorno cambiante, incluyendo los cambios al entorno que provocamos nosotros mismos. Y eso ha sido cierto desde que los humanos evolucionaron. Creo que ese argumento de que las cosas se van a complicar para los niños, de que cualquier cosa nueva va a ser mala para ellos, lleva repitiéndose desde que somos humanos, y, desde luego, se ha repetido durante los últimos doscientos años. Tal y como muchos han señalado, podría aplicarse el mismo argumento para la aparición del cine, la televisión o las pantallas. “Esto es lo nuevo, y va a ser muy dañino y va a destrozar los cerebros de los niños de tal o tal manera”. Ya lo hemos oído. La gente ha repetido ese argumento durante, al menos, cientos de años. Quizá esta vez sea diferente. Quizá esta vez sea diferente a todas las anteriores, pero no lo creo. Creo que lo que pasa… Y tampoco es cierto que, de alguna manera, todo se arregle al final, porque cada nueva tecnología tiene pros y contras, peligros y beneficios. Es nuestra responsabilidad como humanos, y es un trabajo duro. Resolver eso no es algo que podamos dar por hecho por cada invención tecnológica que aparece. ¿De qué manera la hacemos efectiva? ¿Cómo hacemos para aprovechar sus beneficios? ¿Cómo nos protegemos de sus peligros? Pongo un ejemplo que me gusta utilizar y que descubrí hace poco. Piensa en la electricidad. Todos damos por hecho que tenemos electricidad en este estudio o en nuestros hogares. Apretamos un botón y se enciende la luz. Pero la electricidad era enormemente peligrosa. La electricidad quemaba casas enteras, y supuso una enorme cantidad de esfuerzo establecer regulaciones, burocracia y códigos aburridos que implican que ahora, cuando remodelas tu casa, hay un libro de 500 páginas que explica exactamente lo que debes hacer para instalar el cableado eléctrico. Y creo que vamos a necesitar lo mismo para las nuevas tecnologías.

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Estamos viendo las consecuencias inesperadas de cosas como los algoritmos de las redes sociales, y debemos hacernos cargo como sociedad. Creo que, en realidad, serán nuestros hijos los que tendrán que averiguar cómo obtener los beneficios de esta tecnología en vez de sus aspectos negativos. Así que creo que esa imagen de que asociar tecnología y niños acaba fatal de por sí no es realmente precisa. Lo que deberíamos decir es que cualquier novedad que surja en nuestro mundo puede tener ventajas y desventajas. Y, a menudo, serán los niños y los adolescentes de la siguiente generación los que mejor identificarán cuáles son esos beneficios y desventajas. Repito, eso no significa que no debamos hacer nada, obviamente debemos hacer algo al respecto. Debemos hacernos responsables. Pero, principalmente, creo que será la siguiente generación la que podrá distinguir los aspectos positivos de los negativos de esta tecnología, porque están inmersos en ella desde la infancia. Creo que podrán hacerlo con mayor facilidad que las personas que deben lidiar con el cambio, con el impacto de lo nuevo, con el impacto de que la tecnología ha cambiado. Y, empíricamente, ha habido estudios que… Aún no hemos resuelto si la televisión es buena o no para los niños, pero la relación con la televisión está desapareciendo, ¿no? Creo que la televisión va a desaparecer como medio antes de que hayamos podido demostrar si es o no es buena para los niños. Quizá haya claroscuros en el caso de los niños más vulnerables, pero, en general, se diría que los niños se adaptaron bien a la televisión, a pesar de que la gente pensara que iba a tener muchos efectos negativos. Y, de hecho, tiene algunos, pero debemos averiguar cómo encontrar un equilibrio. Así que creo que, en general, los niños están diseñados para estar en primera línea, para ser la vanguardia del cambio tecnológico y del cambio social. Y eso es en parte lo que sus habilidades exploratorias les permiten hacer.

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Zuberoa Marcos. Sé que ya has abordado este tema. Has hablado de la crianza de los hijos, y, de hecho, has dicho que se basa en la invención, y quiero permitirte que te explayes sobre por qué dices eso.

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Bueno, es interesante, porque incluso el término “crianza” solo surge en Estados Unidos a finales del siglo veinte. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, se hablaba de madres y padres e hijos y padres. Pero no de criar, de la “crianza” como verbo. ¿Por qué es un verbo? Porque implica que hay algo que puedes hacer, que hay un trabajo que hacer, un objetivo que llevar a cabo, que, si haces lo correcto, terminarás con un hijo que salga bien. Y una metáfora que me gusta es que es como ser carpintero. Tienes la madera, si haces bien el trabajo, si cortas con cuidado, obtendrás el producto que quieres producir. Y eso es cierto para muchas actividades humanas. Pero en los últimos diez o quince años, quizá en los últimos veinte años, sobre todo entre padres de clase media, esa idea se ha extendido. En parte porque la educación ha resultado ser realmente importante para el éxito. Hay cada vez más presión con respecto a lo que la gente llama algo así como “crianza de alta inversión”. La idea de que puedes hacerlo, de que debes hacerlo porque es tu responsabilidad, se ha generalizado cada vez más. Y creo que en parte se debe a que los padres tienen a sus hijos cada vez más tarde, y, a menudo, han dedicado veinte años a trabajar o a estudiar, así que ahora tienen un hijo y piensan: “Esto es como trabajar o estudiar”. Creo que en parte lo hacen por las presiones sociales que dicen: “No, si quieres que tu hijo tenga éxito, debes invertir mucho trabajo y esfuerzo en la tarea, sobre todo en su educación”. Pero esa imagen es muy distinta de la idea de los cuidados que parte de la biología, de la neurociencia o de la psicología. Y la metáfora que uso es: no pienses tanto en un carpintero, sino en un jardinero. ¿Qué hace un jardinero? Un jardinero, al menos si es como la mayoría de los jardineros, sabe que no puede garantizar lo que va a brotar en el otro extremo. Lo que puede hacer es intentar crear un entorno fértil en el que distintos tipos de plantas puedan prosperar y que sea resistente. Hay un sentido más profundo por el cual no solo no tienes el control, sino que no lo quieres, no quieres tener tanto control sobre un jardín, porque la idea misma del jardín se basa en su gran variabilidad. En un jardín suceden toda clase de cosas diferentes. Y eso es lo que lo hace resistente. Si tienes un montón de plantas distintas, algunas de las cuales necesitan mucha agua y otras menos, cuando llegue una sequía, el jardín podrá sobrevivir y prosperar. Y desde un punto de vista biológico, la infancia es exactamente eso. La infancia es el periodo durante el cual cada niño es distinto. Los niños crecen de formas totalmente distintas. Lo que surge es muy distinto. Reaccionan a su entorno de maneras distintas. Y el objetivo de ser un cuidador es proporcionar un espacio protegido para esa clase de exploración. Y existen pruebas de que los niños que sufren mucho estrés, por ejemplo, son menos propensos a realizar esa clase de exploración de amplio alcance. Y creo que es un auténtico desafío para los cuidadores actuales cumplir con eso sin sentir que su trabajo consiste en mantener el control y obtener un resultado particular. Y creo que esta perspectiva sería tanto liberadora como empoderadora para los cuidadores, porque provoca mucha ansiedad pensar: “¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Esto está bien?”. Creo que otro aspecto muy importante que podríamos cambiar es que, durante la mayor parte de nuestra historia, hemos tenido a muchas personas diferentes ocupándose de los niños. Como he dicho, hemos tenido a madres, padres, tías y tíos. Y la mayoría de la gente, para cuando tenían a sus propios hijos, habían dedicado mucho tiempo a cuidar de otros niños. Mi experiencia, siendo la mayor de seis hermanos, ahora es bastante inusual, pero ha sido lo común durante la mayor parte de la historia de la humanidad.

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La gente cuidaba de sus hermanos, de sus primos, y veías a gente distinta ocuparse de los niños. Y creo que buena parte de la dificultad hoy en día, incluso para los padres que tienen muchos recursos, es que hay mucho aislamiento. Así que tienes a un padre o quizá a dos padres con un hijo único. Ya no hay ese sentido de toda una comunidad que se involucra. Y algo que creo que podríamos hacer es incorporar más a las abuelas, a las personas mayores, en la crianza de los niños. Es algo muy natural para las personas mayores, se les da bien y quieren hacerlo. Y creo que una de las desventajas de esta sociedad tan móvil y fragmentada es que ya no tenemos a personas mayores involucradas en los cuidados de los niños. Así que esta idea de que los niños tengan a muchas personas distintas ocupándose de ellos, con distintas actitudes, distintas ideas, distintas formas de estar en el mundo… Incluso los niños son muy distintos entre sí, cada uno es diferente, se desarrollan de manera diferente, y es esa clase de variabilidad, esa diferencia, la que crea una sociedad sana, un ecosistema sano, en oposición a pensar que existe un manual o receta, y que, si la sigues al pie de la letra, el niño se convertirá en el adulto que quieres que sea. Y, sin embargo, lo que ha pasado es que, igual que se presiona a los padres, se presiona a la educación infantil y a los programas de primera infancia para que se parezcan cada vez más a la escuela. Así que tenemos un modelo escolar que dicta lo que es aprender y enseñar. Y exportamos eso hacia los padres, así que los padres deben ser como los profesores de la escuela, y luego a la educación infantil, a los programas de primera infancia, a las guarderías. Deben parecerse más a cómo funcionan las escuelas. Y yo creo que es al revés. Lo que deberíamos hacer es que las escuelas se parezcan más a preescolar. Deberían ser entornos que permitan un aprendizaje de más amplio alcance. Así que es bastante frustrante, porque tenemos un ejemplo exacto de cómo hacer que esta labor de cuidados sea hermosa y efectiva, pero claro, la educación infantil no recibe financiación, a los profes nos les pagan casi nada. Son los que están abajo del todo en la estructura jerárquica. Así que se da esta ironía de que tenemos a disposición modelos realmente buenos sobre cómo cuidar a los niños de manera que puedan entender y aprender al máximo, pero no los apoyamos. No les damos el tipo de apoyo, como padres o sociedad en general, que necesitan. Hay un estudio fascinante que aborda los efectos de la educación infantil en la vida posterior, y creo que esto es muy informativo. Lo que da esa experiencia de educación infantil es la capacidad de resistencia. No es tanto que te enseñe una habilidad particular que vayas a usar después, lo que hace es enseñarte que hay adultos protectores alrededor, que puedes explorar, que puedes correr riesgos, que, si corres riesgos, hay más probabilidades de que algo salga bien que de que salga mal. Ese tipo de experiencias infantiles te enseñan grandes y amplios conceptos sobre cómo funciona el mundo, la idea de que puedes explorar, la idea de que puedes correr riesgos, y eso es lo que hace resistentes a los seres humanos. Eso es lo que te lleva al éxito, y no tener una fórmula particular ni un conjunto de habilidades particulares ni un conjunto de conocimientos particulares que hayas desarrollado en la juventud.

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Zuberoa Marcos. Podríamos hablar largo y tendido sobre el impacto que tiene eso en crear, como has dicho, adultos resistentes, pero también seguros de sí mismos, que se relacionen de manera sana. Podríamos seguir y seguir, pero tengo que poner fin a esta entrevista, Alison, y me apena mucho. Pero quiero darte las gracias por tu tiempo, por estar aquí hoy con nosotros y por este esclarecimiento acerca de lo que sucede en el cerebro de los niños. Muchas gracias.

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Alison Gopnik. Muchas gracias. Ha sido una conversación estupenda.