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Cultura y educación, dos claves para entender lo que importa

Antonio Muñoz Molina

Cultura y educación, dos claves para entender lo que importa

Antonio Muñoz Molina

· Escritor

Para el escritor Antonio Muñoz Molina, la cultura, la educación y la sanidad son pilares fundamentales que la sociedad no puede olvidar: “Hay valores y derechos que habían quedado totalmente perdidos, y cuando ocurre algo grave nos damos cuenta de que son cruciales”, asegura.

Antonio Muñoz Molina es un reconocido y galardonado escritor español, académico de la Real Academia Española desde 1996 (donde ocupa el sillón ‘u minúscula’) y académico de honor de la Academia de Buenas Letras de Granada. En 2013 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Estudió Historia del Arte en la Universidad de Granada y Periodismo en Madrid. Es Doctor Honoris Causa por las universidades de Jaén (España), Villanova (Pensilvania, Estados Unidos) y Brandeis (Massachusetts, Estados Unidos). Entre finales de los 80 y principios de los 90, Muñoz Molina ganó el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica de la Asociación Española de Críticos Literarios. También fue galardonado con el Premio Planeta por su novela ‘El jinete polaco’. En el año 2013 obtuvo el Premio Jerusalén, un galardón que se concede a escritores cuyo trabajo se haya destacado por la lucha por la libertad en el contexto de la sociedad actual.

Antonio Muñoz Molina fue el director del Instituto Cervantes en Nueva York y en 2012 realizó una valiosa donación a la Biblioteca Nacional de España de una parte de sus escritos, incluyendo documentos personales, borradores de sus novelas, poemas inéditos de juventud y una obra de teatro sin publicar. También es autor de numerosos ensayos, algunos de ellos relacionados con la Historia del arte como ‘El atrevimiento de mirar’ (2012) y otros centrados en el análisis de la sociedad contemporánea como ‘Todo lo que era sólido’ (2013).


Creando oportunidades

Antonio Muñoz Molina

Para el escritor Antonio Muñoz Molina, la cultura, la educación y la sanidad son pilares fundamentales que la sociedad no puede olvidar: “Hay valores y derechos que habían quedado totalmente perdidos, y cuando ocurre algo grave nos damos cuenta de que son cruciales”, asegura.

Antonio Muñoz Molina es un reconocido y galardonado escritor español, académico de la Real Academia Española desde 1996 (donde ocupa el sillón ‘u minúscula’) y académico de honor de la Academia de Buenas Letras de Granada. En 2013 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Estudió Historia del Arte en la Universidad de Granada y Periodismo en Madrid. Es Doctor Honoris Causa por las universidades de Jaén (España), Villanova (Pensilvania, Estados Unidos) y Brandeis (Massachusetts, Estados Unidos). Entre finales de los 80 y principios de los 90, Muñoz Molina ganó el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica de la Asociación Española de Críticos Literarios. También fue galardonado con el Premio Planeta por su novela ‘El jinete polaco’. En el año 2013 obtuvo el Premio Jerusalén, un galardón que se concede a escritores cuyo trabajo se haya destacado por la lucha por la libertad en el contexto de la sociedad actual.

Antonio Muñoz Molina fue el director del Instituto Cervantes en Nueva York y en 2012 realizó una valiosa donación a la Biblioteca Nacional de España de una parte de sus escritos, incluyendo documentos personales, borradores de sus novelas, poemas inéditos de juventud y una obra de teatro sin publicar. También es autor de numerosos ensayos, algunos de ellos relacionados con la Historia del arte como ‘El atrevimiento de mirar’ (2012) y otros centrados en el análisis de la sociedad contemporánea como ‘Todo lo que era sólido’ (2013).


Creando Oportunidades

Transcripción

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Antonio Muñoz Molina. Soy Antonio Muñoz Molina, soy escritor y mi trabajo, lo que hago en mi trabajo, tiene mucho que ver con mi actitud hacia la vida, es decir, fijarme en las cosas, contarlas lo mejor que pueda y vivir con el máximo de dignidad, con libertad de espíritu y, a ser posible, sin hacer daño. En España ha tenido mucho prestigio, y yo lamento decirlo, porque uno queda como una especie de persona sosa o sombría, pero ha tenido mucho prestigio la frivolidad. Es decir, cualquier sospecha de seriedad, en cualquier ámbito era vista como una pesadez. ¿Cuántas personas que supieran de algo salían? ¿Cuántas personas eran entrevistadas en la televisión? ¿Cuántos programas había en la televisión, o hay en la televisión, de divulgación científica? El saber es muy importante y hay que aprender. Y para saber algo se requiere mucho esfuerzo y se requiere una actitud y se requiere una disciplina, y eso, queramos o no, es necesario. No se improvisa un buen médico, no se improvisa un buen epidemiólogo, ni una buena enfermera, ni se improvisa una persona que limpie, que limpie un hospital con perfectas garantías. Ni se improvisa un profesor. Y también había esa cosa que decía que no hacía falta transmitir conocimiento porque el conocimiento está disponible en cualquier parte. No, el conocimiento no está disponible. El conocimiento hay que saber buscarlo y el conocimiento se transmite, y lo transmiten personas que saben, personas formadas, profesores, profesoras. Es gente que sabe y se lo transmite a personas que quieren aprender, y que tienen vocación de aprender.

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Hay una cosa que es muy importante para mí, que es la cuestión del lugar que ocupa el maestro o el profesor en la consideración social. Ayer venía una carta en el periódico de un profesor que decía: “Por favor, dennos crédito a lo que nosotros hacemos”. El maestro, el profesor, el educador, es una persona, ahora, bajo sospecha. Y tú ves cómo el profesor, en la sociedad española, es una persona que carece por completo de cualquier consideración social. Claro, dices: una sociedad que da tan poco crédito al que se dedica a enseñar, dices… Es una tradición española, esto no es nuevo. Es una tradición muy antigua. En España, por desgracia, el valor de la cultura, el valor de la educación y el valor de la posibilidad de una educación que sirva para que la gente mejore, la gente de cualquier clase social, ese valor ha sido despreciado siempre. La cultura sirve para estar en el mundo, sirve para conocer, para conocer el mundo. A través de la literatura, por ejemplo, uno conoce la experiencia atesorada por las generaciones humanas desde hace miles de años. La cultura también te sirve para desarrollar tus mejores capacidades, para desarrollar tu imaginación, desarrollar tu capacidad de empatizar o de imaginar las vidas de otros. Hay un estudio muy interesante, una teoría, que habla de cómo el desarrollo de la ampliación de los derechos humanos a partir del siglo XVIII es paralelo al desarrollo de la novela. El caso clásico sería “La cabaña del tío Tom” y la sensibilidad hacia la esclavitud. Pero pensemos en la cantidad de causas y de saberes que hemos adquirido gracias a la cultura, gracias al arte.

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Es que los libros lo que te hacen es que te amplían el mundo. Es decir, nosotros vivimos cada uno en nuestro… Ahora estamos recluidos, pero cuando estamos fuera, cuando termine esto, también vamos a estar recluidos: en nuestra biografía, en nuestra casa, en nuestra familia… Y, luego, en la burbuja informativa de las redes sociales y todo eso. Entonces, el libro te hace dos cosas. Una es que te rompe esa muralla, te rompe la muralla del espacio y del tiempo. Nosotros estamos prisioneros en nuestra vida y en nuestro presente. Y, de pronto, gracias a un libro… Es un milagro que uno no acaba de asombrarse nunca. Tú abres la “Ilíada” y puedes saber qué sentía una persona de mil años antes de Cristo que vivió en otro mundo, en una lengua desconocida para ti. Y, entonces, tú ves que esas personas, por una parte, ves que son muy distintas de ti y, por otra parte, ves que tienen sentimientos, emociones, que sufren exactamente igual que tú. Entonces, es una expansión de la mente extraordinaria. Y, luego, también, el libro también lo que hace, te hace verte a ti mismo, reflexionar sobre ti mismo. Tú ves los personajes de los libros, reconoces cosas que están en ti, pero que a lo mejor no sabías. Y, luego, hay otra cosa también, que es la evasión. Lo que pasa es que la palabra “evasión” tiene mala prensa, porque parece, y más en un momento como este, que tenemos todos que estar concentrados en la gravedad de lo que pasa. Pero la evasión es necesaria. Los seres humanos necesitamos evadirnos, necesitamos salir, de manera transitoria, de la realidad inmediata en la que estamos.

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Por eso la ficción es tan terapéutica. Además, un libro es una cosa tan simple. Es decir, es una tecnología puntera, tan barata, tan elemental. Es una tecnología que lleva siendo tecnología punta hace cinco siglos, desde que se inventó el libro impreso. Así que es un regalo, es una bendición, para cualquiera. Además el libro te permite algo maravilloso que es la soberanía de tu propia soledad. Es decir, tú estás con el libro y estás tú solamente, y es tu imaginación la que está trabajando ahí. Tú estás creando… Además, el lector inventa mucho más de lo que… El lector pone de su parte mucho más de lo que cree. Tú estás leyendo un libro, estás leyendo “Guerra y paz”, ¿no?, y tú estás haciendo una adaptación tremenda de ese material. Tú estás creando el ejército de Napoleón que invade Rusia. Estás creando el incendio de Moscú. Todo eso lo estás haciendo tú. El lector no es el oyente que está sentado escuchando una música. El lector es el intérprete que la está tocando. También la cultura sola, desde luego, necesita… sola, no, si no tiene valores éticos y políticos adecuados… El caso clásico lo tenemos en regímenes brutales que se conocen en la historia, en que personas muy cultas se han dejado llevar por la barbarie.

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Piense que la idea que tenemos, por ejemplo, del nazismo, es la de los nazis como gente bárbara, brutal. Pero el nazismo, uno de los sitios donde tuvo más éxito en Alemania fue en la universidad, fue entre los profesores universitarios. Es decir, necesitamos la cultura, pero ni siquiera la cultura nos basta. Necesitamos también una educación en los valores elementales del respeto a los demás y de los derechos de las personas. La idea de que todas las personas tienen los mismos derechos. La idea de que todo el mundo tiene derecho, en un país democrático, tiene derecho a la salud, a la vida, a un mínimo de bienestar. Eso es una cosa que había quedado completamente como perdida. Y ahora nos damos cuenta de que eso es crucial. Es crucial. Es fundamental que haya una buena sanidad y, además, una sanidad que sea preventiva, que tenga que ver con el bienestar social. Es fundamental que haya una buena educación. No nos hemos preocupado de crear un sistema educativo público de mucha calidad, de mucha exigencia y que sirva de verdad para que cualquier persona, sea su origen social el que sea, desarrolle sus capacidades. Eso es un derecho de las personas, el desarrollar sus propias capacidades, pero es algo que la sociedad necesita, porque la sociedad necesita las mejores capacidades de las personas, en cualquier ámbito.

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Es decir, ahora estamos comprobando que necesitamos lo público. Necesitamos la solidaridad. No podemos sobrevivir cada uno por su cuenta. Entonces, claro, los valores que tenemos que defender son los valores democráticos y los valores humanistas. Es decir, la idea de, por una parte, de la libertad y la soberanía y la igualdad entre las personas, entre todas las personas. La igualdad política. Por otra parte, la igualdad, o un grado de igualdad y de justicia social, para que esas personas tengan las condiciones materiales en las que vivir con dignidad. Lo que hace un escritor es lo que hace todo el mundo. Solo que de una manera, digamos, profesionalizada o especializada. ¿Y qué es lo que hace todo el mundo? Pues mirar, mirar el mundo, intentar comprenderlo y, muchas veces, intentar contárselo a uno mismo y contárselo a los demás. Es lo que hace cualquiera. Mi última novela, “Tus pasos en la escalera”, se me ocurrió y la escribí en el verano y en el otoño de 2018. Y era una novela que fue naciendo en torno a la idea de alguien que se retira, que se retira, que está esperando, pero que, sobre todo, tiene una actitud. Es una actitud de repliegue. De repliegue, no para encerrarse de manera, digamos, huraña, sino para vivir ya con recursos más limitados. Alguien que decide que no necesita muchas cosas. Alguien que decide que no necesita más libros de los que ya tiene, no necesita gastar, no necesita ni mucha más ropa. Es decir, puede vivir con comodidad y refinadamente con recursos limitados. Quiere poner un huertecillo en su terraza.

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Y la novela nació, y, además, él dice desde el principio que él, efectivamente, que se ha instalado en esa ciudad, en Lisboa, para esperar el fin del mundo. Porque la novela también nació en un momento en que continuamente estaban saliendo noticias tremendas relacionadas con el cambio climático, que es un asunto que a mí, desde hace muchos años, me ha importado mucho y sobre el que he procurado aprender y escribir. Entonces, ante la proliferación, pues de, sobre todo, de aquellos incendios tremendos que estaba habiendo en California y en Australia y cosas así, la oleada de calor y tal, había una sensación un poco de como de inminencia de algo. Yo recuerdo que ese verano, y durante mucho tiempo antes y después, mi casa, en Lisboa, que está en el camino de los aviones, que llegan al aeropuerto, en el cielo siempre hay un avión. Siempre había un avión. Yo, que a veces contaba, como un avión cada diez segundos. Y decías: ¿esto cómo se puede sostener? Entonces, la novela nació de un estado como de inquietud, de inquietud hacia el mundo. Y de una actitud como de retiro, de reserva, de contención, porque vivimos en un mundo en el que hay una cosa en la publicidad, por ejemplo, si se fija, que se repite mucho, que es la promesa de las cosas sin límites. Desde las compañías telefónicas que te dan gigas sin límites a que tú puedes conseguir todo sin límites, puedes viajar sin límites, puedes… Pero la realidad es que el mundo tiene límites. Nuestra vida tiene límites, nuestras capacidades los tienen. El agua que hay en el planeta Tierra, el agua potable, tiene límites.

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Entonces, en la novela hay, aparte de una historia de ficción… pero hay como una inquietud por la necesidad de la mesura, de la contención. Para mí, lo más importante ahora mismo es intentar fijarme lo mejor posible en lo que pasa. Ahora hay mucha gente con… y a mí me parece bien. Mucha gente con muchas ganas de intervenir, con muchas ganas, pues de eso, pues de salir cantando, de participar en debates. Yo, mi actitud, mi vocación, ahora mismo, es la de observar, sobre todo, es la de fijarme al máximo en lo que yo veo con mis propios ojos, en lo que leo, claro, pero, sobre todo, en lo que veo con mis propios ojos, en aquello que solo puede contar el que lo ha visto. Por eso creo que es muy importante, para mí, más que teorizar o más que reflexionar, lo que ahora quiero es observar. Yo, estos días, lo que veo, sobre todo, es la disponibilidad de la gente para aceptar lo que está pasando y para ayudar en lo posible, y para no interferir en… Por una parte, estamos viendo, desde luego, una cosa admirable, que es la actitud ejemplar de los médicos y del personal sanitario. Eso es algo que los que somos usuarios de la sanidad pública ya lo sabíamos, pero ahora lo estás viendo de una manera admirable. Una manera estremecedora.

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Yo veo ahora, por ejemplo, a los vecinos de enfrente de mi casa, del otro lado de la calle, pues nos vemos todas las tardes. Entonces, son como viñetas en un tebeo. Ves personas mayores, ves gente joven. Y, de pronto, salimos y nos saludamos y aplaudimos. Es decir, ves que las personas comunes son bastante adultas y bastante solidarias en general. Tú ves, por ejemplo, la cola… Yo voy al supermercado y veo la cola que hacemos en la calle con nuestras mascarillas. Y veo una disciplina social admirable. Así que… que yo, lo que veo, es una ciudadanía muy seria, muy formal, muy responsable. Las cosas pueden ir en una dirección o pueden ir en otra. No hay determinismo, no hay un determinismo histórico, y las personas, los seres humanos, somos capaces de muchas cosas distintas. Somos capaces de actuar civilizadamente y somos capaces de actuar con barbarie. Yo ponía el ejemplo de dos maneras de salir de dos crisis tremendas, que son la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, y los resultados de eso, es decir, al final de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se retiró de Europa, no participó en la Sociedad de Naciones y la Sociedad de Naciones fue una institución inútil que no supo, no fue capaz de ayudar a prevenir el horror que vino después. Se salió así y las consecuencias fueron apocalípticas.

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Después de la Segunda Guerra Mundial, se salió, por lo menos en Occidente, se salió de otra manera. Estados Unidos se involucró en la reconstrucción de Europa, se crearon instituciones supranacionales, Alemania y Francia empezaron a colaborar, primero en una cosa tan, en apariencia, tan pedestre como la Alianza del Carbón y del Acero. Creo que fue en el año 50. En 1950, Alemania y Francia decidieron coordinar su carbón y su acero, y de ahí llegó la Unión Europea. Y eso dio lugar a una prosperidad y a un nivel de sistemas democráticos que ha sido único en el mundo. Entonces, tenemos que saber que las cosas pueden ir en una dirección o pueden ir en otra. Esos valores, es decir, valores como son la libertad, la solidaridad, el espíritu crítico, la voluntad de acuerdo… Son valores comunes, no son un descubrimiento. Yo, mis principios, yo creo que los valores fundamentales por los que podemos regirnos caben en un folio. Nuestra sociedad tiene muchos valores, pero es una sociedad un poco áspera, es una sociedad en la que la forma y todo eso no se cuida mucho, porque parece que la forma o la buena educación son como cosas antiguas. Pero también estamos viendo estos días cómo podemos ser considerados y respetuosos. Yo creo que hay que hacer el modesto esfuerzo de hacer el menos daño que se pueda.