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Cuatro pilares para cuidar tu autoestima

Walter Riso

Cuatro pilares para cuidar tu autoestima

Walter Riso

· Psicólogo y escritor

El psicólogo y escritor Walter Riso defiende que en la escuela debería incorporarse dos nuevas asignaturas: “Aprender a perder” y “Amor propio”. De esta forma podríamos enseñar a los niños, las claves de las relaciones sanas, lejos de la dependencia emocional, el abuso y el sufrimiento. “¿Por qué sufrimos tanto por amor? Sufrimos por los mitos, porque no son relaciones democráticas, por la dependencia emocional. Tú no puedes negociar una relación afectiva cuando ocurren dos cosas que van a afectar tu autoestima: la indiferencia y la pérdida de la confianza básica”, explica Riso.
También la autoestima se puede enseñar desde la infancia, afirma el psicólogo, a través del desarrollo de cuatro pilares: autoconcepto, autoimagen, autorrefuerzo y autoeficacia. Lejos del egoísmo y la egolatría, el autocuidado sano permitirá una sociedad más fuerte, valiente y resiliente.

Walter Riso es doctor en Psicología, especialista en Terapia Cognitiva y Máster en Bioética, con más de 30 años de experiencia en el ámbito de la psicología clínica y la formación, a través de su cátedra universitaria entre España y Latinoamérica. Es autor de más de 20 textos científicos y de divulgación, traducidos a más de 10 idiomas, que le han convertido en autor superventas de títulos como ‘Pensar bien, sentirse bien’, ‘Filosofía para la vida cotidiana’, o ‘Amar o depender’.


Creando oportunidades

Walter Riso

El psicólogo y escritor Walter Riso defiende que en la escuela debería incorporarse dos nuevas asignaturas: “Aprender a perder” y “Amor propio”. De esta forma podríamos enseñar a los niños, las claves de las relaciones sanas, lejos de la dependencia emocional, el abuso y el sufrimiento. “¿Por qué sufrimos tanto por amor? Sufrimos por los mitos, porque no son relaciones democráticas, por la dependencia emocional. Tú no puedes negociar una relación afectiva cuando ocurren dos cosas que van a afectar tu autoestima: la indiferencia y la pérdida de la confianza básica”, explica Riso.
También la autoestima se puede enseñar desde la infancia, afirma el psicólogo, a través del desarrollo de cuatro pilares: autoconcepto, autoimagen, autorrefuerzo y autoeficacia. Lejos del egoísmo y la egolatría, el autocuidado sano permitirá una sociedad más fuerte, valiente y resiliente.

Walter Riso es doctor en Psicología, especialista en Terapia Cognitiva y Máster en Bioética, con más de 30 años de experiencia en el ámbito de la psicología clínica y la formación, a través de su cátedra universitaria entre España y Latinoamérica. Es autor de más de 20 textos científicos y de divulgación, traducidos a más de 10 idiomas, que le han convertido en autor superventas de títulos como ‘Pensar bien, sentirse bien’, ‘Filosofía para la vida cotidiana’, o ‘Amar o depender’.


Creando Oportunidades

Transcripción

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Walter Riso. Mi nombre es Walter Riso. Soy doctor en Psicología, he hecho una especialización en terapia cognitiva conductual, que es una línea de trabajo en clínica. Soy formador de terapeutas, soy académico y, sobre todo, un psicólogo clínico que está día a día enfrentado con el sufrimiento humano. Quise, en un momento dado de mi vida, no solamente trabajar en la academia, sino llegar a la gente con la información para crear prevención y promoción para que la gente tenga, a tiempo, información psicológica para que puedan tener un estilo de vida saludable y organizado en el bienestar. Dos de mis libros que más han sido traducidos y leídos, y todavía se leen, uno es ‘Amar o depender’ que es sobre la dependencia emocional y sobre el amor, que es uno de mis temas, y la otra mitad de mis temas, que es el crecimiento personal a través de la terapia cognitiva, que es ‘Pensar bien, sentirse bien’. Lo que hago es aplicar la psicología a la vida cotidiana y tratar que la psicología sea una forma de vida, que uno sea coherente con lo que dice. Los motivos de consulta fluctúan mucho, pero yo diría que el cincuenta por ciento tienen que ver con temas relacionados con el amor. Una pregunta típica es: «¿Por qué me equivoco tanto, doctor, en el amor?». Es decir, «Yo no sabía que él o ella era así». Es decir, con esto que está pasando hoy día del confinamiento, etcétera, las parejas se ven obligadas a estar juntas en un estilo de vida que eran pareja de fin de semana, ¿no es cierto?

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Es decir, muchas personas me llaman y me dicen: «Es que no aguanto a mis hijos», y después les da la culpa, obviamente sí los quieren, pero no están acostumbrados a ejercer ese papel o ese rol. Entonces, esto ha llevado a que las personas empiecen a dudar de si realmente lo que sienten por la otra persona es amor o no. ¿Por qué sufrimos tanto por amor, entonces? Vean, sufrimos básicamente por amor porque vamos a una relación con muchos mitos, con muchas creencias irracionales sobre lo que es el amor. Eso es casi un problema de salud pública, el amor, ¿sí? Si el cincuenta por ciento de la gente consulta, entonces hay mucho sufrimiento. ¿Por qué? Porque pensamos que el amor es para toda la vida, y juramos que el amor es para toda la vida. Yo te voy a amar toda la vida, pero es que yo no puedo jurar sobre una emoción, no tengo tanto control de amarte para toda la vida. Puedo jurar y comprometerme en que te voy a respetar. Puedo comprometerme en que no te voy a hacer daño intencionalmente. Entonces, nos vamos con el mito de que el amor todo lo puede. Entonces elegimos mal. Esa es la principal causa. Esas son las investigaciones. Eligen mal, ¿por qué? Porque saben que la persona no es compatible. La gente tiene que tener un acuerdo sobre lo fundamental para estar con alguien. Tú no le tienes que explicar el chiste a una pareja, ¿sí? De hecho si le explican el chiste yo a veces digo, medio en broma medio en serio, búsquense un abogado urgente y… explicar el chiste, que te indignen las mismas cosas, ser amigo de la persona, pero al mismo tiempo desearla como un postre, y al mismo tiempo tener ágape, que es cuidado, el cuidado del otro y el cuidado de uno. Si tu dolor no me duele y tu alegría no me alegra, pues entonces estoy lejos, muy lejos de ti.

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La gente va con la idea de que el amor es felicidad, y va con la idea de que el amor todo lo puede, que el amor es incondicional, pues yo donde más desertores he visto es en el campo del amor. Cuando es el amor hacia los hijos, hay un componente biológico, hay un componente de «attachment» que llega de la filogénesis, y entonces el amor hacia los hijos sí es incondicional. Entonces, ¿qué pasa? «¿Cómo hago para que mi hijo aprenda a amar?», me preguntan algunas personas. Pues uno no puede enseñarle directamente a los hijos cómo amar, lo que puede hacer es crear aprestamiento, y crear ciertas condiciones, para que cuando el muchachito o la muchachita crezcan y se relacionen con alguien tenga ese sustento para relacionarse. Por ejemplo, uno es entender el concepto de dignidad personal. El amor sano es digno, es decir, que tiene límites. Y tiene límites cuando ya no te quieren, por ejemplo, cuando tu autorrealización no se puede llevar a cabo, y tus principios. Entonces, si vos le enseñás a los niños que la dignidad es que ellos no son un medio, no son un objeto, son un fin en sí mismo, como decía Kant, implica que ellos van a tener unos valores y unos principios que no son negociables, ni siquiera por amor y por encima del amor. Es que el amor no es de ninguna manera el valor más importante.

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A veces la justicia es más importante que el amor. A veces la honestidad es más importante que el amor. Entonces, educar a los niños con la idea de que la dignidad es muy importante. Entonces, decirle que las relaciones, sean cuales sean, deben ser democráticas, democráticas en el sentido de que son horizontales, ¿sí? Que el otro es un sujeto válido, y yo también soy un sujeto válido. ¿Qué quiere decir un sujeto válido? Quiere decir que vale la pena escucharme porque lo que yo tengo que decir es importante, ¿sí? Lo que más se opone al amor no es el odio, es la indiferencia, ¿sí?, es cosificar al otro. A los niños hay que enseñarles a expresar afecto, tener contacto físico. Bueno, ahora todo el mundo dice: «¿Cómo? El contacto físico con la mascarilla y todo eso», pero tampoco nos vamos a traumatizar por tres meses que no expresamos afecto, cuando el cincuenta por ciento de la gente que va a consulta tiene problemas de expresión de afecto. Yo creo que no es así. Lo vamos a recuperar porque es una necesidad básica. Entonces, cuando unos padres están frente a unos hijos, que ese es el problema, ahora que están en el encierro, los niños observan más de lo que observaban antes. Y los niños hacen más lo que ven hacer, que lo que se les dice que hagan. Es decir, la imitación está ahí como un factor de aprendizaje. Entonces, uno dice: «Bueno, pero entre nosotros, doctor, no hay violencia. Nosotros nos respetamos», pero la pregunta es: se respetan, perfecto, ¿pero se aman en términos de expresión de afecto?

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Para un niño no hay nada mejor que ver al papá y a la mamá reírse juntos, ¿sí?, que son amigos, que se abrazan de pronto, o que bailan un bolero atrasado ahí, y dice: «Estos vejestorios bailando un bolero», pero para los niños es genial ver que los papás se expresan afecto. Y otra condición muy importante para que nuestros hijos después, cuando crezcan, puedan amar bien es el tipo de papás y de mamás que tienen, y la relación con ellos, ¿sí? ¿Qué es lo que se ha visto y qué es lo que sabemos? Los papás y las mamás, que son poco consistentes en el amor, ¿sí?, resulta que el papá viene estresado y ese día es antipático, otro día que viene contento porque le fue bien y es amable. Igual que la mamá. Entonces, cuando los padres no son consistentes y cambian su expresión de afecto, o su amor, de acuerdo a su estado de ánimo, el niño empieza a generar lo que se conoce como un «attachment», o sea un apego inseguro, ansioso, y eso se ha visto que cuando crecen van a tener problemas. Uno debe ser consistente con los hijos, es decir, dejar el problema afuera. No quiere decir que tú no tienes que ser absolutamente cariñoso, querido, suave, amable… no, las 24 horas, no. No se trata de eso. Sino que tú, que el amor nunca está en juego. Que el niño entienda que está en una base segura.

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¿Por qué sufrimos por amor? Bueno, sufrimos por todos esos mitos que hay y por la idea de que sin ti no soy nada, me realizo a través de ti. Si tú me validas, yo me valido. Por la dependencia. Para la gente que está escuchando, nunca he visto una persona que tenga problemas en el amor, que no los resuelva ya sea yéndose y creando una nueva vida, o estando ahí resolviendo. No es lo mismo un error que un fracaso. Te equivocas en el amor, pero no fracasas en el amor. Hay una cosa que siempre hay que tener clara y que depende de la autoestima. Tú no puedes negociar una relación afectiva cuando ocurren dos cosas que van a afectar tu autoestima. Una, lo que se opone al amor, lo que se opone al amor es la indiferencia. Es decir, son esas personalidades distantes, ¿sí?, donde vos te sentís como un fantasma, ¿de acuerdo?, eso no es negociable por lo que dije de que uno es un sujeto válido. Y dos, la confianza básica. La única certeza que puedes tener en el amor es que no te hagan daño intencionalmente, ¿de acuerdo? Esa es la confianza básica. Cuando yo empiezo a pensar que tú me puedes hacer daño intencionalmente, entonces yo tengo que empacar e irme, no puedo estar ahí porque va en contra de mi esencia, de mi ser, de mi individualidad. No hablo del individualismo, hablo de la individualidad. Y la autoestima a veces se asocia al egoísmo, no tiene nada que ver.

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El ego es egolatría: que me amo; egocentrismo: que todo gira a mi alrededor; y egoísmo: que todo lo quiero para mí. No, la autoestima no es eso. Entonces hay cuatro pilares, hay cuatro pilares básicos de la autoestima que se pueden desarrollar y se pueden enseñar. Es decir, yo sé que hay materias en algunos colegios que enseñan el bienestar, vivir con bienestar, pero yo pondría aprender a perder como una materia y la otra sería amor propio. Amor propio 1, 2, 3 y 4, hasta la universidad. El autoconcepto, ¿qué es el autoconcepto? El autoconcepto es si tú te aceptas como persona o no. Es que tú no te lastimes a ti mismo. Y que tú te trates bien a ti mismo. Eso parece una perogrullada, pero no lo es, porque cuando las investigaciones empiezan a mostrar que en los depresivos, claro, hay mucha autocastigo interior, pero en la gente normal también. «¡Qué estúpido que fui!», «Lo debería haber hecho mejor», «¿Por qué me equivoqué?», y entonces siempre tenemos una estructura de autocastigo, de autoexigencia, que va más allá de lo aceptable. Cuando tienes una autoexigencia muy alta generas los sentimientos de inseguridad, porque tu yo ideal va a estar por ahí arriba, y tu yo real está por aquí, y esa diferencia no la vas a poder manejar. Entonces, no tratarse mal es no ponerse rótulos, es no autocriticarse despiadadamente, es uno tener el beneficio de la duda, es lo que los budistas hablan de autocompasión, pero no de lástima, sino así como hay una empatía y compasión externa, también tenés que cuidarte.

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El cuidado de uno mismo y el cuidado de sí, no solamente es lavarse los dientes y comer bien, es no lastimarte. Eso es fundamental para que los niños aprendan. Ustedes no deben dejar pasar que si ven a su hijo o a su hija diciendo: «Soy un estúpido», y rayan porque no les sale bien una cuenta en una tarea escolar o un dibujito, ahí los papás no se meten porque no les parece importante. Ustedes no deben permitir ni deben aceptar por principio la autodestrucción del yo. ¿Por qué van a aceptar eso? Claro que hay padres que lo impulsan, ¿no? Mi padre, yo era un muchacho que sacaba nueve, ocho o nueve, siempre mi papá me decía: «¿Y por qué no diez?». Imagínense en el refuerzo. El niño tiene que aprender a autoelogiarse, a autorreforzarse: «Lo hice bien». «Ah, no, que eso es mucha condescendencia». No, eso es lo normal. El autoconcepto, eso es un pilar, ¿sí?, y eso se forma. El niño no se educa en el colegio. El colegio te da información, pero la formación verdadera… o te puede dar parte de la formación interpersonal, pero la formación personal, los valores, lo que vale la pena, lo que importa para uno, lo aprendés de la casa

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Bueno, el segundo pilar, la autoimagen, es qué tanto te gustas o no te gustas. La belleza es una actitud. Si tú te sientes agradable, eso es lo que transmites. No me vengan con los expertos en belleza, me parece la cosa más absurda que hay. De por sí los expertos me asustan. ¿Qué es esto de que haya expertos en belleza? Entonces, te tienen que decir cómo te tienes que pintar, arreglar, vestir. Un hombre se ve… que está de moda depilarse, no depilarse, que esto, lo otro. No, no, no, no, no. Tú inventas tu propia moda. Entonces, cuando te miras al espejo y te gustas tienes una buena autoimagen. Cuando no te gustas, hay algo que está funcionando mal, ya sea por los cánones que te ponen afuera, porque en la misma familia la belleza puede ser un valor, y la belleza no es un valor. No, es decir, la belleza no es salud. Entonces, si yo tengo un valor en mi casa que la belleza es superimportante porque mi mamá o mi papá se pasan tres horas en el gimnasio y tienen bótox hasta en los tobillos, entonces eso es una información que está llegando y que a mí me van a probar si yo soy un niño o una niña que cumple los cánones, ¿de acuerdo? Entonces, quererse a uno mismo es exaltar lo que a uno le gusta y entender esto: que a vos no te valida la gente, te validas tú mismo, porque si tú crees que los que te dan valor es la gente y recuerdas lo que te dice, estás expuesto, se juntan diez a hablar mal de vos y te destruye. El último juez de tu propia conducta eres tú mismo.

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Entonces, la autoimagen… nunca comparen, porque la autoimagen se ve afectada por la comparación. Entonces, claro, este: «Hijo, no, es que vos sos muy inteligente y vos sos muy lindo». Entonces: «Vos no sos tan lindo y vos no sos tan inteligente». Yo no sé por qué colgamos rótulos, se pegan al cerebro. Quitemos eso, autoimagen. Cualquier persona es bella si se siente bella. Y las investigaciones muestran que los que se sienten bellos conquistan más fácil que los que no se sienten bellos, aunque sean más bellos. Es un enredo de palabras, pero se entiende. Bueno, el tercer pilar es el autorreforzamiento, es que yo me dé gustos. Es que si uno está en una cultura de la tacañería, uno piensa que no se tiene que dar gusto. ¿Qué es el autorrefuerzo, el autoelogio? «Me gusto», «Lo hice bien». La autofelicitación, ¿de acuerdo? Esto no es alimentar el ego ni el narcisismo. No se vuelve narcisista el que quiere, sino el que puede, y para poder tenés que tener algunas variables muy complicadas. Bueno, el último pilar es la autoeficacia, que es muy importante. La autoeficacia es qué tanta confianza tienes en ti mismo. Si tienes confianza en ti mismo, si crees en ti como persona, si crees que tienes la habilidad y las competencias necesarias para poder enfrentar una situación y persistir en esa situación, eso hay que enseñarles a los niños, no es a no darse por vencidos, sino a intentarlo hasta el final.

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Es que el éxito no es ganar, es intentarlo. Bien intentado. El éxito no es tener plata, es disfrutar de lo que uno hace. La persona con autoeficacia persevera un poco, a ver… el valiente no es la persona que no le teme al miedo, eso es un psicópata, ¿sí?, el valiente es el que enfrenta el miedo aunque le tiemblen las piernas, le tiemblen las gafas y todo lo que tenga, pero lo enfrentan. Por ahí había un autor que no me acuerdo el nombre… una frase de estas célebres donde decía: «La diferencia entre el valiente y la otra persona es que el valiente aguanta el miedo cinco minutos más». Entonces, hay que enseñarles a los niños a, sí, claro, a que tener confianza en ellos es ponerse a prueba, no es ponerle velas al sufrimiento, sino es la cultura del esfuerzo. Entonces, que entiendan que las cosas no llegan fácil. Lo importante no es las veces que te caigas, eso es lo que habría que decirles a todos los niños. No es las veces que te caigas, que te tumben, es las veces que te levantes. Y aquí les quiero decir una frase de una poeta escocesa que me encantó. Yo cuando la vi hace mucho tiempo, me encantó. Se llama Alice Mackenzie. «La valentía no es el roble majestuoso que ve venir la tormenta. La valentía es el pequeño retoño frágil de una flor que se abre en la nieve». Y eso es autoeficacia.

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Voy a luchar por lo que me gusta, pero también la capacidad de decir en un momento dado: «Entrego mis armas, esta lucha ya no es la mía». Esa es la sabiduría. Cuándo debo luchar y cuándo no. Eso es lo que hay que enseñarles a los niños. Eso es autoeficacia, cuándo luchar y cuándo no. Cuando te tocan tus principios hay que luchar, cuando no te tocan tus principios, se pueden negociar. Hay gente que ve la vida como un lago. Un lago, sí. Apacible. En el sur de la Patagonia hay lagos donde uno no ve la otra orilla. Yo he hecho meditación en esos lagos y son montes de nieves eternas, es una maravilla. Tranquilo. Hay gente que cree que la vida es así y es como agarrar el «Peace&Love» de los años 60 y llevarlo a un estilo de vida. Se cae una piedrita «tic» y hay unas ondas. Esas personas interpretan estas ondas como un tsunami. Tienen una resistencia a la frustración cercana a la pobreza franciscana. No tienen fortaleza para las cosas difíciles, no han sacado callos. Creen que la vida es así y se sorprenden. «¿Cómo puede ser que haya alguien que robe a otra persona?». «¿Cómo puede ser que alguien mate a otro? Dios mío, esto no puede ser», esa la realidad, ¿dónde viven? Pero, por supuesto, eso es lo que pasa, eso es todos los días.

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Lo que hacemos en terapia cognitiva es mostrarle a la gente que sesgar, ya sea positivamente como negativamente, es malo. Los negativos son depresivos, pesimistas. Pero el optimismo extremo es malísimo. ¿Por qué? Porque entonces yo voy a crear una fantasía y a tener una sobreestimación de mis capacidades o de… no, hay que ser realista, como decía Buda: «Ven y mira», mira las cosas como son. La vida es frágil, pero no es cobarde. Entonces, la vida es como un torrente, un río desbordado, y ahí llegamos. Muchos filósofos dicen que nos tiran ahí y entonces uno anda en la vida en el río y uno aprende a sobrevivir, pero también aprende el arte de saber vivir en eso que baja con troncos, con piedras, que uno tiene que nadar contra la corriente, agarrarse de un tronco o flotar, y uno descubre que puede ir con el río y uno puede descubrir muchas cosas. Pero la idea esta de que de que todo es, entre comillas, fácil y manejable, por ejemplo, en los libros de divulgación o de crecimiento personal, a mí me impresiona algunos de estos libros, la imagen que quieren dar de que la vida… es que nunca hay problemas políticos, los refugiados no existen… Es como si la felicidad tuviera que ver con eso, no. La felicidad tiene que ver con ver la vida como es, luchar, ser un guerrero. Y esa es la autoeficacia, de la que yo hablaba ahora.

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Entonces, si nosotros no aprendemos a manejar el estrés de la vida cotidiana, porque sí hay estrés, ¿el estrés qué es? El estrés es una relación. Es transaccional. Hay un evento y yo evalúo si el evento es amenazante o demandante para mí, y después me fijo y me autoevalúo si yo tengo los recursos o no para poder enfrentarlo y salir bien librado. Cuando en esa transacción yo veo que no tengo los recursos ante esa demanda, empiezo a sentir estrés, que es un cambio fisiológico, de mil cosas, pero es la presión, es la presión. Entonces, ¿qué pasa cuando yo no sé enfrentar la vida porque no estoy preparado para eso porque tengo otra idea? De pronto estoy ante un estrés incontrolable porque no lo sé manejar. Pues pasa lo que se ha demostrado, la desesperanza aprendida, aparece esa famosa investigación de Seligman que se ha reproducido en humanos, pero en condiciones naturales, ¿no? Ante tsunamis, pandemias, muchas cosas. Ponían unos perritos en una caja grande donde el piso tenía una rejilla que daba coques eléctricos, se le daba choques eléctricos, pero el perrito podía predecir el choque eléctrico porque se prendía una luz. Entonces, al perrito se le enseñaba que si hacía determinadas cosas no llegaba el choque eléctrico. Entonces, todos los perritos aprendieron a hacer eso, pero entonces, después, ¿que hicieron los experimentadores? Quitaron la luz. Y ya el choque eléctrico se volvió impredecible.

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Lo daban al azar, entonces estos perritos al principio hacían lo mismo y no les daba resultado. ¿Y qué hicieron? Desarrollar una estrategia de supervivencia que era quedarse quietos y aguantar el choque eléctrico porque no lo podían predecir. Eso estaba hecho en un programa por el azar. No lo podían predecir. Ellos desarrollaron, según lo que decía Seligman, una percepción de incontrolabilidad. Imagínense eso llevado a los humanos en una cultura donde el control es una variable de crecimiento, ¿sí?, de que yo todo lo puedo. No, tú no lo puedes todo, ¿de acuerdo?, tú no lo puedes todo. Que tus deseos se harán realidad. Mentira. Hay muchos deseos que no se cumplen, tienes que aprender a perder. Y que si yo hablo con el universo, el universo me devuelve. Pues el universo en mi caso debe estar muy, muy ocupado, porque todo lo que yo le pido, la mitad las cosas no se me devuelven, nada que yo no le pido. Yo al único que me pido es a mí mismo, tengo que confiar en mí. Entonces, ¿qué hicieron los perritos? Entrar como en una resignación. Entonces, ya se abrió la puerta y ya no había choque eléctrico. Y los perritos no salían por la puerta. No veían ni siquiera la mínima posibilidad de salir, eso ya se les había convertido como en un estigma, como en una resignación básica. Había que sacarlos. Entonces, tú sacabas un perrito y volvía y entraba. No era masoquismo, era que no creían que no creían que eso tuviera escape.

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Cuando un estrés se vuelve incontrolable, imaginemos en el confinamiento, en la pandemia, imaginemos ahora, porque uno cree que esto ya terminó, pero con la desescalada uno lleva todo el miedo encima, y empieza a ver a la gente, este tendrá o no tendrá, empieza la desconfianza, empiezan mil cosas afuera, ¿sí?, porque la incertidumbre nos mata. Entonces esos perritos, después de sacarlos cincuenta veces, sesenta veces, el perrito aprendía de nuevo a recuperarse. Mire, se me pregunta a veces: «¿Usted qué piensa sobre cómo se debe recuperar una persona cuando sale de un problema traumático, de estrés, y esto y lo otro?». Yo tengo dos opciones y las dos son medio artísticas. Una es antigua, de los griegos y es la de Plotino. Inclusive tengo aquí una frasecita de Plotino. Plotino, es un romano, grecorromano, del neoplatonismo del siglo III y el tipo hablaba de armar tu propia escultura, de hacer tu propia obra, de hacer de tu vida una obra de arte. Eso después lo tomaron otros filósofos como Foucault y hablaron de la estética de la existencia, y esta gente ya hablaba hace casi dos mil y pico años de estética y de existencia. Quizás no sea aprender, quizás no sea meter más cosas.

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Plotino decía: quita, limpia, raspa… cuando vos cogés un mármol, hay infinitas figuras en el mármol, tú puedes sacar la figura que quieras, pero quiero leerles esta frasecita porque vale la pena, a mí me ayudó muchísimo: «Regresa a ti mismo y mira, si aún no te ves bello, haz como el escultor de una estatua que debe llegar a ser hermosa: quita, raspa, pule y limpia hasta que hagas aparecer un bello rostro en la estatua. También retira todo lo superfluo, endereza todo lo que sea tortuoso, limpia todo lo que esté oscuro. Abrillántala y no ceses de esculpir tu propia estatua hasta que aparezca en ti…», oigan qué maravilla, «…el divino esplendor de la virtud, hasta que veas la sabiduría en pie sobre un sagrado pedestal», y pregunta: «¿Has llegado a eso?». Extraordinario, es que eso es lo que tenemos que enseñar, a hacer de nuestra vida una estética, o sea, una obra de arte. ¿Cómo me recupero? Pues vas a empezar a quitar. Olvídate de aprender. Vas a empezar a quitar lo que no te sirve, lo que es dañino, lo que es absurdo, lo que es peligroso: desaprender, sí se puede desaprender. Eso es lo que decimos en terapia cognitivo-conductual y lo hemos demostrado a través de miles y miles de investigaciones, tú te acondicionas y te puedes desacondicionar. Y eso se puede aprender. Pero siempre la idea de fondo es quitar, quitar, no tanto poner, quitar, y construir tu propia estatua.

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Y la otra cuestión, que también es estética, frente a esto que es lo que se conoce como el «kintsukuroi», «kintsukuroi». Cuando uno dice «kintsugi», eso significa carpintería del oro, y después se le agrega «kuroi», «kintsukuroi», que significa reparación del oro. ¿Qué es esto? Eso ocurrió hace siglos, pero se rompe una vajilla. ¿Nosotros qué hacemos cuando se rompe un adorno que tengamos lindo? ¿Qué hacemos? Lo tiramos, pero es en una época… esto japonés, ¿no?, y los japoneses dijeron, quizás fundamentados un poco en la cultura del samurái y en otras cosas, que esa vajilla rota se puede restaurar, pero no solo restaurar, no solo la vamos a pegar, lo que vamos a hacer es que donde esté pegada vamos a agregarle plata, platino u oro a esas cicatrices, y eso hará que empiece a parecer una obra de arte. Es decir, que tú no escondes, ni tiras, ni anulas la rotura, la expones, la muestras sin vergüenza. Al contrario, la transformas en parte de tu propia historia, ¿sí? Cada vez que tengan ustedes algo malo en la vida, transfórmenlo en un «kintsukuroi». O sea, es una herida. Entonces, ¿yo qué hago con esa herida? La embellezco, ¿y cómo la embellezco? Saco un aprendizaje. Aprendo de eso. Entonces: «¿Usted estudió ingeniería?». «Sí, pero no aguanté. Me echaron de la universidad porque no aprendí nada».

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Una persona que diga eso, las otras se van a burlar, pero tú esa rotura la muestras, forma parte de tu historia, porque gracias a ese fracaso, es mi caso personal, y gracias a ese fracaso vos podés encontrar otro. Hoy te echan de un trabajo y decís: «¡Qué horrible, Dios mío, estoy sin trabajo!», y después de tres meses te contrata otra persona, y decís: «Gracias a Dios que me echaron porque ahora tengo un trabajo mejor». Esas son dos estéticas de la existencia que cuando tú le integras a tu vida, puedes transformarte. Esa transformación no es estática, es cambiante todo el tiempo porque bajas por el flujo. Hoy estás de una manera y mañana de otra. Tu pareja, tus hijos, no son los mismos, es decir, cada día cambian y uno se queda con la imagen inicial. A mí me pasó con mis hijas, que yo creía que mis hijas seguían siendo chiquitas, un día les llevé un oso grandote a la más chiquita, que tenía diecisiete años y me dice: «Papá, tengo diecisiete años», porque yo no me había dado cuenta de que ya había cambiado. Tu pareja cambia, ya no es la misma. Por eso en este encierro ahora uno ve y descubre que de pronto la persona no es la que uno pensaba. De pronto, uno está enamorado de la persona que conoció, y esa es otra persona, no es esta, esta ha cambiado. Entonces, en ese cambio, que construyas tu propia vida, eso te va a volver más inmune, tu sistema inmunológico se va a multiplicar. Bueno, ojalá les haya servido todo esto.